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SEMBLANZA DE JOSÉ ENRIQUE RUIZ DE GALARRETA

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A lo largo de la vida nos encontramos con personas extraordinarias que nos prestan su luz para ayudarnos a caminar por este mundo moderno repleto de tinieblas. Personas que nunca mueren, porque su legado sigue vivo en nosotros; porque su luz sigue brillando dando sentido a cuanto nos rodea y a nuestra propia existencia. El 30 de enero falleció José Enrique Ruiz de Galarreta, sacerdote jesuita y teólogo, maestro de muchos y amigo entrañable de tantos.

Había nacido el 27 de abril de 1937. Hijo de un conocido abogado pamplonés, quedó huérfano de madre a una edad temprana. A los 17 años de edad entró en el noviciado de Loyola y siguió una formación típicamente jesuita –Humanidades, Filosofía y Teología-, que le llevó por San Sebastián, Bilbao, Madrid e Irlanda.

Autor de más de 14 libros y numerosos artículos, su iniciativa de pastoral de adultos "La Biblia para gente normal" congregaba semanalmente en Pamplona a más de 300 interesados en escucharle.

Él solía contar que cuando Ignacio de Loyola pasó por Montserrat camino de Roma, el abad del monasterio escribió en su diario: "Hoy ha pasado por aquí un loco por Jesús". Al oírle, yo pensaba que el abad hubiese dicho lo mismo de él, porque estaba fascinado por Jesús y era capaz de provocar su misma fascinación en todo el que le escuchara.

Cuando hablaba de Dios, no se refería al Todopoderoso o al Creador, sino al Dios de Jesús; a Abbá; a la madre que nos quiere con locura y nos perdona siempre y sin condiciones.

"Una madre -decía-, que como cualquier madre, no quiere a sus hijos por ser justos sino por ser hijos. No les juzga por las faltas que cometen, ni se siente ofendida, ni se aparta de ellos cuando fallan, sino que se acerca más, porque le necesitan más; porque sabe que esas faltas acabarán arruinando su vida. Para ella, los hijos más importantes no son los mejores, sino los más necesitados".

José Enrique sabía que esta concepción de Dios choca frontalmente con el espectáculo atroz del mal en el mundo, y por eso añadía que sólo la fe ciega en Jesús -quien siempre se refería a Dios llamándole Abbá- nos permite creer en contra de la evidencia racional.

El Antiguo Testamento era para José Enrique "la crónica del descubrimiento de Dios por el pueblo de Israel"; desde aquel Dios tribal y sanguinario de los primeros escritos, hasta el Dios "lento a la cólera y rico en misericordia" de los últimos cronistas.

El Evangelio era punto y aparte. No lo consideraba la culminación del Antiguo Testamento, sino "el vino nuevo que rompe los odres viejos". Buena Noticia en estado puro.

Y es tan buena, porque en Jesús hemos podido ver a Dios, y es mucho mejor de lo que nadie había imaginado. "Jesús ha salido a su Padre -repetía-; es el vivo reflejo de su Padre, y viéndole a él, podemos imaginar cómo es Dios para nosotros".

Sostenía que "tenemos un concepto demasiado jurídico del pecado". Pensamos que el pecador es culpable y debe pagar por ello... Pero él ponía el mundo al revés: "llamamos buenos a los que más han recibido -decía-, y malos a los que han recibido menos" Creía firmemente que el pecado es fundamentalmente error o debilidad; en definitiva, enfermedad. Los enfermos necesitan médico, y Dios es el médico.

Pero no sólo eso, "Dios es también pan para el camino, luz para que no tropecemos en la vida, agua para saciar nuestra sed, viento para empujarnos y alentarnos..."

Le entusiasmaban las parábolas. Afirmaba que en ellas encontramos la mejor teología de la historia, elaborada contando historietas sencillas a gente sencilla. Los talentos, el buen samaritano, el hijo pródigo... Pero sobre todo, la parábola del juicio final. "A mí me lo hicisteis".., la culminación del mensaje...

En un funeral emotivo y multitudinario se refirió así a la muerte:

"Día tras día se nos van muriendo amigos, conocidos, parientes, desconocidos... La muerte es lo normal, pero la sentimos siempre como lo más inesperado, lo más terrible, lo más absurdo. Y tenemos razón, porque no nos hizo Dios para morir sino para vivir. No existe la muerte. Existe este modo de vivir al que llamamos vida aunque no merece ese nombre, y la VIDA, con mayúsculas y sin muerte, la casa del Padre donde se nos espera a todos"...

Que así sea.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Publicado en Diario de Navarra

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