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UNIVERSALIDAD DEL ESPÍRITU Y DE LA SABIDURIA

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La espiritualidad es, como el amor para Carmen en su famosa habanera, "un pájaro rebelde que nadie puede enjaular". Parece pues natural, que a ninguna Religión ni Iglesia –"y haberlas haylas"- se le ha otorgado derecho alguno para proclamarse dueña ni del uno ni de la otra. En el dominio secular, sólo a un egocéntrico absolutista monárquico –y también bufón, para más señas- se le ocurrió gritar un día aquello de "¡El estado soy yo!"

El espíritu divino –ave, asimismo, en la iconografía cristiana e igualmente libre y rebelde- no puede considerarse hacienda personal de nadie. Aunque no han faltado quienes sí lo han pretendido: magnates divinamente escudados bajo corona o tiara; cultura o paradigma doctrinalmente amurallada; fieles o infieles dogmáticamente anestesiados. Muchos como Calígula, el loco emperador de Albert Camus, se han empeñado en aprisionar la luna entre sus personales barrotes! ¡Y algunos, igualmente megalómanos como él, hasta afirmaron con cierto grado de insensatez que lo habían conseguido!

Las denominadas Religiones, de apellido espaciotemporal –hinduista, judía, cristiana, islámica...etc.-, han recortado, con esta adjetivación, su representatividad de ecuménicas. Y si con ello lo que se pretende es subrayar la implantación geográfica, habrá que reconocer que este simple hecho es un testimonio escasamente fidedigno de su origen divino. En este sentido pueden ser consideradas la manifestación cultural del hecho universal de la espiritualidad. Su validez se la otorga la cantidad y calidad en que ostentan dicha espiritualidad.

En el relato del Génesis, el Espíritu -el ruah bíblico-, aparece sobrevolando el caos en el paritorio del mundo. Una presencia inmanente que, desde el alumbramiento pentecostal, sopla por igual en todas las direcciones:

"Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron plenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse" (Hechos 2: 3-4).

Los discípulos hablaban de manera que todos les entendían: un símbolo de la universalidad del espíritu. Fue como el acto de investidura de unos caballeros andantes a los que Jesús asignó el salvador cometido de "anunciar el Evangelio a todas las criaturas en las naciones del mundo entero".

Una proclama diariamente en cartelera desde que el mundo es mundo -aunque en technicolor, tres dimensiones y rayo laser- desde que el homo sapiens fue ya capaz de contemplarlo en la pantalla panorámica de sí mismo y de la naturaleza.

Muchos de los pueblos hoy llamados arcaicos, como en su día hicieron nuestros ancestros, perciben el sentido de la vida íntimamente vinculado al medio en que se desenvuelve su existencia: selvas o desiertos mágicos gobernados por poderes de misterio y embrujo, donde la melodía de lo trascendental suena en el viento, el rayo, la montaña, el río, los árboles y los animales, a través de la figura de los espíritus, de lo divino en ellos encarnado. Un Dios el suyo visto en formato plano, propio de su realidad existencial más primitiva, que no podríamos catalogar hoy sin atrevida osadía, de menos verdadero que el nuestro.

La "sabiduría" –de sapere: saborear, gustar y gozar de la verdad-, definida por Santo Tomás de Aquino como "el conocimiento cierto de las causas más profundas de todo", está distributivamente repartida por igual en todas las cosas y a lo largo y ancho de toda la Historia. Ese espíritu es divino y no puede, en consecuencia, considerarse privilegio de nadie sin ser acusado de apropiación indebida: "Padre nuestro que estás en la Tierra, no eres nuestro si no eres de todos", cantó en una espléndida canción el Grupo Brotes de Olivo.

Todas las grandes religiones han sido históricamente las cintas transportadoras -que no dueñas ni únicas depositarias- de la misma. Es éste un Patrimonio Cultural de la Humanidad, -¿o más bien del Universo entero?- al que nadie puede renunciar.

A Dios –ser Infinito y Eterno- no se le puede aprisionar en unos centímetros cuadros del espacio interminable, ni en los segundos de un diseño temporal de más de trece mil millones de años.

Toda Sagrada Escritura –Vedas, Biblia, Nuevo Testamento, Corán- es depositaria legal, con las pertinentes reservas en cuanto a contenidos, de la sabiduría del mundo. Como lo son también cuantas ciencias y artes han sido fruto de todo quehacer humano. La miopía espiritual, enfermedad congénita del alma -deliberada unas veces, inconsciente otras, y casi siempre consentida- nos ha impedido reconocer que la verdad será siempre verdad, la diga el rey o su porquero.

Pero la visión telescópica de un universo holográfico y el sentido de la globalización no nos permite continuar hoy, siglo XXI, con las antiparras veladas de un paradigma tolomeico –de hace ya más de medio milenio- constriñendo el mundo espiritual a un absurdo espacio-temporal de dos mil años. Seguimos considerando nuestro cristianismo centro del universo, con todas las demás Religiones y Sabidurías girando como planetas muertos –peligrosas incluso- a nuestro alrededor.

 

Vicente Martínez

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