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PADRES SECUNDUM NATURAM

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8 de diciembre. Inmaculada Concepción

Lc 1 26-38

"Respondió María:

-Aquí tienes a la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra.

El ángel la dejó y se fue".

Virgen o no, concebida con o sin pecado, lo importante es que de María y José recibimos un regalo navideño llovido del cielo cada finales de año. Una herencia sin precedentes –la figura de Jesús- que "con cuánto amor llamar porfía" golpeando la aldaba de nuestro corazón y nuestra mente, en pulcra metáfora del Fénix de los ingenios. A nosotros incumbe, ahora, cultivar tan entrañable legado.

Hans Küng matiza la filiación divina de Jesús explicando que fue poco a poco retrotrayéndose hasta el Bautismo primero y luego hasta su nacimiento. Fue pues la biologización de un concepto, dice el gran teólogo alemán, lo que ha llegado hasta nosotros, a pesar de que sus padres son nombrados siempre con toda naturalidad.

El Creador no hace nada que pueda ir contra natura, contra el orden natural por Él fijado y la moral por nosotros diseñada. Leyes físicas Universales que han regido y regirán siempre nuestro mundo conocido, y que determinan los procesos de creación, manifestación y administración del universo. Leyes éticas que gobiernan el orden de las relaciones interiores con nuestra conciencia y las exteriores con los demás y las restantes creaturas. La doctrina oficial las ha quebrado definiendo un dogma, más en aras del poder político de la época que por razone teológicas, manipulando bastardamente algunos textos de la Biblia.

El Padre José Enrique Galarreta se posiciona así ante la divinidad de Jesús, en su magnífica última obra "Mi experiencia de fe y las cosas en las que ya no creo": "Me resulta algo demasiado lejano, demasiado discutible, poco evidente, negado por muchos conceptos y más por muchas personas, demasiado aceptado en formas de mitologías y supersticiones".

La visión mítica de nacimiento de mujer virgen, sostenida por el Magisterio de la Iglesia acerca de la concepción de Jesús sin intervención de varón, y la de María permaneciendo virgen antes, durante y después del parto, era un relato habitual en las tradiciones religiosas de todos los tiempos. Su propósito: explicar el origen divino de muchas figuras heroicas de la Historia. Horus, dios egipcio, nació de la virgen Isis y su hermano Osiris, allá por el 1150 a.C. recibiendo además regalos de tres reyes; Buda vino al mundo hacia el 600 a.C. de una virgen sobre la que descendió el Espíritu; Attis, hacia el 200 a.C. Y lo mismo ocurrió con Indra y Adonis, Mitra y Zoroastro, Krisna, Perseo y Rómulo.

El texto de un apocalipsis iraní, del año 150 a. C. se había hecho eco del anuncio de Isaías, que ya siete siglos antes había profetizado (Is 7, 10-14) que "la virgen está encinta y dará a luz un hijo", y que "El redentor que instaurará el reino de la luz y del bien sobre la tierra, será un ser divino, nacido de una virgen y cuyo nacimiento será señalado por una estrella."

El Evangelio de Santo Tomás dice refiriéndose al Reino: "No busques fuera lo que está dentro de ti". Y Pablo, que lo había experienciado personalmente, lo concreta de este modo en Ga. 2, 20: No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi". Dentro de cada uno y de modo diferente, como lo intuyó León Felipe en este bello poema:

Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios.

Toda una tradición literaria secular ha reclamado la idea de un Cristo interior como potencialidad de hombre nuevo, propia de todo ser humano, y hasta de todo ser existente. Como proceso interactivo que es, no puede desarrollarse anclado en el dique seco de uno mismo. Para ello hay que cultivar la tierra entera y depositar en ella su semilla. Hay que salir a alta mar y compartir la siembra con todos los demás. Santa Hildelgarda (s.XII) desarrolló una visión curiosamente holística, confirmada hoy por la Ciencia, que enlazaba siempre al ser humano con la naturaleza y el cosmos.

Tu filiación de padres secundum naturam, como la mía, me hace sentirme ¡Jesús hermano! más contigo y en mí, en el calor humano del corazón que en los fríos conceptos teológicos de la cabeza.

 

¿QUÉ TENGO YO, QUE MI AMISTAD PROCURAS?

 

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

 

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el ángel me decía:

«Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía»!

 

¡Y cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!

 

Lope de Vega

 

Vicente Martínez

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