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LA TEMPESTAD CALMADA

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Este texto de Marcos tiene su paralelo en Mateo y Lucas.

Mc 4, 35-40

Este día, al atardecer, les dice: « Pasemos a la otra orilla. » Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. El estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: « Maestro, ¿no te importa que perezcamos? » El, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: « ¡Calla, enmudece! » El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: « ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe? . Se quedaron espantados, y se decían unos a otros: "Pero, ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!"

Mt 8, 23-27

Cuando Jesús terminó estas parábolas, partió de allí. Como veía que la muchedumbre lo cercaba, mandó pasar a la otra orilla. Subió a una barca y le acompañaron sus discípulos. Y he aquí que se levantó una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca. Pero Él dormía. Se acercaron para despertarle y dijeron: "Salva, Señor, que perecemos". Y les respondió: "¿Por qué teméis, hombres de poca fe?" Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar y se produjo una gran calma. Y ellos decían admirados: "¿Quién es éste? Porque aun los vientos y el mar le obedecen".

Lc 8, 22-25

Un día subió a una barca con sus discípulos y les dijo: "Pasemos ala otra orilla del Lago". Y navegaron hacia dentro. Mientras navegaban, se durmió. Y bajó sobre el lago tal torbellino de viento que empezaron a inundarse y a peligrar. Se acercaron para despertarle y le dijeron: "Maestro, que perecemos". Él se levantó, increpó al viento y a las olas del mar, que cesaron, y sobrevino la calma. Entonces les dijo: "¿Dónde está vuestra fe?". Ellos, admirados y temerosos, decían entre sí: "Pues ¿quién es Éste? Porque manda a los vientos y al mar y le obedecen".

El relato de Marcos es el más antiguo, probablemente el más cercano a las fuentes, y el que conserva más elementos que revelan al "testigo presencial", presumiblemente, Pedro.

Todos los comentaristas están de acuerdo en que es incuestionable el aspecto de "crónica de un suceso sorprendente". En este sentido, no podemos dudar de que nos encontramos ante un relato basado claramente en un acontecimiento sorprendente, que causó asombro y mereció ser recogido por los cuatro evangelistas. El género histórico básico del relato no excluye sin embargo la elaboración teológico/simbólica a la que fue sometido, de modo que es el significado del suceso lo que prima sobre el suceso mismo, sea cual fuere.

Este relato está incluido en los evangelios con intención evidente: se trata de mostrar, después de las enseñanzas de las parábolas, quién es éste. Y se nos cuenta cómo los discípulos fueron descubriéndolo.

Es importante señalar cómo los discípulos no oran a Dios para que les libre, sino a Jesús; y cómo Jesús no invoca a su Padre como en otras ocasiones, sino que actúa "por su propio poder". Esto es aún más significativo si tenemos en cuenta la poderosa tradición del AT por la que "solo Yahvé" es dueño de los elementos naturales. Todo ello explica el final del Evangelio: el terror de los discípulos, no por la tempestad, sino ante el poder que ha mostrado Jesús.

Por consiguiente, es igualmente claro que el texto plantea la pregunta "¿quién es éste?", que es la que se hicieron los discípulos que contemplaron el suceso (sea cual fuere tal suceso), y ofrecen también implícitamente la respuesta, la que no encontraron enteramente entonces sino después de la resurrección, y que se expresa plenamente en Hechos 10, cuando en el sermón de Cesarea Pedro afirma "... porque Dios estaba con él".

Nuestra mentalidad del siglo XX no gusta de milagros. Se ha dicho que, en otras épocas, los hombres creían por los milagros y que nosotros creemos a pesar de los milagros. Pero es necesario ser consecuentes: no aceptamos de la Palabra lo que nos gusta. Aceptamos la Palabra entera, como es: y en este caso es preciso señalar claramente lo siguiente :

- Es claro que el milagro ocupa un lugar preferente en el Evangelio, hasta el punto de que se presenta a Jesús como un gran taumaturgo. El milagro se presenta en el Evangelio como un "signo", como una manera de autentificar las palabras de Jesús. En el evangelio de Marcos, y refiriéndonos a los textos que hablan de la vida pública de Jesús, hasta el relato de la Pasión, las narraciones de milagros ocupan el 47% de los versículos. Los doce primeros capítulos de Juan han sido llamados "el libro de los signos", porque la mayor parte del relato está estructurado en torno a los milagros. Hasta los enemigos de Jesús hablan de su poder milagroso, hasta Herodes en su tribunal le pide que haga un "milagrito" para él....

- Es claro que en algunos de los milagros del Evangelio encontramos un predominio de lo simbólico: en ellos predomina el significado sobre el hecho, aunque un análisis serio no nos permitiría dudar de que se fundan en algo sucedido realmente. Tal, por ejemplo, el caso de las bodas de Caná o la multiplicación de los panes y los peces.

- Es claro que en otros casos es muy evidente la intención del Evangelista de relatarnos un suceso del que fue testigo o del que recibió noticia de testigos oculares. Sigue siendo más importante el significado que el mero hecho en sí, pero es indudable el género histórico que subsiste en el fondo del relato.

Ante estos relatos, nuestra postura es clara, aunque nos cueste:

- Dios es Señor: su irrupción en el mundo físico es posible, y es muy dueño de hacerlo. Si nos encontramos ante esto, nos encontramos ante una interpelación a nuestra fe, de la misma manera que al enfrentarnos a la Palabra. No se trata sin más de un conocimiento nuevo, o de un hecho maravilloso. Se trata de una presencia de Dios que interpela nuestra vida.

- Nosotros tendemos a ver en el milagro casualidad o magia, queremos explicarnos el cómo o renunciamos a entender pensando "alguna manera habrá de explicarlo que aún no conocemos". Sin embargo, la acción de Dios por encima de nuestros conocimientos es parte del Mensaje, nos guste o no.

- El milagro es una presencia de Salvación. Es el signo de Dios libertador. Nunca su finalidad es el espectáculo, deslumbrar al "espectador", provocar el seguimiento masivo a Jesús de una multitud enfervorizada... Jesús evita todo esto. Pero sí es una manifestación de que en Jesús actúa Dios en favor de los hombres, para provocar al fe y el seguimiento. No el seguimiento externo de un jefe, sino el seguimiento interior, la aceptación de la Palabra y el cambio de vida.

En el caso concreto de la tempestad calmada, Jesús inicia a sus discípulos en un conocimiento más íntimo. No es simplemente un predicador extraordinario ni un sabio digno de asentimiento. Es una presencia de Dios.

Los dos textos, el de Job y el de Marcos, nos enfrentan, por tanto, al mundo de la fe en un Dios aparentemente ausente, "dormido" ante el mal del mundo. Precisamente el núcleo de nuestra fe es creer lo contrario, creer en el poder salvador de Dios. El milagro de la vida cristiana consiste en ver detrás de lo visible, dentro de lo visible, a Dios Salvador; ver en la trivialidad de la vida el plan de Dios. Ver en los hombres, Hijos. Ver en el trabajo colaboración en la obra salvadora de Dios.

 

 José Enrique Galarreta

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