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LA MUERTE NO ES EL FINAL DEL CAMINO

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“Para el que sabe ver,
siempre habrá al final del laberinto de la vida
una puerta de oro” 

                                                           (Antonio Colinas)

 

14 de septiembre, Exaltación de la Santa Cruz.

Jn 3, 13-17

Nadie ha subido al cielo sino es el que bajó del cielo: este Hombre.

Como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado este hombre, para que quien crea en él tenga vida eterna.

Una de las visiones doctrinales de la vida física en los que la Iglesia tendrá que bregar con más fuerza y tesón. En contra tiene las aspiraciones fomentadas por las escatologías de muchas religiones que, una vez más, reproducen el modelo de la vida terrenal. Para los Cristianos, El Paraíso: un lugar de gozo, de paz y felicidad infinita y eterna. Para los Musulmanes, El Jadín (Al-Yanna): “un placer cientos de veces mayor que el terrenal”, proporcionado por hurís vírgenes con cuerpos de azafrán, almizcle, ámbar e incienso.

Relatos extraídos de viejas leyendas de religiosidad popular que El Bosco, hizo arte en su tríptico El jardín de las Delicias, pintado con intención moralizante y satírica.

Y la verdad es que esa concepción resulta muy atractiva, y da mucha paz y esperanza a quienes creen en ella. Las Escrituras de las aludidas religiones nos pueden llevar a engaño. Toda la fuerza de los argumentos está puesta en la fe, pero el sentido común parece no caminar por los mismos derroteros. Habrá que buscar  fe y razones que manteniendo esa misma paz y esperanza, resulte más verosímil al conocimiento.

Posiblemente más próximos a la realidad están los que, como la protagonista de uno de los relatos de las investigaciones de Raymond Moody en Vida después de la vida contemplan el tema desde otra perspectiva:”De repente estaba mirando esta luz. De esa luz salió el ser más asombroso ante cuya presencia me había encontrado nunca. Este ser era todo altruismo, comprensión, amabilidad, todo paz envolvente. Un amor maravilloso”.

Pero todavía hoy la mayoría de los creyentes vivimos como atlantes de la mitología griega, a quienes Zeus condenó a cargar con el peso del Mundo a las espaldas. Por eso resulta tan difícil deshacerse de tan oneroso fardo, que la Iglesia se empeña en seguir colmando con ideas de pecado y nos impide liberarnos de ellos  con la reflexión personal interior. Porque, como acusa Thich Nhat Nanh en The Heart of the understanding, cuando queremos entender algo, no podemos simplemente quedarnos fuera y contemplarlo. Tenemos que entrar profundamente dentro de ello y ser uno con ello para realmente entender.

Pienso –ahora todavía puedo pensar, después sólo sentir y amar- con Víctor Hugo, que “El invierno está en mi cabeza, pero la eterna primavera está en mi corazón”.Y con el todavía apenas adulto Mozart me decido a trabar conocimiento con la imagen de esa óptima amiga del ser humano, cuya imagen nada tiene de pavoroso para mí, antes bien muchos aspectos tranquilizantes y confortadores” Lo escribía en una carta a su padre, que concluía en estos términos, dando gracias a Dios “por la dicha de hallar la ocasión de conocerla su calidad de llave hacia nuestra beatitud”.

El Himno actual de la Legión Española, La muerte no es el final, cantado en paso fuerte y la cabeza erguida, suena en Semana Santa y desfiles militares en letra y música del compositor Cesáreo Garbaran. Esta es una muestra de sus sugerentes versos.

 

Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino
(…)
Cuando, Señor, resucitaste,
todos vencimos contigo
nos regalaste la vida,
como en Betania al amigo.
Si caminamos a tu lado,
no va a faltarnos tu amor,
porque muriendo vivimos
vida más clara y mejor.

 

En lo que a mí me afecta, comienza a soplar el Viento de partida que agita ya los ropajes del alma, y con serena paz me despido del puerto. El citado poeta leonés lo ha escrito en términos más místicos concluyendo que al final del laberinto de la vida habrá siempre una puerta de oro abierta.

 

DANOS TU PAZ

Danos, Señor, aquella Paz extraña
que brota en plena lucha como una flor de fuego;
que rompe en plena noche como un canto escondido;
que llega en plena muerte como un beso esperado.

Danos la Paz de los que andan siempre
desnudos de ventajas
vestidos por viento de una esperanza núbil

Aquella Paz pobre
que ya ha vencido al mundo

Aquella Paz del pobre
que se aferra a la vida

Paz que se comparte en igualdad

como el agua y La Hostia.

Pedro Casaldaliga

 

Vicente Martínez

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