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VIAJE A ÍTACA

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-"Si encontramos nuestra alma, encontramos el centro del universo" (Joan Mascaró, Lámparas de fuego)

12 de enero. El Bautismo de Jesús

Lc 3, 15-16. 21-22

"Todo el pueblo se bautizaba y también Jesús se bautizó; y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y se escuchó una voz del cielo:

-Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto".

Toda patria tiene forma y color del personaje. Su manifestación es veleidosa como lo es él mismo. Aunque cualquiera podría reconocerla con una simple tomografía del cerebro de nuestro protagonista Ulises.

Ítaca es una meta atemporal y aespacial. Un destino que, paradójicamente, viaja en sincronía con el propio héroe de la Odisea: siempre simultáneamente aquí y allí. Siempre recibiendo el viento del Espíritu en el Jordán, nunca abandonando las rutas que le llevarán a su centro vital, a Dios y a los demás.

Por eso todo viaje a la Ítaca personal no puede estar cartografiado sobre las coordenadas del tiempo y del espacio. Es un camino permanentemente hecho y deshecho –como el manto de Penélope, la fiel esposa-, sin cinta métrica ni agujas de reloj que lo circunden y aprisionen. Es, sin embargo, un viaje de constante ida y vuelta, en cuyo recorrido, como la lanzadera en el telar, va el hombre tejiendo el tapiz de su existencia.

Ulises alcanza su plenitud a su regreso a Ítaca. Mejor dicho, viajando a Ítaca (realmente Ulises a donde viaja es a sí mismo) a través del camino de la interiorización. Una interiorización que, en ocasiones, lleva a forzar los sentidos externos, como le sucedió al personaje de Homero cuando afrontó los engañosos cantos de Escila y de Caribdis. Jesús los sorteó tras cuarenta días de ayuno y oración, cuando el demonio le tentó. Posiblemente recordó retrospectivamente la frase de Paulo Coelho en El alquimista: "Dios creó el desierto para que el hombre pudiera sonreír al ver las palmeras."

Preso del desamparo interior y del silencio –ese silencio que Laotsé definió como "el gran revelador"-, más que de las propias rejas, el hombre de Alcatraz se descubre y se construye a sí mismo en un acto de interiorización. La reflexión sobre un franciscano gorrioncillo será suficiente para derribar los muros, tanto interiores como exteriores, de aquella cárcel personal de su existencia en tanto la tormenta azotaba violentamente dentro y fuera del alma. En las antípodas están el buscón don Pablos, de nuestro inefable Quevedo, y el difuminado Antoine Saint-Exupérie, ambos en permanente e inútil huída de sí mismos.

En la Liturgia de la Palabra, Hch.10, 34-38, Pedro nos dice de Jesús "que pasó haciendo el bien", el elogio mayor que jamás se haya podido hacer de él. Superior, incluso, a los de "Hijo de Dios", "Salvador", etc. que con tanto celo como vacuidad, se afanaron en manufacturar luego sus sucesores romanos. Verdadera pena es que sesudos Padres Conciliares –Papas al frente, "excathedra loquens"- malversaran su masa gris, su tiempo y dialéctica durante veinte siglos, en discusiones teológicas de caminos a ninguna parte. ¡Rompan de una vez por todas vaticanos muros y abran ventanas al campo -el exterior y el interior- que permitan ver las cosas en pura Luz del Evangelio!

¿Qué más y mejores dogmas que los definidos en proposiciones como la del Apóstol, asentadas por firmes y ciertas como principio de la ciencia de la vida? Los de Nicea y Trento deben dar paso cuanto antes al Credo de la Cotidianeidad, de puertas abiertas a la realidad y al cambio. La Iglesia oficial baila hoy a pie cambiado la danza de la fe con la existencia.

Título más glorioso como cristianos: persona que hace el bien. (¡Qué bello propósito para el nuevo año!). En nuestro irremisible Viaje a Ítaca el hombre se descubre y se construye a sí mismo en un acto de interiorización: encontramos el centro del universo. Entonces Dios, "que no hace distinciones y acepta a todos, sean de la nación que sean" como dice Pedro, permitirá que su voz suene amorosa por igual en los oídos de todas sus criaturas: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto». Y eso, con o sin bautismo ni complacencias.

 

CASIDA DE LA ROSA

 

La rosa

no buscaba la aurora:

Casi eterna en su ramo

buscaba otra cosa.


La rosa

no buscaba ni ciencia ni sombra:

Confín de carne y sueño

buscaba otra cosa.


La rosa

no buscaba la rosa:

Inmóvil por el cielo

¡buscaba otra cosa!

 

Federico García Lorca

 

Vicente Martínez

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