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APRENDER A RENDIRNOS

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Lc 1, 26-38

No sé si será casualidad que, en los textos evangélicos, la oración más sabia aparezca en labios de Jesús y de María. En el relato de su agonía, Jesús exclama: "Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú" (Marcos 14,36); en el de la anunciación, María expresa su actitud en términos similares: "Que se haga en mí según tu palabra".

Me parece la oración más sabia, porque refleja la única actitud adecuada ante el Misterio o la Divinidad: rendirse a su voluntad. Ante lo Real, ante el Presente, ante "lo que es", sólo hay una actitud sabia: "que sea".

Se comprende que haya personas religiosas que se sientan "vacunadas" contra estas expresiones, porque, con frecuencia, se han utilizado desde el ego para justificar falsas resignaciones y mudos sometimientos. El ego –que tiende a apropiarse todo, incluso lo más sagrado- retuerce esa oración, dando lugar a actitudes enfermizas que, antes o después, terminarán pasando factura: el sometimiento dará lugar al resentimiento.

Pero no es ésa la lectura que hay que hacer de estas expresiones. Para el yo, como para la mente, la realidad es dual. Lo que, en principio, no es nada más que polaridad –en el nivel de las formas, no existe realidad que no tenga su contrario-, la mente lo transforma en dualidad excluyente.

Eso lo hace etiquetando la realidad y atribuyendo un juicio de valor a la misma. Para la mente –para el yo-, todo lo que existe se divide en "bueno" y "malo" ("agradable" y "desagradable"). En su arrogancia, se considera capaz de marcar los límites, sin ser consciente de que, con ello, no hace sino generar confusión y sufrimiento, aparte de un actuar voluntarista y egocentrado.

El yo, por tanto, es incapaz de decir las palabras que hemos visto en boca de Jesús y de María. Incluso su propio afán de protagonismo se lo impide. Y cuando las oiga, como decía antes, las malinterpretará.

En realidad, sin embargo, son palabras de sabiduría. Y no sólo porque se reconozca en ellas la aceptación de una Sabiduría mayor que la propia mente, ante la que ésta se rinde con humildad. Sino porque, silenciada y trascendida la mente, venimos a descubrir que las cosas y los acontecimientos no son lo que parecen.

En ese nivel transmental, emerge una Comprensión que nos asegura que todo está bien. Las polaridades son expresiones inherentes al mundo de las formas, pero todas ellas quedan abrazadas en una No-dualidad que, integrándolas, las trasciende. Percibimos que polaridad no es sinónimo de dualidad. Y que las etiquetas con que nuestra mente se acerca a la realidad son, sencillamente, engaños, en este nivel más profundo.

Esa Comprensión –o Sabiduría-, que sólo emerge en el silencio de la mente y del ego, nos hace ver que el secreto más hondo –y a la vez más simple- es la aceptación completa o rendición a Lo que es.

No hay nada que "buscar"; tampoco existe una "iluminación" especial. Más aún, cualquier búsqueda nos despista, porque nos hace creer que la Vida se encuentra en otro lugar o en otro tiempo, cuando lo cierto es que todo está ya aquí... y siempre lo ha estado.

Cuando la Comprensión nos muestra que esto es así, sólo cabe una respuesta: vivir el presente, en la aceptación completa de todo lo que aparece en él.

De esa Compresión, y sólo de ella, nace la actitud que la citada oración expresa: "Que se haga Tu Voluntad". Las cosas no son como las ve nuestro yo, porque la mente establece una separación artificial entre ellas y nos confunde. Sólo existe Eso no-dual que en todo se expresa: todo sin excepción es expresión del Misterio. Como le gusta decir a Ken Wilber, "el yo particular es un sabor peculiar del Único Sabor". Aún podría ampliarse más la frase: todo lo que aparece, más allá de su apariencia, es también un sabor peculiar del Único Sabor.

El Único Sabor no es otra cosa que Presencia. Por tanto, sólo podremos "verlo" en la medida en que nos rindamos por completo al presente, de cualquier forma que se manifieste. Todo sin excepción es manifestación de Eso no-dual. ¿Cómo podría ser de otro modo?

En lenguaje religioso, podría expresarse de esta manera: Si Presencia es otro nombre de Dios, todo lo que acontece en el presente es un "disfraz" de Dios mismo. La sabiduría consiste en reconocerlo y rendirnos a ello.

Y es aquí, justamente, donde se hace presente, una vez más, la paradoja. Al rendirnos, no caemos en la resignación fatalista –ésa es sólo una lectura y creencia del ego-, sino que, por el contrario, es justo entonces cuando se nos regala la actitud y la acción adecuada, que –también ella- será expresión de Eso no-dual que nos constituye.

Pero si es tan sencillo, ¿por qué nos cuesta tanto "verlo"? Porque, debido precisamente a lo "simple" que es, nuestra mente piensa que "debe" tratarse de "otra cosa" y sigue buscando en otro lugar, olvidando exactamente lo único que es: el presente. Porque nuestro ego, incapaz de existir en el presente, rechaza "lo-que-es" en nombre de, según él, "lo-que-debería-ser".

Es sabido que el ego rechaza siempre el presente, porque en él se disuelve por completo. Únicamente puede "vivir" en el pasado o en la proyección de futuro. Por ese motivo, en lugar de rendirse a "lo que es", se embarca en proyectos imposibles por lograr "lo que me gustaría que fuese" o "lo que debería ser"... Todos ellos no demuestran sino su ignorancia y no provocan sino sufrimiento, desde una arrogancia típicamente egoica, que podría expresarse de este modo: "las cosas no tienen que ser como son, sino como yo querría que fuesen".

¿Qué hacer? En el campo de la espiritualidad, no hay doctrinas ni creencias, sino sólo "instrucciones", que permitan a cada cual experimentar por sí mismo.

Señalaría simplemente dos instrucciones:

· Ejercitarnos en venir al momento presente, para favorecer el "estado de presencia", "volcándonos" sencillamente en aquello que estamos haciendo, en lo que está siendo, en el "aquí y ahora":

- cada vez que sorprendemos a nuestra mente vagando a su aire, le sonreímos amorosamente y, como a un cachorro inquieto, la traemos suavemente a "casa";

- y nos vamos adiestrando en "hacer una cosa cada vez", es decir, en poner toda nuestra atención en la acción concreta que estamos realizando: levantarnos, caminar, asearnos, comer, hablar, trabajar...

· No reducirnos a ninguna idea, expectativa, creencia, sensación, sentimiento, reacción... Todo ello no son sino "objetos", dentro de la Conciencia que somos. El propio yo es otro objeto más. Se trata de adiestrarnos en no olvidar quiénes somos: no somos nada de lo que nos ocurre ni de lo que pasa en nosotros, sino el Espacio consciente en que todo eso ocurre.

Sabiduría es rendirse a lo que es. Por lo demás, ¿acaso puede hacerse otra cosa? No se puede negar lo que es, ni luchar contra lo que es, sin generar sufrimiento. Por el contrario, al rendirnos a lo que es, nos alineamos con el Misterio, con la Vida: de ese modo, nos reconocemos en una identidad que trasciende el yo, nuestra identidad transpersonal y no-dual, y fluimos en ella; o dicho en lenguaje religioso, permitimos que Dios sea, se exprese y se viva a través de nosotros. Eso exactamente es lo que hicieron María y Jesús.

Experimentamos entonces que la rendición a Lo que es, es Sabiduría que lleva consigo Paz, Gozo y Amor. Y que encierra una paradoja sublime: Cuando renuncias a todo, lo "consigues" todo.

Es también esa Sabiduría la que nos capacita para afrontar, con lucidez bondadosa, cualquier "huracán" que llegue a nuestra vida. El poeta y místico Rumi nos aconsejaba recibir todo lo que nos ocurriera como si se tratase de un "huésped honorable", portador de un regalo para nosotros.

En esa misma línea, el poeta Antonio Colinas les habla a sus hijos:

 

SI A VUESTRA VIDA UN DÍA LLEGASE EL HURACÁN

(fragmento)

A mis hijos

Sólo quiero, por eso,

deciros lo que habréis de recordar:

recordad y salvad vuestra quietud:

si en el norte, a la sombra de un tembloroso álamo,

si en el sur, en la brisa de un naranjo;

recordad cómo pasa el huracán

por el junco, y el junco no se inmuta,

y el junco no padece.

Porque el junco es flexible.

 

Esperad y sembrad

como siembra el viento las estrellas,

pues llegará el otoño de los frutos.

Si mantenéis en calma la mirada,

si aun en la luz sois claros,

sed muy flexibles, respirad con paz

como la luz respira.

Ni el junco, ni el aroma, ni la luz

se quiebran.

 

Si a vuestra vida un día llegase el huracán,

si hoy llegó el huracán a vuestras vidas,

respirad en su furia con quietud, hondamente,

y esperad.

Ahora más que nunca,

sed flexibles,

sed junco, aroma, luz.

 

(Antonio COLINAS, Libro de la mansedumbre,

Tusquets, Barcelona 1997, pp.63-64).

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

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