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OVEJAS DENTRO DE LA CASA

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En La alegría del Evangelio, que el Papa Francisco acaba de publicar, descubro sin ninguna sorpresa que la mayoría de las "herejías" que se sospechaban de mí son ahora palabras papales para difundir por todo el mundo. Lástima que la Iglesia haya tenido que estar al borde de la quiebra para que ese arrebato de simple sentido común comenzara a sacarla de su letargo. Era tiempo. Me alegro, pues.

 

ovejasdentro

 

"Cuando des un banquete, no invites a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos... Invita más bien a los pobres, a los discapacitadas, a los cojos y a los ciegos..." (Lucas 14, 12-13)

En Puerta de Juella, las ovejas andan libres como el viento y en la noche duermen al sereno detrás de los matorrales. Todo es tan pacífico por allí y el clima tan suave que un aprisco estaría de sobra; por eso no lo tienen. Pero, en estos días, acecha el lobo. Anoche nomás vino y mató tres ovejas. Mientras quede una sola oveja con vida, volverá. Es la ley de los lobos.

Así que sin aprisco las ovejas están perdidas y al pastor no le queda más remedio que evacuar su humilde casa junto con su familia, y meter las ovejas adentro. Antes de retirarse, sin embargo, el pastor toma la precaución de dejar una ventana abierta. Por el lobo...

Mientras las ovejas ocupan la casa del pastor, el pastor y su familia se mudan al área de las ovejas. Se agazapan detrás de los matorrales y se resguardan del sereno con la lana de sus ponchos. Los más grandes empuñan una escopeta y los más jóvenes, un palo. Duermen de un ojo, y el otro lo tienen puesto en la ventana.

El lobo no tiene prisa. Transcurren las noches sin que nada ocurra. Pero al cabo de catorce días, algo por fin se da. Una larga sombra se está perfilando entre las ramas y se desliza sigilosamente hacia la casa. Dentro de la casa, las ovejas se agitan y se han puesto a gemir.

La sombra está nerviosa, como si oliera la presencia del pastor y adivinara sus intenciones. Pero la llamada de la sangre es más fuerte que todo. La sombra da un brinco rápido hacia la ventana mientras un disparo estrepitoso desgarra la noche. Sigue un ruido sordo. Sobre el suelo se extiende una enorme mancha negra que se retuerce un rato y luego estira la pata. Ha muerto el lobo.

Los buenos pastores de la iglesia son así. Una o dos veces por año, salen del templo junto con sus parroquianos y van al encuentro de las personas solas, de los pobres, marginales y excluidos. Los meten a todos en la casa de Dios y les hacen una gran fiesta. Porque la iglesia es la casa de los últimos donde siempre tienen reservados los primeros asientos.

Esas mujeres y hombres, con o sin pastores, que se esmeran para que los últimos ocupen un lugar central en la sociedad (y en la iglesia), son los que han arrancado del corazón de Jesús el maravilloso canto de las Bienaventuranzas. Ellos son la señal de que el Reino de Dios está en marcha.

El mismo Jesús, el que toda la vida trató de poner patas arriba el «orden» de los lobos, se reconoce como en un espejo en esa gente de gran humanidad. A él le costó la vida, por cierto, pero fue un pastor macanudo.

 

Eloy Roy

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