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AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA

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El año 2015, que litúrgicamente hablando iniciamos con el tiempo de Adviento, fue convocado por el Papa Francisco como el año de la Vida Consagrada. Será un tiempo propicio para renovar, en la esperanza, la fe de quienes hemos querido consagrar nuestra vida, al seguimiento de Jesús, y a la misión de hacer presente el Reino de Dios, desde diferentes carismas y perspectivas... Con y por amor.

Seguro que, entre tanta noticia de crisis y violencia, esto será un signo de buena nueva, que ayude a poner la mirada también en las bendiciones. Seguro será un año propicio para la alegría, el buen humor y la paz, que son rasgos que deberían distinguir a la vida consagrada.

El año de la Vida consagrada es también, oportunidad para que renovemos el anhelo de vivir congruentes con los valores que profesamos del evangelio. Valores que no son cosa solamente de "curas y monjas" o de "monjes y hermanas", sino de todas las personas que formamos la Iglesia, pueblo sacerdotal. Valores que en la vida consagrada queremos expresar de un modo más radical y significativo, como "votos", pero que en realidad son eso: valores que provienen de una propuesta de vida plena y feliz, la del Evangelio de Jesucristo.

La pobreza, que es muy diferente al empobrecimiento, consecuencia del pecado estructural, es un valor que involucra la capacidad de desapego, a la vez que la capacidad para disfrutar de los bienes que tenemos, compartiéndolos, y no amargarse deseando lo que no tenemos, sosegando nuestra insaciable voracidad.

La castidad, ese "voto tan famoso" que ha propiciado más de alguna polémica, reflexión, discusión y sabrosa sobremesa, es mucho más que la mera abstinencia sexual voluntarista. Tampoco se refiere a una especie de soledad impuesta, ni es una postura mojigata contra los impulsos y deseos sexuales. No es en negativo, como carencia, sino en positivo, como queremos proclamarla y vivirla: el deseo profundo de amar auto donándose y dándose, en favor del Reino, al estilo de Jesús de Nazaret. Ojo: en nuestra cultura "anorgasmofóbica", este valor puede provocar mucho rún rún, pero también puede indicar mucha más plenitud y sabiduría de la que a simple vista parece.

La obediencia. Pocos lo saben, pero para muchas personas, es el más arduo y delicado en la vida cotidiana. En una cultura que fomenta la autonomía y el culto al "yo" a toda costa, el valor de la obediencia a la voluntad de Dios, implica la opción de vivir en discernimiento, buscando el Reino, queriendo elegir lo que favorezca más la vivencia de la propia vocación, desde la gracia y el particular carisma. Ser adulto cristiano, no consiste en un mero hacer lo que yo deseo, sin más; sino en encontrar,  en lo más profundo de mis deseos, el deseo de Dios y moverme libremente desde él. Para esto, es crucial la inteligencia y la libertad, porque obedecer no es someterse tontamente sino optar alegremente, asumiendo la renuncia que implica y en la feliz convicción de ser mejor versión de mí mismo, en la medida en que sea más como Jesús.

La fraternidad o capacidad de comunión incondicional. Muchas personas, de las que saben por haber aprendido mucho; han dicho que este podría ser el más significativo de los signos que aporte la vida consagrada; como recordando a toda la gente que nacimos para la comunión, que nuestra plenitud está en la fraternidad universal; que la paz, la justicia y la dignidad vienen auténticamente cuando nos damos cuenta que todo es de todos, que todos estamos conectados y unidos a todos y a todo y que en todo y ante todo somos comunión. Ser hermanos/as, más que un título, es un modo de relacionarnos, de amar a todos castamente, de compartir y dar pobremente y de ofrecernos y servir obedientemente para hacer realidad el anhelo más hermoso, el que viene de Dios creador: Que reine la salud divina en todo el universo.

La vida consagrada es apostar toda la existencia a una causa, a una misión que nos apasiona, casi locamente. Es decir al mundo, con la elocuencia de los gestos y palabras cotidianas y más sencillas (de esas que pasan desapercibidas en los medios de comunicación, pero que pueden hacerle el día a alguien) que Jesucristo vive, y que es genial enamorarse de él y seguirle con todo el ser, y consagrarle toda la vida, en fraternidad y para la misión que nos encomiende en la Iglesia y, desde la Iglesia, para la creación.

 

¡Gracias, Padre de la Vida, por quienes han dicho "sí" al llamado que haces!

¡Gracias, Señor de la historia, por cada carisma, cada rostro, cada persona, cada comunidad, cada instituto, cada sonrisa, cada abrazo que en la historia han hecho elocuente tu presencia amorosa!

¡Gracias por la vida, y por la vocación a vivirla apostando todo en el seguimiento de Jesús!

Espíritu Santo, impúlsanos, para que seamos cada vez mejor versión de nosotros mismos, y seamos cada vez más como nos sueña El Padre Dios.

Así sea

 

Rogelio Cárdenas, msps

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