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A RAFAEL CALVO. IN MEMORIAM

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Te has ido, Rafael, con la misma naturalidad con que has vivido. Con la misma facilidad y soltura con que hacías tantas tareas difíciles, con la misma resolución con que tomabas tantas decisiones complejas. Te has ido con esa tu peculiar confianza vital tan descomplicada, secreto de vuestra vida, la tuya y la de tu inseparable Conchita.

Ella se fue primero, un bello día de otoño en la sierra madrileña, hace tres meses. Tu vida y la de vuestros hijos y nietos se inundaron de lágrimas. Vuestra casa se llenó de un vacío inmenso, aunque habíais tenido tiempo para despediros de ella, para acompañarla en su tránsito y dejaros acompañar por ella en vuestro duelo anticipado. ¿Qué eras tú sin ella, la sabiduría omnipresente? A pesar de todo, te mantuviste en pie, con tu entereza, tu seguridad, tu naturalidad de siempre. En el vacío descubriste su presencia, y en tu gran soledad te sentiste acompañado, como cuenta la Biblia de Tobías, a quien el ángel Rafael –que significa "Dios cura"– acompañó en su largo y peligroso viaje en busca de esposa para sí y de medicina para su padre Tobit, anciano y ciego. Seguiste adelante, entregado de lleno a tus proyectos, a tu misión eclesial.

Pero tu corazón no pudo esta vez seguir a tu voluntad. Y se quebró. Las flores de San José ya habían florecido, y solo faltaban ocho días para la fiesta de San Valentín. Y, a pesar de la doble orfandad en que dejabas a tus cuatro hijos, tu corazón sabía que era el mejor momento para dar el paso, sin sufrir ni ser carga para nadie, e ir a encontrarte con ella en la plenitud de la Vida. Con ella, Conchita, tu esposa de la vida, tu amiga del alma, tu compañera de camino y de proyectos sin fin. Ahora os habéis ido los dos.

Pero era la única forma de quedaros plenamente. Os habéis ido como se va la semilla al fondo de la tierra en busca de la savia. Como se va la sal hasta fundirse en el sabor. Como se va luz cuando se apaga la lámpara. Cuando se apaga la lámpara, ¿no permanece acaso la luz en la energía oculta y poderosa, presente en todo, desde el átomo a las galaxias y hasta nuestro pequeño corazón batiente? Ese movimiento misterioso e invisible de fotones ¿no es acaso como una imagen del Infinito o de Dios? Y Dios, ¿no es acaso el nombre de la Vida inmortal, de la Presencia o de la Comunión universal que ni ojo vio ni oído oyó ni la palabra acierta a decir?

Rafael y Conchita, fuisteis uno y ahora lo sois plenamente en el misterio de la Vida que llamamos Dios. Sois uno con todos. Sois uno con nosotros. Fuisteis y sois como la semilla fecunda, como la sal exquisita llena de sabores, como la luz inasible llena de colores. Si el corazón no nos miente, vivís en todo, con todos los vuestros, con todos nosotros. Vivís en el corazón de la Vida sin comienzo ni fin, en la Vida sin espacio ni tiempo, en la Vida más allá de todo dónde, cuándo y cómo. En la Vida que nos bendice y que bendecimos. La bendeciremos siempre, y no desmentiremos a nuestro corazón, pues lo más profundo del corazón nunca miente. Ésta es hoy nuestra confesión y es nuestro compromiso. Es nuestro consuelo, y es nuestra tarea.

¡Gracias por tu vida, Rafael! Tú, el infatigable emprendedor, incansable buscador, innato formador, inagotable inventor de ideas y de métodos, pionero de tantos proyectos de formación. Un buen día inventaste Feadulta.com, y nos conquistaste a muchos antes de que pudiéramos entender de lo que se trataba exactamente. Tú ya lo sabías. Hace pocos meses inventaste "Effa", Escuela de Formación en Fe Adulta. Fue tu última o quién sabe si penúltima idea feliz, antes de dejarnos huérfanos.

Pero la orfandad nos emplaza a tomar el testigo, como escribía vuestra hija Inma en Feadulta.com dos días después de tu partida: "Recién estrenada nuestra total orfandad y con el encargo de continuar tan preciosa misión, se me viene al corazón un sentimiento de responsabilidad propia del que se convierte en adulto".

Queda prometido, Rafael y Conchita. Descansad vosotros. Seguid celebrando San Valentín. Seremos creyentes adultos. Os reconoceremos y haremos vivir, prolongaremos vuestra vida cada día, en nuestros días alegres y tristes. Seremos semilla, sal y luz para la gloria de la Vida en nuestra tierra.

 

José Arregi

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