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LA ORACIÓN DE JESÚS

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Esta charla, pronunciada el pasado Jueves Santo, se refiere a la oración de Jesús. En efecto, Jesús dedica mucho tiempo en este día a la oración. Según el ritual judío de la celebración de la Pascua, aparte de las bendiciones sobre el pan y el vino, se recitaban los Salmos 112-118, y a esto añadió Jesús, según cuentan los evangelios, la oración sacerdotal al final de la última cena y tres largas horas de oración en el huerto de los Olivos...

 

1. LA ORACIÓN DEL JUDÍO PIADOSO EN TIEMPOS DE JESÚS

Los judíos, como todos los pueblos semitas, estaban acostumbrados a rezar, sobre todo con tres tipos de oraciones: los himnos, para alabar a los dioses por su grandeza; las bendiciones, para alabarlos por sus acciones benéficas; y las peticiones, para impetrar su favor en momentos difíciles de la vida, enfermedad, persecución de los enemigos, adversidades, etc.

Para esto los judíos contaban desde siglos antes de diversas colecciones de salmos que terminaron agrupadas en un solo libro. Pero en tiempos de Jesús la oración del judío piadoso no se limitaba a recitar algún que otro salmo. Estaba mucho más regulada.

1.1. La recitación del Shemá

El judío piadoso comenzaba y terminaba el día recitando el Shemá, que no es propiamente una oración, sino una confesión de fe. Se trata de tres textos tomados del Pentateuco. Cuando uno los escucha por primera vez, parecen muy distintos y sin relación entre ellos. Pero están muy relacionados.

El primero recuerda el mandamiento principal: amar a Dios.

«Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo queda­rán en tu memoria, se las inculcarás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales.»

El segundo habla de los beneficios que esto trae y del grave peligro que supone la idolatría.

«Si escuchas y obedeces los preceptos que yo te mando hoy, amando al Señor, vuestro Dios, y sirviéndole con todo el corazón y con toda el alma, yo mandaré a vuestra tierra la lluvia a sus tiempos: la lluvia temprana y la tardía; cosecharás tu trigo, tu mosto y tu aceite; yo pondré hierba en tus campos para tu ganado, y comerás hasta hartarte. Pero, cuidado, no os dejéis seducir ni os desviéis sirviendo a dioses extranjeros y postrándoos ante ellos; porque se encenderá la ira del Señor contra vosotros, cerrará el cielo y no habrá más lluvia, el campo no dará sus cosechas y desapareceréis enseguida de esa tierra buena que os va a dar el Señor. Meteos estas palabras mías en el corazón y en el alma, atadlas a la muñeca como un signo, ponedlas de señal en vuestra frente, enseñádselas a vuestros hijos, habladles de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado, escríbelas en las jambas de tu casa y en tus portales, para que dures tú y duren tus hijos en la tierra que el Señor juró dar a tus padres, cuanto dure el cielo sobre la tierra.»

El tercer texto habla de otro peligro, pero esta vez no viene de fuera, de los dioses paganos, sino del interior de nosotros mismos: de los caprichos de nuestro corazón y de nuestros ojos.

«El Señor dijo a Moisés: Di a los israelitas: Haceos borlas y cosedlas con hilo violeta a la franja de vuestros vestidos. Cuando las veáis, os recordarán los mandamientos del Señor y os ayudarán a cumplirlos sin ceder a los caprichos del corazón y de los ojos, que os suelen seducir. Así recordaréis y cumpliréis todos mis mandatos y viviréis consagrados a vuestro Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios, que os sacó de Egipto para ser vuestro Dios. Yo soy el Señor, vuestro Dios.»

La práctica de recitar el Shemá al comienzo y al final del día está atestiguada ya en el siglo II a.C., y se observa tanto en Palestina como en la Diáspora. No es preciso recitarla en hebreo; puede hacerse en cualquier idioma.

Todos los varones israelitas adultos, y los jóvenes a partir de los 13 años, estaban obligados a recitar el Shemá. Las muje­res, los niños y los esclavos estaban exentos, ya que no tenían tiempo disponible. A los niños se les enseñaba la oración desde que eran capaces de hablar.

La recitación del Shemá era conside­rada el mínimo de la práctica religiosa. Quien no la hacía se apartaba de la comunidad. «¿Quién es un 'am ha'ares [impío]? El que no recita por la mañana y por la noche el Shemá» (Rabí Eliezer, hacia el año 90).

1.2. Las Dieciocho bendiciones (Tefilá o 'Amidá)

A la práctica de recitar el Shemá se unió otra completamente distinta: la de los tres tiempos de oración durante el día (mañana, tarde y noche), atestiguada por primera vez a mediados del siglo II a.C. en el libro de Daniel (6,11.14). Por la mañana, inmediatamente después del Shemá, se rezaba la Tefilá. Por la tarde, sólo la Tefilá. Al ponerse el sol, Shemá y Tefilá, igual que por la mañana, aunque esta práctica tardó más en imponerse. A esta oración estaban obligados todos, incluso mujeres y niños.

A diferencia del Shemá, que es una profesión de fe, lo típico de estos momentos es la bendición de Dios y la petición. Para ello se pronuncian dieciocho bendiciones. Al ser la oración por excelencia se la conoce como "la oración" (Tefilá). Por recitarse de pie, se la conoce también como 'Amidá ('amad significa en hebreo "estar de pie"). Y por su número se la llama también "las Dieciocho" (shemone esré).

Según J. J. Hertz, "esta oración no es producto de una sola mente ni de un solo período"; en su opinión, comenzó a formarse el siglo IV a.C. y terminó de redactarse hacia el año 100 de nues­tra era. En la época del Segundo Templo (la de Jesús) existían como mínimo las tres primeras bendiciones y las tres últimas, conocidas ya por las escuelas de Shammai y de Hillel.

La primera bendición celebra a Dios como anfitrión del universo, que alimenta a todas sus criaturas. Dice así:

«Bendito seas tú, Señor Dios nuestro, rey del universo, que en tu bondad nutres al mundo entero con favor, con gracia y con misericordia, que das alimento a toda criatura porque tu gracia es eterna. Por tu gran bondad, nunca nos ha faltado el alimento y nunca nos faltará. Por tu gran nombre tú nutres y sostienes toda cosa, concedes tus beneficios a todos y preparas el alimento a todas las criaturas que has creado. Bendito seas tú, Señor, que nutres a todos los seres.»

La segunda bendición da gracias por los grandes beneficios que el pueblo de Israel recibió de Dios, especialmente por la tierra.

«Te damos gracias, Señor Dios nuestro, por haber dado a nuestros padres un país delicioso, hermoso y amplio; por habernos hecho salir, Señor Dios nuestro, del país de Egipto y habernos liberado de la casa de esclavitud; por la alianza que has sellado en nuestra carne, por la ley que nos has entregado, por los preceptos que nos has dado a conocer, por la vida, la piedad y la clemencia que nos has concedido, y por el alimento que nos procuras constantemente, cada día, siempre y en todo lugar. Señor Dios nuestro, te damos gracias y te bendecimos por todo. Que tu nombre sea bendecido por boca de todos los vivientes, siempre y por la eternidad, según está escrito: 'Cuando comas y te sacies, bendecirás al Señor tu Dios por la tierra que te ha dado'. Bendito seas tú, Señor, por la tierra y por el alimento.»

En la tercera bendición se pide a Dios que reconstruya Jerusalén. Es una bendición muy antigua, de una época en la que Jerusalén era todavía una ciudad pequeña, pobre, sin las murallas ni los edificios que construyó Herodes. Dice así:

«Señor, Dios nuestro, ten piedad de Israel, tu pueblo, de Jerusalén, tu ciudad, tabernáculo de tu gloria, del reino de la casa de David tu ungido, de la casa santa y grande sobre la que se ha proclamado tu nombre. Dios nuestro, Padre nuestro, sé nuestro pastor, nútrenos, sostennos, provee a nuestras necesidades, redímenos y libéranos pronto de todas las tribulaciones, Señor Dios nuestro. No permitas que tengamos necesidad de la ayuda de los hombres ni de sus préstamos, sino sólo de tu mano, llena, abierta, santa y generosa... Y reconstruye pronto, hoy mismo, a Jerusalén, tu ciudad santa. Bendito seas tú, Señor, que en tu misericordia reconstruyes a Jerusalén.»

1.3. Bendiciones para distintos momentos del día

Los textos anteriores son los que el israelita piadoso recita obligatoriamente al comienzo, mitad y final del día. Pero el espíritu de alabanza impulsa a bendecir a Dios a lo largo de todo el día.

Al levantarse

Hay una larga oración para los quince actos que realiza el israelita piadoso cuando se levanta.

Al despertarse, diga: Dios mío, el alma que tú me has dado es pura. Tú la has creado, tú la has formado y tú me la has insuflado. Tú la conservas en mí, tú me la tomarás (cuando muera) y tú me la devolverás el día de la resurrección. Mientras esta alma anime mi cuerpo, yo te daré gracias, Eterno, Dios mío y Dios de mis padres, Señor de todas las cosas, soberano de todas las almas. Seas bendito, Eterno, que devuelves las almas a los difuntos.

Al escuchar el canto del gallo, diga: Bendito el que dio al gallo inteligencia para distinguir el día de la noche.

Cuando abre los ojos, diga: Bendito el que da vista a los ciegos.

Cuando se sienta en la cama, diga: Bendito el que libera a los prisioneros.

Cuando se viste, diga: Bendito el que viste al desnudo.

Cuando se endereza, diga: Bendito el que levanta a los encorvados.

Cuando toca el suelo, diga: Bendito el que extendió la tierra sobre las aguas.

Cuando se pone de pie, diga: Bendito el que dispone los pasos del hombre.

Cuando se pone los zapatos, diga: Bendito el que satisface mis necesidades.

Cuando se aprieta el cinturón, diga: Bendito el que ciñe a Israel de fuerza.

Cuando se pone el turbante, diga: Bendito el que corona a Israel de majestad.

Cuando se pone el vestido con las borlas, diga: Bendito el que nos ha santificado con sus preceptos y nos ha ordenado cubrirnos con vestidos provistos de borlas.

Cuando se pone las filacterias en el brazo, diga: Bendito el que nos ha santificado con sus preceptos y nos ha mandado ponernos las filacterias. Cuando se pone las filacterias en la cabeza: Bendito el que nos ha santificado con sus preceptos y nos ha dado el precepto de las filacterias.

Cuando se lava las manos, diga: Bendito el que nos ha santificado con sus preceptos y nos ha mandado lavarnos las manos.

Cuando se lava la cara, diga: Bendito el que arranca el sueño de mis ojos y la somnolencia de mis párpados; que sea tu voluntad, Señor Dios mío, habituarme a tu Ley y estar unido a tus preceptos; no permitas que caiga en poder del pecado, del mal, de la tentación y de la vergüenza, y doblega mi carácter para que te esté sometido; aléjame del hombre malo, del mal compañero, y úneme a la gente buena, al buen compañero, en tu mundo, y haz que hoy y siempre encuentre gracia, caridad y misericordia a tus ojos y a los ojos de todos los que me ven; y realiza obras buenas en mi favor. Bendito tú, Señor, que haces obras buenas en favor del pueblo de Israel.

Durante el día

En la carta a los Romanos escribe Pablo que «Dios interviene en todas las cosas para bien de quienes lo aman» (Rom 8,28). A propósito del famoso rabí Aquiba se contaba una historia que confirma esta idea.

«Una vez que Aquiba se encontraba de viaje, llegó a una ciudad, pidió hospitalidad, y no se la concedieron. Y dijo: 'Todo lo que Dios hace, lo hace para nuestro bien'. Y se fue a pasar la noche en descampado. Tenía con él un gallo, un asno y una linterna; vino el viento y apagó la linterna; vino un gato y se comió al gallo; vino un león y se comió al asno. Y dijo: 'Todo lo que Dios hace, lo hace para nuestro bien'. Durante la noche, vinieron las tropas de los invasores, cogieron presos a los ciudadanos, y él les dijo: 'Ya os dije que todo lo que Dios hace lo hace para nuestro bien'» (b. Ber 60b).

Esta anécdota le sirve a Di Sante para justificar la abundancia de bendiciones, ya que se da gracias a Dios no sólo por las cosas buenas, sino también por las aparentemente malas. Incluso las necesidades fisiológicas puede ser objeto de una bendición.

«Bendito seas tú, Señor Dios nuestro, rey del mundo, que formaste al hombre con sabiduría y has creado en él orificios y canales. Tu gloriosa majestad sabe que si uno de ellos se cierra o se rompe de algún modo, ninguna criatura puede sobrevivir. Bendito seas tú, Señor, que concedes la salud a toda criatura y actúas de forma maravillosa.»

1.4. Oraciones para ocasiones particulares

Existen también fórmulas para los casos de viaje, enfermedad, cercanía de la muerte, aniversario, un acontecimiento importante, verse libre de un peligro, etc.

 

2. LA ORACIÓN DE JESÚS

2.1. Su práctica de oración

Jesús, como miembro de una familia piadosa, practicaba las tres horas de oración y asistía al culto sinagogal el sábado («según su costumbre», dice Lc 4,16). Además, indirecta­mente también sabemos que conocía la Tefilá, ya que utiliza expresiones tomadas de las dos primeras bendiciones: «Bendito seas Señor, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob» (Mc 12,26) y «Señor del cielo y de la tierra» (Mt 11,25). Por otra parte, la comunidad cristiana seguía practicando la costumbre de rezar a las tres de la tarde (Hech 3,1), lo que demuestra que Jesús debió practicarla.

Por consiguiente, podemos afirmar que Jesús no pasó ningún día de su vida sin respetar los tres momentos de oración. Pero hay algo mucho más importante que la observancia de esta costumbre piadosa. La oración no es para Jesús una norma que hay que cumplir sino algo absolutamente necesario, lo más importante en esta vida.

El evangelio de Marcos, al comienzo de la actividad pública de Jesús, cuenta cómo era un día suyo normal. Y empieza levantándose muy temprano para irse al campo y allí rezar largamente a solas con Dios (Mc 1,35). Esta práctica de la oración solitaria la consigna Marcos en otro momento, después de la multiplicación de los panes, tras despedir a la gente, «subió al monte a orar» (Mc 6,45). Y Lucas afirma que esta era su costumbre: «se retiraba a lugares solitarios a orar» (Lc 5,16), «oraba a solas» (Lc 9,18). Además presenta a Jesús rezando en cuatro momentos fundamentales de su vida: durante el bautismo (Lc 3,21), antes de elegir a los doce apóstoles, cuando «se pasó la noche orando a Dios» (Lc 6,12), antes de la transfiguración, y en el huerto de los olivos.

2.2. Las oraciones de Jesús

Los evangelios recogen seis oraciones de Jesús pronunciadas en momentos muy distintos. La única que aparece en los tres evangelios sinópticos, con ligeras variantes, es la oración del huerto. Mateo y Lucas ofrecen otras dos oraciones: el Padre nuestro y un grito de alabanza.

Las otras tres oraciones se encuentran en el evangelio de Juan. Son muy distintas entre sí. La primera es una bendición antes de la resurrección de Lázaro: «Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste» (Jn 11,41-42). La segunda una breve petición en la explanada del templo: «Padre glorifica tu nombre» (Jn 12,27-28). La tercera es la extensa oración pronunciada al final de la última cena que se conoce generalmente como la oración sacerdotal.

Cuando se comparan estas oraciones con las otras oraciones judías se advierte una interesante diferencia en el uso de la lengua. El Shemá y la Tefilá son oraciones hebreas. El Padrenuestro, en cambio, es una oración aramea, como lo demuestra el juego de palabras "deuda/deudores", que son aramaísmos típicos, y también es arameo la invocación Abba y el grito de Jesús en la cruz (Eloí, Eloí...). De esta forma, Jesús saca la oración del marco litúrgico de la lengua sagrada para insertarla en el ambiente cotidiano.

Más interesante todavía es la diferencia en el contenido. Mañana hablaré de la oración del huerto y de otra oración parecida que se encuentra en el evangelio de Juan. Hoy me centraré en el grito de júbilo, el Padre nuestro y la oración sacerdotal.

El grito de júbilo

Se trata de una breve acción de gracias y alabanza que sólo se encuentra en los evangelios de Mateo y Lucas.

«¡Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra! Porque has ocultado estas cosas a los entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, ésa ha sido tu elección» (Mt 11,25-26).

Estas palabras adquieren pleno sentido cuando las situamos en su contexto. Jesús tiene ya una experiencia suficientemente larga sobre cómo reacciona la gente ante su predicación. Están los «sabios y entendidos», los escribas y fariseos, que se aferran a sus conocimientos religiosos y teológicos, y se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Y está la «gente sencilla», sin prejuicios, a la que Dios puede revelar­le algo nuevo porque no creen saberlo todo. Esta gente acepta que Jesús es el Mesías aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús. Y Jesús alaba al Padre por este prodigio que realiza en los pequeños.

El Padre nuestro

El Padre nuestro también se encuentra solamente en los evangelios de Mateo y Lucas, con la notable diferencia de que en Mateo tiene siete peticiones y en Lucas sólo cuatro (faltan «hágase tu voluntad...», «no nos dejes caer...», «líbranos del mal»).

El Padre nuestro no es una simple oración; es la síntesis de todo lo que Jesús vivió y sintió a propósito de Dios, del mundo y de sus discípulos. En torno a estos temas giran las siete peticiones de Mateo.

Frente a un mundo que prescinde de Dios, lo ignora o incluso lo ofende, Jesús propone como primera petición, como ideal supremo del discípulo, el deseo de la gloria de Dios: «santificado sea tu Nombre»; dicho con palabras más claras: «proclámese que Tú eres santo». Es la vuelta a la experiencia originaria de Isaías en el momento de su vocación, cuando escucha a los serafines proclamar: «Santo, santo, santo, el Señor, Dios del universo» (Is 6). La primera petición se orienta en esa línea claramente profética que sitúa a Dios por encima de todo, exalta su majestad y desea que se proclame su gloria.

Ante un mundo donde con frecuencia predominan el odio, la violencia, la crueldad, que a menudo nos desencanta con sus injusticias, Jesús pide que se instaure el Reinado de Dios, el Reino de la justicia, el amor y la paz. Recoge en esta petición el tema clave de su mensaje («está cerca el Reinado de Dios»), en el que tantos contemporáneos concentraban la suma felicidad y todas sus esperanzas. Como síntesis de la preocupación por Dios y por el mundo, se pide que la voluntad de Dios, su proyecto de salvación, se realice de forma tan manifiesta en la tierra como en el cielo.

El tercer centro de interés de la oración lo constituye la comunidad. Ese pequeño grupo de seguidores de Jesús, que necesita día tras día el pan, el perdón, la ayuda de Dios para mantenerse firme. Peticiones que podemos hacer con sentido individual, pero que están concebidas por Jesús de forma comunitaria, y así es como adquieren toda su riqueza. Cuando uno imagina a ese pequeño grupo en torno a Jesús recorriendo zonas poco pobladas y pobres comprende sin dificultad esa petición al Padre de que le dé «el pan nuestro de cada día». Cuando se recuerdan los fallos de los discípulos, su incapacidad de comprender a Jesús, sus envidias y recelos, adquiere todo sentido la petición: «perdona nuestras ofensas». Y, sobre todo, pensando en ese grupo que debió soportar el gran escándalo de la muerte y el rechazo del Mesías, la oposición de las autoridades religiosas, se entiende que pida «no caer en la tentación» y «ser librado del Maligno».

Por consiguiente, el Padre nuestro nos enseña cómo era la oración de Jesús y como debe ser la oración cristiana:

Amplia, porque no podemos limitarnos a nuestros proble­mas; el primer centro de interés debe ser el triunfo de Dios y de su plan para el mundo.

Profunda, porque al presentar nuestros problemas no podemos quedarnos en lo superficial y urgente: el pan es importante, pero también el perdón, la fuerza para vivir cristianamente, el vernos libres de toda esclavitud.

Íntima, en un ambiente confiado y filial, ya que nos dirigimos a Dios como Padre.

Comunitaria. «Padre nuestro», danos, perdónanos, etc.

En disposición de perdón. Mateo añade inmediata­mente después del Padre nuestro, empalmando con la petición del perdón: «Pues si perdonáis sus culpas a los demás, también vuestro Padre del cielo os perdonará a voso­tros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.»

La oración sacerdotal

Se encuentra sólo en el evangelio de san Juan, y es muy probable que sea creación del evangelista, siguiendo una práctica común de la antigüedad, cuando los historiadores inventaban discursos que ponían en boca de sus protagonistas. Pero es interesante cómo concebía el autor del cuarto evangelio la oración de Jesús.

Ante todo, Jesús no se contenta con un discurso de despedida, como es frecuente entre los personajes del Antiguo Testamento (Abrahán, Jacob, Moisés, Josué, Samuel, David...). Añade una verdadera oración.

En una primera lectura resulta recargada y confusa, como todos los discursos de Jesús en el cuarto evangelio. Es preciso leerla muchas veces y desde distintos puntos de vista para captar su contenido. A grandes rasgos, en esta oración Jesús resume toda su existencia, desde que fue enviado a este mundo por el Padre, hasta el momento presente, cuando se despide de sus discípulos, pero también tiene en cuenta lo que ocurrirá en el futuro, cuando ya no esté entre nosotros.

En esta historia pasada, presente y futura de Jesús aparecen cuatro protagonistas: el Padre, Jesús, los suyos (las personas que han creído en él y las que creerán en el futuro) y el mundo (al que Dios ha amado y enviado a su hijo, pero que se ha negado a creer en él).

1ª parte: Jesús y el Padre (vv. 1-5)

Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo. Yo te he glorificado en la tierra cumpliendo la tarea que me encargaste hacer. Ahora, Padre, glorifícame tú a tu lado dándome la gloria que tenía junto a ti antes que existiera el mundo.

Jesús empieza, elevando los ojos al cielo y dirigiéndose a Dios con la palabra Padre: «Padre, ha llegado la hora». Humanamente hablando, es la hora de la traición de Judas, de la pasión y la muerte. Una hora que puede poner en crisis la idea de la bondad de Dios y de la providencia divina. Pero Jesús contempla esa hora desde el punto de vista de la fe, como la hora en que Dios lo glorifica a través de la muerte y resurrección. Por eso, su fe en Dios no se quebranta lo más mínimo y puede llamar a Dios Padre.

2ª parte: Jesús, el Padre y las personas que le confió (vv. 6-8)

Te he manifestado a los hombres que me confiaste sacándolos del mundo: eran tuyos, tú me los confiaste y han hecho caso de tu mensaje. Ahora saben que todo lo que yo tengo lo he recibido de ti. Porque las palabras que tú me comunicaste yo se las comuniqué; ellos las han aceptado y están convencidos de que vine de tu parte, y han creído que tú me enviaste.

Leyendo los evangelios parece que las personas siguen a Jesús porque él les sale al encuentro. Los llama junto al lago, como a los cuatro primeros discípulos; o cuando está en el mostrador de la recaudación de impuestos, como a Leví; o curándola como a María Magdalena. Y eso es cierto, porque, usando una imagen bíblica, Jesús es el buen pastor que va en busca de sus ovejas. Pero en esta oración se ofrece un punto de vista complementario.

Todas esas personas que han seguido y continuamos siguiendo a Jesús lo hacemos por acción directa de Dios Padre. No somos "de Jesús", somos propiedad del Padre, y él nos encomienda a Jesús para que nos lo dé a conocer. Y eso es lo que Jesús ha hecho durante su vida: transmitir una nueva imagen de Dios, de un Dios que ama tanto al mundo que le entrega a su único hijo. Pero no es fácil aceptar que Jesús es el Hijo de Dios y el enviado de Dios. Si sólo se tratara de cumplir un código moral o unas normas de conducta, no sería demasiado difícil. Muchos ateos tienen una conducta intachable. Por eso, lo que distingue a los seguidores de Jesús no es ante todo la conducta moral sino aceptar y estar convencidos de que Jesús procede de Dios y ha sido enviado por él.

3ª parte: lo que Jesús pide al Padre y lo que Jesús desea (vv. 9-19)

Después de esta parte introductoria, de recuerdo de todo lo ocurrido, Jesús pasa a formular al Padre tres peticiones a favor de sus discípulos: que sean uno, que los libre del Maligno y que los consagre con la verdad. En medio, no como petición al Padre, sino como formulación de un propio deseo quiere que a los discípulos les inunde su alegría.

La petición de la unidad tiene presente al peligro que puede surgir dentro del mismo grupo de sus seguidores.

Padre Santo, guárdalos para que sean uno como nosotros. Mientras estaba con ellos, yo los guardaba con tu nombre a los que me diste; los custodié y no se perdió ninguno de ellos, excepto el destinado a la perdición, para que se cumpliese la Escritura.

La segunda petición tiene en cuenta el peligro que viene de fuera de la comunidad, del mundo y del maligno.

Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió, porque no son del mundo, igual que yo no soy del mundo. No pido que los saques del mundo, sino que los libres del Maligno.

En el evangelio de Juan, el mundo puede significar tres cosas muy distintas: 1) el universo creado por Dios; 2) toda la humanidad, a la que Dios ama y le envía a su hijo para salvarla; 3) las personas que se oponen a Dios; que, cuando la Palabra llega al mundo, la ignora o se opone decididamente a ella; los hombres que, cuando la luz llega al mundo, prefieren las tinieblas a la luz (Jn 3,19).

En este caso, Jesús tiene presente el odio y la oposición que él ha despertado en mucha gente y que sus discípulos seguirán provocando. Pero no le pide al Padre que los saque del mundo, sino que los libre del maligno.

La tercera petición, la más densa y abstracta, está muy relacionada con la anterior.

Conságralos con la verdad: tu palabra es verdad.

Consagrar significa convertir en sagrado algo profano. Por ejemplo, un edificio normal y corriente es consagrado por el obispo y se convierte en iglesia o capilla. Una copa, al consagrarla, se convierte en cáliz. Lo mismo se aplica a las personas. Mediante un ritual determinado se consagra a un sacerdote, o una persona se consagra a Dios. Jesús acaba de pedir al Padre que no saque a los suyos del mundo. Pero ahora pide que los consagre, que no sigan siendo seres profanos, "mundanos", que vivan plenamente para Dios dentro del mundo. Y esa consagración se consigue mediante la palabra de Dios, que es la verdad.

4ª parte: los futuros seguidores de Jesús (vv. 20-23)

No sólo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras. Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí.

Para los seguidores futuros sólo hace Jesús una petición: que sean uno. Pero destaca algo que no había dicho antes: esa unidad será la prueba para el mundo de que el Padre envió a Jesús y de que los ama igual que a él.

Final:

La oración termina uniendo a los seguidores presentes y a los futuros.

Padre, quiero que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy; para que contemplen mi gloria; la que me diste, porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo en ellos.

 

3. LA ORACIÓN DE JESÚS, EJEMPLO PARA NOSOTROS

Frecuencia. Intensidad. Variedad.

 

José Luís Sicre

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