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Libro de la biblia

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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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¡SEA BIENVENIDA, UNA VEZ MÁS...!

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Llegamos a pensar que nos la habían robado entre celofán estampado de "Felices precios", secuestrada a la carrera, en un carro de compra con destino a una triste noche de chistes de poco gusto, sobrecargada de champán; que la habían fulminado por anuncios de comprar y más comprar. Llegamos a pensar que nosotros mismos la habíamos asfixiado bajo la gabardina del "progre" que llevamos dentro, orgullo intelectual que va derribando lo entrañable que se cruza en su camino, credo que nos imponía sentar distancia de cuanto relucía desde el hogar.

Pero no, aún sigue ahí, algo asustada entre tanto deslumbre de neón, algo descolorida de olvido, algo apagada por la lejanía de su estrella. Aún llama a nuestra puerta, aún podemos insuflarle ternura, magia, inocencia.

En este mundo que va marcando negro por tantos lugares, que va recortando belleza, en favor de aristas y geometría, en esta sociedad de "codazos", cifras y marcas... aún podemos revivir la Navidad.

Porque nuestra sociedad precisa baño de villancicos, nuestras tardes reclaman un fondo de "Adeste fidelis" que ralentice el paso en el asfalto, nuestras calles necesitan la sorpresa de Papás Noeles en las esquinas, de guirnaldas de luces en mitad del invierno, chimeneas con abuelos cargados de historias felices repartidos por todas las latitudes, ablandando corazones acartonados.

Nuestras plazas reivindican una tregua ganada en favor de la cordialidad, la sonrisa y los buenos deseos. Nuestros buzones saturados de anónimas cartas de propaganda, necesitan de cálidas y lejanas felicitaciones. Nuestro mundo urge de esa historia de amor que reponemos cada año. Historia mil y una veces contada y cantada, mil y una veces necesitada.

Entre el laberinto de fiestas pasajeras, la Navidad no caduca porque es una permanente llamada a vivificar lo más noble que mora dentro de nosotros mismos. Por más que se la agobie con incesante invitación al consumo, con felicitaciones alumbradas por el interés, por más que se intente empequeñecerla al tamaño de simple negocio..., las Navidades nunca dejarán de ser la más firme apelación a la fraternidad humana.

Sin embargo la imagen de esos abultados paquetes, coronados de orgullosos lazos con los que se ha pretendido identificar a la Navidad, puede privar a nuestros pequeños del alma de unas fiestas entrañables. Nada más lejos de la realidad que equiparar el "tamaño" de la Navidades al tamaño de los paquetes. Por más que lo pregonen los grandes almacenes, el encanto de la Navidad poco tiene que ver con el nivel de consumo, al igual que la apilación de cosas no supone un aumento de felicidad.

A estas alturas de creciente individualismo, no está de más reafirmar que la felicidad tiene más que ver con el reparto que con la acumulación.

La austeridad puede ser gozosa, además de solidaria con los numerosos hogares sin turrón, ni cava. No hace falta subirse a un púlpito, para recordar en esta resaca del "pelotazo", en estos tiempos de feroz competencia a todos los niveles, que la esencia de la existencia humana, estriba por encima de todo en el dar.

Estamos hechos para dar, con plena libertad, con gozo. He ahí el secreto de nuestro paso por la Tierra. La posibilidad de dar es el mayor regalo con el que hemos venido al mundo.

En estos tiempos en que los ángeles planean por los más variados programas televisivos y agitan sus alas desde los estantes de quioscos y librerías, quizá nos sea permitido acercar a esta tribuna las palabras de Aquél que habló a Gitta Mallasz en la Hungría de 1943, en plena persecución judía.

"Aquello que irradiáis fuera del círculo es vuestra medida y vuestra alegría. Por eso vuestro gozo no tiene medida. El hombre colmado irradia desde él hacia fuera. Por lo tanto su gozo es inconmensurable. Es el secreto de la vida eterna..."

Hasta nuestros días ese círculo era reducido, se limitaba a nuestro entorno, el mendigo de los domingos, el amigo arruinado, el vecino desahuciado, el enfermo de allí, el granero quemado de más allá... Hoy los medios de comunicación y transporte han agrandado ese círculo, agigantado el desafío de la entrega y lo han situado más allá de nuestras fronteras.

Esa circunferencia se eleva a esfera, abarca ya toda la tierra, ese globo que ha ensanchado con ingenio y paciencia la tecnología, es el mismo y de exacta medida que el de nuestro compromiso.

Hoy nada, absolutamente nada, que ocurra en la Tierra nos es ajeno. Nunca el dar adquirió proporciones tan gigantescas y de comulgar con ese Ángel húngaro, nunca nuestro gozo pudo tampoco rayar tan alto.

"El mayor regalo que Dios nos ha dado, prosigue este Ángel, es que también nosotros podamos dar. Y así dando, nos hacemos lo que en realidad somos: parte de El. Es una ley inapelable en la tierra: dar. Cada planta da su fruto, cada ser tiene que dar. Es una ley estricta y seria: todos están obligados a dar"(La respuesta del ángel. Gitta Mallasz. Editorial Sirio)

¿Qué son por lo tanto las Navidades sino el recuerdo de la llegada de ese Ser que lo dio absolutamente todo? ¿Qué son los días que ya se acercan entre zambomba y pandereta, sino la fiesta, no del descorche y derroche sino del dar? Las tabletas de turrón se van apilando en ese rincón de la cocina que sólo ella conoce. Hombres cargados de luces, encaramados en largas escaleras arrebatan, con excusa de adorno, los celestes retazos de oscuridad. En los jardines de nuestras ciudades se organiza el campamento al que retorna una Familia singular. En el calor del hogar alguien desempolva las figuras ya asfixiadas de un Belén anhelante de su lugar presidencial...

Una vez más viene sin avisar, se toma la confianza de sorprendernos en pleno ajetreo invernal, pero algo nos llama a adherirnos a esta Fiesta universal. Sea bienvenida una vez más.

 

Koldo Aldai

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