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VERICUETOS DEL EGO Y VERDAD

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Mt 11, 2-11

Las relaciones entre los discípulos de Juan y los de Jesús no parece que fueran fáciles. Quizás no tanto porque presentaran "proyectos" demasiado diferentes, cuanto por la necesidad (egoica) de ser "más importante" o, simplemente, de "tener razón". Para los primeros, el Bautista era "superior" a Jesús, porque había sido su maestro; para los segundos, Juan no era sino el "precursor" del Mesías.

La polémica, que se prolongaría durante varios decenios, debió de ser de tal envergadura que aparece como trasfondo de todos los evangelios, siempre que se aborda esta cuestión.

En el texto que leemos hoy, Mateo parece que quiera mediar para "equilibrar" la discusión. Si bien, por un lado, muestra a Jesús como Mesías, haciendo que Juan (sus discípulos) se cuestione(n) sobre ello, por el otro, dedica uno de los mayores elogios a la figura del Bautista.

El tema de la "duda" acerca del mesianismo de Jesús le sirve a Mateo para un doble fin. De una parte, para presentar a Juan interesándose por Jesús en cuanto el Mesías esperado. De otra, para incidir expresamente en lo que caracterizaba el mesianismo del maestro de Nazaret.

Parece indudable que el comportamiento de Jesús suscitó reacciones escandalizadas, sobre todo del lado de los judíos más religiosos, así como de sus autoridades. Frente a tales reacciones, Mateo remite a los hechos: "Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia". Con una advertencia significativa: "¡Dichoso el que no se sienta defraudado [escandalizado] por mí!".

La respuesta de Jesús no contiene ninguna explicación o justificación verbal; tampoco elabora ninguna teología, sino que muestra, sencillamente, una acción liberadora, al servicio de la vida y de las personas.

La alusión a los que se sienten defraudados (escandalizados) parece decisiva. Es probable que el motivo del escándalo fuera precisamente la imagen de Dios que presentaba Jesús. Una persona religiosa se siente fácilmente defraudada cuando ve puestas en cuestión sus creencias o su propia imagen de Dios.

Con la mejor intención, e incluso de buena fe, la persona religiosa llega fácilmente a identificar a Dios con el modo como ella lo entiende. Debido a esa identificación –que se produce de modo inconsciente-, es frecuente que quien ve cuestionadas sus creencias llegue a la conclusión de que el autor de tales cuestionamientos está necesariamente en el error.

Los humanos tenemos una tendencia tan espontánea como arraigada que nos lleva a creernos nuestros pensamientos. De hecho, esa es una de las mayores causas de sufrimiento: creernos lo que pensamos (creer que lo que pensamos es verdad).

Frente a semejante engaño, creo advertir que se empieza a reconocer que los pensamientos no pueden ser "verdaderos", sino únicamente "etiquetas" que coloca nuestra mente sobre la realidad. Dicho con propiedad: los pensamientos son solo "puntos de vista", que pretenden apuntar hacia lo Real, hacia la Verdad, pero sin alcanzarla nunca.

El sabio tailandés Ajahn Chah lo expresaba de este modo: "Tenéis un montón de puntos de vista y opiniones sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo correcto y lo incorrecto, sobre cómo deberían ser las cosas. Os aferráis a vuestros puntos de vista y sufrís mucho. Solo son puntos de vista, ¿sabéis?".

La Verdad no puede pensarse; únicamente, vivirse. Y es entonces, cuando eres verdad –no porque pienses que posees la verdad-, cuando la conoces.

El relato termina, como decía más arriba, con un encendido elogio de la figura del Bautista, de quien se llega a decir que es "más que profeta", "el mayor nacido de mujer". De hecho, en los textos evangélicos es fácil advertir una tendencia a "cristianizar" a Juan, al que hoy la Iglesia venera como santo.

Pero al letrado que es Mateo le interesa subrayar la novedad del Reino, que constituye uno de sus temas preferidos: "Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los maestros de la ley y los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 5,20). Por eso, tras el elogio al Bautista, se apresura a añadir que "el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él". Con estas palabras, quiere subrayar la inusitada novedad del mensaje de Jesús.

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

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