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EL CHICO DE LA BICICLETA

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Exactamente cada tres años los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne nos regalan una historia cinematográfica tomada pura y sencillamente de la vida misma, sin artificios, recovecos ni efectos especiales.

Sus protagonistas son siempre gente común, del pueblo trabajador europeo, pobres:

inmigrantes ilegales (La Promesa, 1996),

una jovencita que vive en una casa rodante y anda en busca de trabajo (Rosetta, 1999),

un adolescente de un centro de rehabilitación para delincuente menores (El hijo, 2002),

una joven pareja sin trabajo con un bebé que no esperaban (El niño, 2005),

migrantes albaneses y una joven con un esposo drogadicto (El silencio de Lorna, 2008).

Este año es un adolescente de doce años, sin mamá y abandonado por su padre: El chico de la bicicleta (Le gamin au vélo, 2011).

Cyril se escapa del internado temporal y busca desesperadamente a su papá y su bicicleta. Los dos son todo su mundo y no puede vivir en paz sin encontrarlos. La bici aparece, pero hallar al papá es toda una odisea y una decepción. Saber que ya no volverá a ver a su progenitor deja al chico tirado al borde de la vida. La joven peluquera del barrio aparece en su camino como una buena samaritana que ofrece curar las heridas, dar alimento y hospedaje, cuidar de él, acompañar gratuitamente. Esa es toda la historia; así de simple, así de profunda, como la parábola del Evangelio.

El chico de la bicicleta tiene la grandeza de lo sencillo, la hondura de las cosas simples, el precio impagable de lo pequeño. Y todo se nos regala como gracia, y todo cuenta: una herida, un bocadillo, la llamada por teléfono, el pedaleo en la bici, sudor y jadeos, corajes y silencios, abrazos y miradas. No hay que perderse nada de lo más sencillo, porque ahí está la vida de todos los días, la vida de la gente.

Cinematográficamente, la película tiene siempre el corte de edición justo, perfecto; el detalle de un simple gesto, la honestidad para obviar todo sentimentalismo y manipulación, la narración que avanza siempre al paso de la bici, el contrapunto de los silencios y los adagios...

Pero la historia de Cyril, Samantha, la bicicleta y el papá no pierde tampoco el contexto en que está vivida y narrada: la crisis económica y moral de occidente, hoy, en Europa.

Sin discursos ni moralinas, los hermanos Dardenne nos hacen experimentar cómo las limitaciones económicas del sistema van presionando, castigando, quitando vida, restando dignidad, orillando a la violencia. Y es precisamente ahí donde el abrazo samaritano, hecho de ayuda, perdón, misericordia, fortaleza, puede curar las heridas todas de hombres y mujeres, niños y viejos, como una gracia, callada pero real.

No es poco decir que el cine de los Dardenne tiene siempre un compromiso social y moral. Hoy sería un buen tiempo para ver sus películas y para regalarlas (todas pueden conseguirse fácilmente). Nos ofrecen el privilegio de ver qué es hacer cine verdadero, pero además se nos regalan imágenes de humanidad en medio de nuestro mundo tan desamparado y tan herido.

 

Luis García Orso

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