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EL PROPIO ADVENIMIENTO

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Comienza el Ciclo A. Tiempo de Adviento

1 de diciembre Primer domingo de Adviento

Mt 24, 37-44

"En (aquellos) días anteriores al diluvio la gente comía y bebía y se casaban, hasta que Noé se metió en el arca. Y ellos no se enteraron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos"

El Advenimiento de Jesús se logra en el propio advenimiento. Es el desembarco de sí mismo en la propia consciencia. No somos planetas –meros satélites- del sol Jesús. Somos soles de las Galaxias del Universo como él, con luz propia recibida de la misma esencia, Dios, que la que él recibió: no adeptos, sino seguidores llamados a brillar como él en las custodias solares del mundo entero. Quienes ignoran esta realidad, corren el riesgo de que venga el diluvio y se los lleve a todos, como en tiempos de Noé.

El Adviento es el primer período del año litúrgico, celebrado prácticamente por todas la Iglesias de la Cristiandad. No se trata de la espera mítica de la venida de un Mesías Salvador. Es una preparación espiritual para el encuentro con un Jesús que nace cada día en el humilde pesebre de nuestro corazón. Si este encuentro no rompiera aguas también diariamente hacia los demás, moriría en el yermo de la esterilidad: "Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien", ha escrito Francisco I en su reciente Exhortación Apostólica "Evangelii Gaudium".

En su poema Adviento, Reiner Mª Rilke nos dice con bellísimas y metafóricas imágenes lo que este tiempo debiera ser para cada uno de nosotros.

"Empuja el viento rebaños de copos
por el bosque invernal como un pastor,
y más de un abeto siente que pronto
se hallará nimbado de luz y amor;
y escucha un rumor distante. Resuelto
tiende sus ramas por senderos blancos,
y hace frente al viento y crece soñando
una noche de gloria y majestad"

(Nueva Antología Poética)

La historia de esta celebración inició su andadura en la Galia e Hispania de los siglos V y VI, asociada ya a una clara proyección social humana: la práctica de amor al prójimo, particularmente hacia los peregrinos, las viudas y los pobres. Una tradición cristiana de occidente, la llamada Corona del Adviento, de origen luterano, a cuyas cuatro velas –los cuatro domingos litúrgicos preparatorios para la Natividad- se les asigna una virtud que hay que perfeccionar cada semana: la primera el amor, la segunda la paz; la tercera la tolerancia y la cuarta la fe, por ejemplo.

A Dios no hay que ir a esperarle fuera de casa. No dispone de pasaporte ni carta de extranjería –¿un Dios sin papeles?- en su cartera de bolsillo. Está siempre dentro, en suelo patrio, en el sacramento de nuestro personal tabernáculo. Pero es tan sutil su presencia, que al ser humano le ocurre lo que el proverbio cuenta del pez: el último en darse cuenta de la existencia del agua.

Las Religiones nos le anuncian viniendo de lejanas fronteras, lo que despista mucho a quienes aguardan su llegada. Y salen a su encuentro en tramposas encrucijadas. Esperan que Dios venga de fuera, y al salir de su kilómetro cero se alejan de Él, pues esa Suprema Realidad sólo puede venir de dentro. No son conscientes de que no es Dios quien nos busca, ni nosotros buscamos a Dios: A quien tenemos que buscar es a nosotros mismos, único camino seguro para encontrarnos y encontrarLE.

 

SECRETOS DE DIOS

El Maestro llegó a ser una verdadera leyenda viviente. Se decía incluso que en una ocasión Dios le había pedido consejo:

"Quisiera jugar al escondite con la humanidad. He preguntado a mis ángeles cuál es el mejor lugar para esconderse, y unos me han dicho que el fondo del océano, otros que la cima de la más alta montaña, y todavía otros me han dicho que la cara oculta de la luna o alguna estrella lejana. ¿Qué me sugieres tú?"

"Escóndete en el corazón humano", respondió el Maestro. "Es el último lugar en el que pensarán".

Tony de Mello


Vicente Martínez

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