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Libro de la biblia

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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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LA PRESENCIA AUSENTE

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Estaba meditando sobre lo que llamamos la presencia de Dios en nuestras vidas. Pero me tuve que limitar a la mía. No puedo hablar por los demás. En primer lugar diré qué entiendo por 'presencia'.

Es lo que se hace presente en la vida de uno influyendo sobre la manera de vivir.

A la intemperie, en la vida, extramuros de la 'fe-refugio', encuentro una gran ausencia divina. Lo que se hace 'presente' es su ausencia. No tenemos más que pensar en las terribles desgracias de inocentes (genocidios, malformaciones congénitas, enfermedades, las catástrofes naturales, la esclavitud sexual de niñas etc.)

Lo extraño es que no se trata de un vacío existencial, sino de una ausencia que interpela, aunque sea para gritar ¿por qué me has abandonado?

'Dios' se me hace presente, como una enorme interrogación. Y a la vez, desde lo más profundo, surge una Voz que me llama a no conformarme.

Y trato de inventar caminos que transfiguren esa vida a la intemperie en una vida que tenga algún significado... no una vida protegida. Para mí la 'fe' ya no es 'refugio', ya no busca 'seguridades', sino que es la actitud de aceptar la realidad como es, y buscar situarme en ella dándole un sentido.

Quiero tener una mirada lúcida sobre la vida. Ahora bien, mi mirada es turbia, mi sentir es doloroso -hay demasiado sufrimiento en el mundo-, alimentado por la duda. Pero no es la duda del que todo lo niega, sino la duda del que sigue interrogándose, y que no acepta respuestas 'enlatadas', rechazando todo fraude tranquilizador.

Las palabras que expresan de modo insuperable esa Presencia-ausente se encuentran en el evangelio de Marcos:

"Pero Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró". (Mc 15:37)

Grito de humanidad y abandono, de presencia-ausencia, de Dios silencioso, de sinsentido que da significado a nuestra condición humana. Nunca vi tan cercano a Jesús como en ese momento en el que grita en la cruz.

En esa humanidad desgarrada, rota, desamparada, un centurión romano vio, lo que nadie era capaz de ver:

"Viendo que después de clamar había expirado así, dijo: ¡verdaderamente este hombre era hijo de Dios!". (Mc 15:39)

No encontramos en estas palabras nada triunfante, no hay resurrecciones, no hay revelaciones, sólo un hombre que grita, y otro que comprende.

¿Se abre un camino para tratar de comprender de otra manera la vida humana? ¿Se nos está diciendo algo del misterio de Dios?

La duda es compañera fiel que nos hace gritar todas las preguntas sin respuestas y que nos desvela lo profundo, empujándonos hacia adelante.

Esta 'fe del más acá' (no de un saber del más allá) no sólo cuestiona, también espera, a la intemperie... y se compromete a encarnar esas exigencias íntimas de compasión, como enseñó y vivió el Maestro de Nazaret. Entonces se hace evidente la presencia misteriosa que nos humaniza.

No quiero refugiarme en las 'seguridades', quiero caminar gritando, con la consciencia del Ausente que me interpela a ser presencia, a pesar de mis miedos, de mi fragilidad, de mi mortalidad, comprometido con esa apuesta por la Vida, por la mía y por la de todos.

 

Julián Mellado

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