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LA HOJA DE RUTA DE UN CRISTIANO S. XXI (3)

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El Reino de Dios, una sociedad alternativa

Siguiendo nuestra hoja de ruta nos planteamos nuestra actitud en conciencia ante la sociedad en que vivimos y, para iluminarla, acudimos al ejemplo de Jesús de Nazaret. Él expresó su ideal de sociedad como el Reino o Reinado de Dios; pero eso de Reino no encaja muy bien actualmente. Los Signos de los tiempos prefieren hablar de una sociedad alternativa; alternativa a esta sociedad basada en la progresiva brecha entre ricos y empobrecidos, entre enfermos de ébola en España y en Liberia, entre escolares con ordenador y escolares escribiendo en la arena del desierto.

¿Se justifica esta traducción del reino de Dios como sociedad alternativa? Creo que sí, y es lo que trato hoy de explicar.

El asunto me resulta complicado porque se mezclan dos temas ya de por sí bastante complejos. En primer lugar qué entendía Jesús por el Reino de Dios; por otra parte si esta sociedad que proponía Jesús hay que entenderla en el ámbito religioso o en el ámbito civil.

Y digo que son complejos porque –aparte del problema filosófico de la relación de Dios con el mundo y el hombre- se expresan en un vocabulario muy ambiguo: reino, reinado, religión, espiritualidad, laico, laicismo, laicidad. El laicismo fue la reacción negativa de la Ilustración contra las imposición de la religión sobre la razón; la laicidad –término todavía no incluido en el diccionario de la RAE- sería la relación neutra de la sociedad con la religión; relación neutra, sin atacar a la religión pero sin admitir sus imposiciones. Y son temas complejos porque bajo conceptos teóricos laten intereses muy concretos.

Tengo a la vista tres escritos recientes que ponen de relieve el carácter laico del proyecto de Jesús –realizable en una sociedad civil, sin ninguna referencia al ámbito religioso-, aunque está inspirado y potenciado por su confianza en Dios como Padre.

"Jesús un profeta laico", publicado por José María García Mauriño en feadulta.com, une la consideración bíblica de profeta (que habla en nombre de Dios) con la de laico (independiente de lo religioso).

"La laicidad del evangelio", publicado este año por José María Castillo, presenta la religión de Jesús como una "religión alternativa", que desplaza el centro de lo religioso desde lo ritual a lo humano; pero  prefiere evitar el término religión porque frecuentemente sirve para olvidar y eludir nuestras responsabilidades civiles.

En mi curso sobre "Espiritualidad y Religión", describo el mensaje de Jesús como una "espiritualidad laica", porque apenas se ocupa de establecer una doctrina, unos preceptos, o unos ritos –menos aún una jerarquía- que son las características de una religión.

Creo que los tres llegamos a la misma conclusión práctica –incluso a la misma expresión de una "sociedad alternativa"- aunque vayamos por diversos vericuetos. En el fondo seguimos la orientación de Dietrich Bonhoeffer - pastor protestante ahorcado por el nazismo-: "ante Dios y con Dios vivimos sin Dios... como si Dios no existiese".

Para explicarme aquí tengo que ser breve y simplificar la línea argumental que legitima esta afirmación: continuar la misión de Jesús en el siglo XXI significa exigir una sociedad alternativa.

Jesús mismo explicó lo que consideraba su misión: "El espíritu del Señor sobre mí. Por lo que me ha ungido y me ha enviado a anunciar  la buena nueva a los pobres, la liberación a los cautivos, a los ciegos la curación, y la libertad a los oprimidos; para proclamar el año de gracia del Señor" (Lc 4,18). Y la puso en práctica recorriendo las aldeas de Galilea, sanando a los enfermos y arrojando los malos espíritus de aquellos que se sentían poseídos. Actualmente pasamos de puntillas sobre lo que hemos denominado milagros de Jesús, pero deberíamos reivindicar su sentido realista de que "pasó haciendo el bien y curando a todos los sojuzgados por el diablo, porque Dios estaba con él" (Hechos 10,38), como los misioneros que abren hospitales y colegios en los países subdesarrollados.

Jesús no dijo que quisiera fundar una Iglesia (hay mucho que decir sobre Mt 16,18), pero sí dijo claramente que venía a liberar a los oprimidos. No dijo que iba a morir para redimirnos del pecado, como dice el Credo: "por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo". Esto lo interpretó Pablo -como "recibido del Señor" (1Cor 11,23)- porque él continuaba en la misma dirección de los sacrificios expiatorios del judaísmo, aunque hubiera cambiado de sentido respecto al Mesías.

El programa de Jesús se resume en amar a Dios y al prójimo (Mc 12,30-31); su juicio definitivo no preguntará sobre nuestras creencias o nuestras prácticas religiosas, preguntará si dimos de comer al hambriento (Mt 25,31-46); y la mayor felicidad está expresada en las bienaventuranzas (Lc 6,20-23).

Jesús no quiso definir qué entendía por Reino de Dios, como no quiso concretar doctrinas, preceptos o ritos; no quiso establecer fronteras externas que excluyeran a cualquier persona de buena voluntad como el gerasno (Mc 5,19) o la mujer sirofenicia (Mc 7,26-29). El Reino de Dios no es ni el judaísmo, ni el cristianismo. De él se puede decir que "ni son todos los que están, ni están todos los que son", aunque en realidad todos somos un poco sí y un poco no; unos más que otros.

El programa de Jesús podría haber sido elaborado por Confucio o por un ateo de gran calidad humana; por eso puede llamarse un programa laico. Y este programa puede considerarse subversivo, porque da la vuelta al orden establecido, da prioridad a los últimos –pobres, enfermos y prostitutas- y desprestigia al poder y al dinero. Por este programa las jerarquías civil y religiosa condenaron a muerte a Jesús; y este programa continúa encontrando obstáculo en las jerarquías civil y religiosa.

El intento de una sociedad civil tutelada por la religión quizás funcionó -más mal que bien- en la cristiandad medieval, pero el Renacimiento y la Ilustración reclamaron la autonomía del hombre. En el repaso de la Historia de Occidente comprobamos que la religión ha enseñado este programa, pero en gran medida también lo ha obstaculizado; aunque las llamadas guerras de religión escondan fines económicos y políticos, no deja de ser cierto que se amparan en los ideales religiosos. Actualmente un autor tan prudente como Pagola advierte de la suplantación del evangelio por la religión: "No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio".

Dicho con toda claridad, la religión puede ser un obstáculo para vivir el evangelio. Frecuentemente acalla nuestra conciencia con el certificado de haber cumplido con unos mandamientos y unos ritos; y nos permite eludir nuestra responsabilidad colectiva por la injusticia institucionalizada, por la explotación de los recursos naturales y de la mano de obra de los países llamados "subdesarrollados". Dar de comer al hambriento no está considerado como un mandamiento, sin embargo la fornicación o el hurto (la moral burguesa) están entre los diez más destacados.

Resumiendo, creo que el Reino de Dios equivale hoy en día al desarrollo de una sociedad alternativa, que sea justa y fraterna. Que se puede aspirar a él movidos por el impulso del evangelio o de la Revolución francesa, porque en el fondo coincide con lo más noble de nuestra conciencia, y por eso lo reconocemos como un ideal moral. Porque la conciencia es a la vez autónoma y reflejo de Dios; porque lo más humano coincide con lo divino.

Quiero aclararlo con dos ejemplos. Un ejemplo para los creyentes: el mito del Paraíso nos enseña que el hombre es imagen de Dios, pero ese espejo se rompió en mil pedazos y distorsionó esa imagen. Ahora bien, si recomponemos el espejo, volveremos al auténtico ser del hombre y, al mismo tiempo, a Dios.

Otro ejemplo tomado de la vida real. Mi mujer cuenta que estuvo en la cordillera de los Andes con un grupo universitario construyendo un policlínico. En el tiempo libre se les ocurrió asear bien a una de las niñas que les ayudaban; la enjabonaron y la peinaron tan bien que el sombrerito que suelen llevar asentado sobre el pelo, se le encajó hasta las cejas. Al verla tan bonita, su madre no podía creer que era su hija. El Reino de Dios es un buen aseo para que reconozcamos nuestra verdadera naturaleza.

 

Gonzalo Haya

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