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LOS TALENTOS

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El hombre de bien exige todo de sí mimo; el hombre mediocre espera todo de los otros (Confucio)

16 de noviembre, domingo XXXIII de TO

Mt 25, 14-30

-Es como un hombre que partía al extranjero; antes llamó a sus criados y les encomendó sus posesiones.
-El que había recibido cinco bolsas de oro negoció con ellas y ganó otras cinco.
-Su maestro le dijo: Muy bien, siervo honrado y cumplidor; has sido fiel en lo poco, te pongo al frente de lo importante. Entra en la fiesta de tu amo.

La parábola de los Talentos es un repique de arrebato en los verticales campanarios del alma. Con su peculiar lenguaje sonoro, nos comunica un mensaje existencial que da sentido trascendente a nuestras vidas. Nos despierta del sopor de la pereza espiritual para no dormirse en los laureles. Para que los cultivemos –talentos y laureles- y sus frutos nos sirvan de tarjeta de crédito en la fiesta del amo que nos encomendó sus posesiones.

Es un lenguaje universal que escuchan todos. Nadie queda excluido del Auditorio de los Mil Talentos. La Sinfonía del Evangelio suena para todos. Y a todos hace hermanos. Así lo vislumbró Bhagat Kabir Yi, poeta, místico y filósofo, que predicó la unidad de todas las religiones y que dijo que no estaba en el templo ni en la mezquita, ni en los ritos y las ceremonias:

Hindúes y musulmanes,
también ellos alcanzaron el límite
donde se borran todas las marcas diferenciales.

Porque en el Polo, todos los paralelos coinciden. Como coincidimos en el Uno cuantos desarrollamos los comunes talentos que Dios sembró en semilla de algarrobo, y que luego nosotros cultivamos con peculiar apremio. La hacendosa mujer de que nos habla la liturgia del día en Proverbios 31, 10-31, nos puede servir de paradigma.

Frente al riesgo de caer en la comodidad y la rutina, Jesús denuncia la inconsecuencia de quienes, como el servidor infiel, entierran su talento. Su esterilidad es peso muerto para la Comunidad. Don Miguel de Unamuno afirmó que el yo no es una entidad fija; es una experiencia vivida que no puede sobrevivir en soledad, sino que siempre existe en relación a los demás.

Citando la parábola de los talentos de Jesús, el ilustre rector de Salamanca, exhorta a su joven corresponsal a que comparta su talento con el mundo, a que apunte tan alto como

le sea posible en su carrera, y a que se lance en busca de la gloria para, así, poder crecer espiritualmente y, al mismo tiempo, alentar el crecimiento espiritual de los demás.

En suma, que el más cosmopolita y fundamental talento es el del Amor operativo. El de crecer uno mismo en plenitud de humanidad, y ayudar a crecer a cuantos y cuanto nos rodea: "Los hombres no valen por lo que tienen, ni siquiera por lo que son, valen por lo que dan". Para que esto se haga realidad habría que hacer lo que en la película The genius of Beethoven, siempre empeñado por llegar a lo sublime, le susurraba la musa al genial sordo: "Trata de escuchar las armonías en tu alma".

El texto que sigue, recogido en una reciente publicación del carmelita José Vicente Rodriguez, Miguel de Unamuno, profeta y apóstol (San Pablo 2014), es una viva manifestación de las preocupaciones del filósofo.

 

¡PLENITUD DE PLENITUDES Y TODO PLENITUD!

Y, sin embargo, parece que hay gentes faltas de tacto espiritual, que no sienten la propia sustancia de la conciencia, que se creen sueño de un día, que no comprenden que el más vigoroso tacto espiritual es la necesidad de persistencia, en una forma o en otra, el anhelo de extenderse en tiempo y en espacio.

No se tocan ni se sienten a sí mismo, ni sienten el toque íntimo de sustancia de las cosas, la sustancialidad de éstas. El mundo es para ellos apariencial o fenoménico. No han logrado que al llegar a ellos las visiones, los sonidos o los toques de las cosas, se les rompa la corteza visual, sonora o táctil, y rompiendo luego la sustancia de esas cosas la corteza del alma, sus sentidos, penetre sustancia a sustancia y baje el mundo a sentarse en las entrañas de sus espíritus. Y este mundo que así baja es el que llamamos el otro mundo, y no es sino la sustancia del que vemos, oímos y tocamos.

Lo que llamamos espíritu me parece mucho más material que lo que llamamos materia; a mi alma la siento más de bulto y más sensible que a mi cuerpo. Tu cuerpo puede llegar a parecerte una función de tu alma.

Miguel de Unamuno

 

Vicente Martínez

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