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JESÚS, EL DADOR DE VIDA

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Todos conocemos racionalmente esta verdad, pero lo que nos espera al abandonar este estado sigue siendo un gran misterio (Anita Moorjani en Morir para ser Yo)

5 de abril, domingo de Pascua de Resurrección

Jn 20, 1-9

Se han llevado a mi señor y no sé dónde lo han puesto.

La creencia en la resurrección de los muertos y de una vida después de la muerte, es un mito históricamente  constatado en las creencias de los pueblos de la antigüedad. Asclepio, semidiós de la medicina, devolvió la vida a Hipólito, y gozaba de este poder milagroso que las religiones del misterio consideraban fuera del alcance del hombre.

Atalido, hijo de Mercurio, era capaz de morir y resucitar según su voluntad. Y Platón relata en la República que Er, guerrero de Panfilia, vuelve a la vida relatando lo presenciado en el transmundo. Hércules lo hizo con Alcestes. Otros mitos paganos -el mito egipcio de Osiris, el sumerio de Tammuz y el de Attis de Frigia- refieren hechos similares.

Nuestra Biblia no es ajena a dichos milagrosos eventos. En el Libro de los Reyes se dice que el profea Elías resucitó al hijo de la viuda de Sarepta (1Re 17, 17-23), y otro tanto hizo Eliseo con el hijo de la sunamita (2Re 4, 31-37). En el Evangelio se narran los realizados por Jesús: el de la hija de Jairo (Mc 6, 41), el del hijo de la viuda de Naín (Lc 7, 14-15) y el de su amigo Lázaro (Jn 11, 43-44). El Maestro, hombre entre los hombres, se emocionó y lloró en Betania. Fueron las suyas, lágrimas ante una muerte que separa a los seres queridos.

En los Hechos de Los Apóstoles, Pedro resucita a Tabita, discípula muy caritativa con los pobres (Hch 9, 40), y Pablo al muchacho Eutico que vencido por el sueño se durmió y cayó del alfeizar de la ventana mientras Pablo, dice el texto –supongo que sin intención- "hablaba y hablaba" (Hch 20, 10-11).

Jesús había dicho en Juan 11, 25 "Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera vivirá y quien vive y cree en mí no morirá para siempre". El italiano Caravaggio hizo la frase de Jesús pintura en su óleo "Resurrezione di Lazzaro". El cuerpo del difunto está aún putrefacto, pero una mano  le ordena con gesto imperativo que la vida vuelve a su ser, que se levante y ande. José Mª Cabodevilla  comenta en "El Cielo en Palabras Terrenas" lo que el maestro barroco quiso significar metafóricamente en el cuadro:

"En una rosa no hay otros elementos distintos de los que ya existen en el suelo donde arraiga el rosal. Son las mismas sustancias, pero cernidas y refinadas y transmutadas. Desde esos cuerpos oscuros, pesadamente terrenales, intentamos vanamente imaginar cómo será, en qué consistirá aquello que Rilke llamaba "florecimiento de la carne".

El tema de la resurrección no lo podrá resolver sólo la fe como creencia. Será preciso recurrir a la terrenal trinidad: fe, ciencia y experiencia. María Magdalena no creyó en la de Jesús -uno más entre los mortales- el día de autos: Se han llevado a mi señor y no sé dónde lo han puesto (Jn 20, 13).

"Todos conocemos racionalmente esta verdad, pero lo que nos espera al abandonar este estado sigue siendo un gran misterio", escribió la india Anita Moorjani en su reciente libro Morir para ser Yo (Gaya Ediciones 2014), en el que nos relata lo que ella llamó su experiencia cercana a la muerte.

Misterio que se desvelará un día a todos porque, lo sepamos o no, El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, como nos dice Pablo en Rom 8, 8-11. Y como Martín Descalzo nos legó en testamento en estos versos:

"Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva,
y encontrar lo que tanto se buscaba".

 

METAMORFOSIS

No me enterréis tanto que no pueda respirar;
dejadme ser del aire, del agua, de la mar.

Pasado por el fuego seré polvo,
ingrávido juguete del viento por un tiempo;
luego el agua, el barro, el río. . .;
luego la mar, la luz, la sal.

Y un día . . .,  volveré montado en una nube,
tierra adentro, desde el mar,
en lágrimas sin sal
que encañen en besanas al verde cereal.

Y más tarde, tras la siega,
el fuego volverá  transformando harina blanca en pan candeal,
en hostia consagrada
de Dios,
de luz,
de paz!

(José Mª de Vicente Toribio, Zamora 1949, en MAVSOLEVM, Ed. Celya)

 

Vicente Martínez

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