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MARÍA Y EL HIJO, METÁFORAS DE LO REAL

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Lc 1, 26-38

Si nos acercamos desde una perspectiva no-dual al conocido relato de la "anunciación" podemos leerlo como una metáfora de toda nuestra realidad.

Es claro que, en su origen, se trata de un relato mítico. En aquel "idioma", los seres celestes habitaban en un nivel superior e intervenían milagrosamente en la vida de los humanos.

Con ese lenguaje, Lucas presenta a María como la mujer elegida para ser la madre-virgen del Hijo de Dios. Siempre dentro de ese "idioma", el autor del evangelio subraya aquellos aspectos que le parecen más relevantes:

• el saludo de parte de Dios, un saludo de alegría y de bendición;

• el mensaje de confianza, característico de las teofanías: "no temas";

• la presentación de la persona de Jesús como Mesías e Hijo de Dios, lo cual "exigiría" que naciera sin concurso de varón, como una forma de señalar que es "todo" de Dios;

• el poder de Dios para quien no hay "nada imposible";

• la docilidad de María, que se rinde ante Dios en aceptación sin reservas.

Todo ese contenido puede asumirse también desde una postura religiosa teísta. Lo que se ha hecho ahí ha sido "traducir" el "idioma mítico" a otro "racional".

Pero cabe otra traducción para quien se halle en otro nivel de consciencia y se aproxime a la realidad desde una perspectiva no-dual.

En este caso, donde todo se percibe como "reflejo" de todo, en una unidad sin costuras, María es una metáfora toda la humanidad: la parte "visible" en que se expresa y manifiesta el Misterio invisible ("Dios"), destinada a dar a luz al Hijo, metáfora a su vez de la unidad humano-divina que somos todos.

Desde esta perspectiva, todos nosotros somos, a la vez, María y el Hijo. "María" representa el "proceso" gestante que va dando a luz la plenitud. El "Hijo" es esa misma plenitud que todo lo abraza.

Al reconocernos como "Hijo", caemos en la cuenta de la Plenitud que ya somos: el abrazo eterno entre el Vacío y las Formas, lo Inmanifiesto y lo Manifestado. Al reconocernos como "María", nos hacemos conscientes del Anhelo que fluye a través de nosotros para ser cauces que dejen vivirse a Dios en toda forma cotidiana.

Somos, pues, plenitud, que, en el nivel relativo, percibe su vida como "proceso".

En cuanto plenitud, nuestro nombre más profundo es Gozo, Gracia, Bendición, Confianza, Fuerza... En cuanto "proceso", estamos llamados a vivir una actitud de aceptación y de rendición a Lo que es. La oración teísta lo expresa con esta expresión: "Que se haga según tu palabra", que nos recuerda las que más tarde dirá el propio Jesús: "Que no se haga como yo quiero, sino como que quieres Tú" (Mc 14,36).

Ante "Dios", ante el Misterio de Lo que es, no cabe otra actitud que la rendición. El ego se rebela porque la entiende como conformismo, pasividad o indiferencia. Pero, en realidad, a lo que el ego se resiste es a dejar de controlar. A pesar de que, en realidad, no controla nada, mantiene la ilusión de hacerlo. Y a pesar de que sus intervenciones no consiguen sino estropear la realidad, vive de la ilusión –rebatida por siglos y siglos de experiencia- de que él va a ser capaz de acabar con el sufrimiento humano.

La rendición, por el contrario, nos coloca en la senda de la sabiduría, nos reconcilia con lo Real, nos alinea con el momento presente... Se acaba la resistencia y la apropiación. Y es entonces cuando permitimos que la Sabiduría que todo lo rige pueda actuar a través de nosotros. Por eso, solo cuando nos rendimos a lo Real, sin que el ego se apropie de la acción, brotará la acción adecuada.


Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

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