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ME ENSEÑARON QUE...

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Me enseñaron que éramos los mejores, que los demás no eran tan buenos, que sólo nosotros sabíamos la verdad mientras que otros servían a la mentira.

Me enseñaron que no había que tener comunión con la gente de otras religiones, porque eso era una traición a Dios, o quizás una apostasía.

Me enseñaron que sólo había que acercarse a los otros creyentes, agnósticos o ateos para convertirlos a nuestro grupo, porque así se salvarían, ya que de otro modo se irían al tormento eterno.

Me enseñaron que sólo nosotros teníamos razón en materia de sexualidad considerando a cualquiera que fuera diferente como un perverso...

Y poco a poco mi corazón se fue estrechando, cada vez había menos sitio para mis prójimos, y me fui asfixiando, viendo cómo moría el amor en mí.

Hasta que decidí fijarme en Aquel que fue enseñado por una mujer pagana, el que dijo que el centurión romano tenía más fe que todos aquellos que se consideraban fieles de la Tradición oficial. Miré cómo se comportaba con aquellas mujeres de sexualidad reprobable y cómo las ponía delante de todos en el Reino de su Padre. Me sentí desafiado en cómo derribaba todos los muros de separación, de cómo dignificaba a todo ser humano sin importarle sus orígenes o caminos escogidos. Aprendí con él que todo ser humano es mi hermano, mi hermana, que sólo el Dios de la vida es universal, y no el dios tribal de mi grupo.

Y mi corazón comenzó a ampliarse, un aire nuevo entró, una mirada diferente sobre el mundo apareció. Y me sentí prójimo de mis hermanos, creyentes o no, de diferentes credos, de diferentes ideas, y comprendí al fin, que yo no era mejor que nadie y que no sabía más que otros.

Tuve que desaprender lo que me enseñaron, y volver a aprender a los pies de Aquel que recibía a todos sin condición alguna. Vivió la compasión hasta el extremo de morir en manos de los que se consideraban mejores. Fue el hombre libre y liberador, que nos enseñó el camino a andar, reconociendo a los compañeros de viaje.

Me enseñaron a odiar piadosamente, pero el amor se fue abriendo camino, y pude encontrar en el rostro de mis hermanos, creyentes o no, mi propio rostro, con una voz interior que grita: "soy vuestro".

 

Julián Mellado

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