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Y LA PALABRA HABITÓ EN NOSOTROS

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"Este es el síntoma supremo del amor: estar al lado del otro, en un contacto y proximidad profundos" (Ortega y Gasset)

5 de enero Domingo II después de Navidad

Jn 1, 1-18

"La Palabra de Dios se hizo hombre y acampó entre nosostros".

En la ópera Norma de Bellini, la Sacerdotisa-Profeta le dice a Adalgisa: Entra, muchacha, entra. ¿Por qué tiemblas? He sabido que deseabas revelarme un gran secreto. Y ésta le responde: Es cierto. Pero ¡ay! despójate de esa austeridad celestial que brilla en tus ojos.

Cuando a Jesús le despojamos de "esa austeridad celestial que brilla en tus ojos" –apañada por los oftalmólogos de la industria teológica a lo largo de los siglos- le apeamos del oropel de una encubierta divinidad que nos impide verle acampado en nosotros. El reflejo de su figura en este escenario natural nos otorga visión estereoscópica para poder contemplarle y sentirle en plena humanidad, a comprendernos mutuamente mejor hasta terminar fundidos en un tierno abrazo como el de las dos protagonistas de nuestra lírica historia.

Esa persona del Verbo hecho carne, que Dios nos envió para que siendo como ella nos reconociéramos hijos suyos y, en consecuencia, gemelos univitelinos de Jesús. En él nos ha destinado el Padre a ser sus hijos en la persona de Cristo y, en consecuencia, a ser hermanos de Jesús. En esa identidad de sangre no hay secretos, sólo seguridad y permanencia. El papa Bergoglio ha abandonado la pompa de sus antecesores para ser un hombre entre los hombres, para celebrar su cumpleaños con tres mendigos y un perro. Ahora solo le falta cercenar en Jesús la parafernalia del dogmático Hijo de Dios, y declarale oficialmente humano con el delicado y tierno olor a oveja, como de sí mismo ha dicho.

Henry Fonda manifestó bellamente a Katherine Hepburn el valor de una acogida cuando, extraviado en su propia existencia En el estanque dorado, se sintió ajeno a la identidad de su pasado: Llegué al límite de nuestro terreno y no pude recordar el viejo camino. Me perdí en el bosque... ningún árbol me era familiar. Tuve un susto de muerte, por eso volví corriendo a tu lado, para verte, sentirme seguro y comprobar que seguí siendo el mismo". Un largometraje de Mark Rydell que, como le calificó el Newyork Daily News "...touches the heart of anyone who has one".

Meursault, protagonista de la novela filosófica L'Étranger de Albert Camus, es un ser indiferente a la realidad de su propio entorno. La pasividad y el escepticismo le mantienen prisionero de una existencia privada del sentido de unicidad y pertenencia activa en la comunidad. Carente de referencias y de valores humanos, la propia identidad se desvanece, dejando al héroe convertido en hoja prematura del otoño a merced de las olas del viento de poniente, lejos –cada vez más lejos y más devanecido- de la entraña vital comunitaria del bosque.

El premio Nobel de Literatura delata –hoy patente- la configuración de un hombre que olvida la sociedad, y una sociedad que da la espalda al hombre. Meursault no supera la soledad, miestras que Ethel –el del estanque- vuelve a encontrarse a sí mismo encontrándose en el otro. Una propuesta de mutua encarnación en fe y en hechos, resultado del HABITAR EN NOSOTROS (los unos en los otros) que como regalo de esta EPIFANÍA UNIVERSAL nos hace hoy la vida de Jesús: mensaje on line de salvación –la Buena Nueva- que el mundo entero necesita recibir.

En este caso hemos traído como cita de cabecera los términos de un ensayista y filósofo, anatematizado por la Jerarquía de turno, que sin piedad alguna le tachó de anticristiano, ateo y hasta blasfemo. ¿Pero verdaderamente en qué se diferencian las palabras de Ortega y Gasset -síntoma supremo del amor: estar al lado del otro- de la parábola del Buen Samaritano o el "amarás a tu prójimo como a ti mismo" que Jesús propone al malicioso doctor de la ley, en Mt 22, 39? Un pensador, que el teólogo laico Miret Magdalena calificó de especialista en raíces, "capaz de poner en el centro al hombre y su historia, y no a las cosas opacas, como hemos hecho bastantes católicos con nuestro paganismo religioso".

 

PALABRAS JAMÁS OÍDAS

 

El reino de los cielos

se parece a un hombre

que vendió todas sus palabras

para comprar un silencio.

 

Cuando el silencio fue suyo

Entró en él, despacio,

Sin hacer ruido.

 

Lo sembró, lo regó, lo cuidó

y al poco tiempo

brotó una palabra "jamás oída".

 

El la escuchó

sin decir nada

y la palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

 

Ismael Bárcenas SJ

 

Vicente Martínez

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