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¿JESÚS NOS HA REDIMIDO?

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La muerte de Jesús ha sido siempre un obstáculo para la razón e incluso para la fe. Ya san Pablo decía que la cruz era "escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (2 Cor 1, 18-23) Si para nosotros no es escándalo ni necedad puede que sea porque la hayamos integrado sin mayor inquietud en nuestro mundo cultural ¿no será que, acostumbrados a ella, le hemos hecho perder su misterio, su interpelación radical?

En el catecismo y en nuestra formación cristiana nos enseñaron que Jesús murió por nosotros, que nos redimió con su sangre, con su sangre nos rescató, pagó por nuestros pecados... Aceptadas sin problema durante mucho tiempo por los fieles cristianos, esas expresiones se nos han hecho hoy más problemáticas.

Como otras formulaciones de la teología, asimiladas sin objeción durante mucho tiempo, ahora empiezan a no sonarnos bien y contribuyen a formularnos nuevas preguntas: ¿cómo una muerte de hace veinte siglos puede salvarnos? ¿en virtud de qué, muriendo, nos libra Jesús de nuestros pecados? ¿qué Dios es éste que necesita que alguien muera para sentirse resarcido?

Pensando en estas cuestiones he abierto un portal de enseñanza católica en la palabra 'redención' y he encontrado la explicación siguiente:

"Dada la caída de la humanidad en la culpa, eran posibles tres maneras de ser liberados de la pena:

Que Dios le perdone gratuitamente la culpa, sin exigirle reparación alguna. De esta manera habría brillado la misericordia infinita de Dios, pero no su justicia.

Que Dios se hubiese contentado con lo que pudiera ofrecer el hombre para reparar la culpa. De esta manera, brillaría también la misericordia y sólo en cierto grado la justicia ya que al ser la persona ofendida de dignidad infinita, la culpa es cierto grado infinita y por tanto, la satisfacción humana nunca sería adecuada a la gravedad de la ofensa ya que sus actos no pueden tener valor infinito.

Que Dios perdonara, pero exigiendo una satisfacción proporcionada a la culpa. Esto solamente podía ser posible siendo una Persona divina la que reparara. Entonces Dios "inventa" la Encarnación. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hace hombre para que así un Hombre Dios, Jesucristo, pueda satisfacer -como hombre- y a la vez , dar a esa satisfacción -como Dios-, el valor infinito que se requería".

Sin duda el autor del texto recoge una tradición teológica secular pero me asombra que pueda reproducirla sin objeción alguna. ¿Nuestro Dios es un dios que se siente ofendido, que necesita una reparación, que exige justicia? ¿y por qué esa reparación tiene que hacerse por medio de una muerte y nada menos que la de su Hijo?

Se dirá que ese párrafo no hace sino traducir lo que dicen las cartas de los apóstoles: "Cristo Jesús... a quien Dios puso como medio de expiación por su propia sangre, mediante la fe" (Rom 3,23-25). "Cristo es instrumento de propiciación por su propia sangre" (Rom 3,25) "En El encontramos la redención por su sangre" (Ef 1,7) "En su sangre estamos justificados" (Rom 5,9) "Habéis sido rescatados... con la sangre preciosa de Cristo" (1 Pet 1,18)

Pensando en todo esto he querido hacer mi reflexión personal. Pero advierto que no soy un teólogo profesional sino únicamente uno de esos "pequeños teólogos" que en un artículo defendí hace tiempo como el futuro de la teología. Veamos, pues.

No puede caber duda de que la muerte de Jesús significó para sus discípulos el mayor fracaso, no solamente de una persona sino de una idea. El Reino de Dios que anunciaba no había llegado, sus esperanzas mesiánicas habían fracasado, el César de Roma era más fuerte que el Abba de Jesús y había sido el mismo pueblo, destinatario principal de la bondad del Maestro, quien había pedido su muerte. No cabía descalabro mayor que éste, que había terminado de golpe con la persona de Jesús y con las promesas que había sembrado repetidamente.

A la hora de lanzarse a anunciar las buenas noticias de Jesús es imprescindible elaborar un cuerpo de doctrina. No es fácil dirigirse a una multitud pidiendo el seguimiento de un ajusticiado ¿qué grupo o colectividad ofrece sus servicios en nombre y bajo la imagen de un malhechor condenado a muerte? Es necesario y urgente dar un sentido a esa muerte de cruz.

Inevitablemente los discípulos echan mano de los conceptos de su propia tradición, de la religión judía. En ella ocupa un lugar importante la justificación, el perdón de los pecados, no sólo del individuo (Lev 4,35) sino del pueblo en su conjunto (Lev 16, 15). En ambos casos este perdón llega a través del rito de la sangre. El derramamiento de la sangre de un animal es ritual y signo del perdón de Dios, con especial importancia en el segundo caso, en el que se borran los pecados de todo el pueblo.

Parece fácil imaginar la transposición de la sangre de los corderos o machos cabríos a la del propio Jesús.

"Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!" (Heb 9, 12ss.)

No cabe duda de que nuestro mundo cultural y religioso está muy lejos de esa concepción y no nos es fácil identificarnos con argumentaciones parecidas.

Cada vez más la teología va teniendo claro que la creación y la redención no son sino dos hitos del mismo proceso. Desde la creación Dios ama al ser humano y como tal amante desea entregarse a él, identificarse con él o, por mejor decir, quiere integrarlo en su propia vida.

"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad... según la riqueza de su gracia" (Ef 1, 3-5)

La encarnación, pues, está en el diseño del plan de Dios y no es una medida de emergencia para restaurar un plan fracasado.

San Juan de la Cruz escribe en su Cántico Espiritual:

Mil gracias derramando
pasó por esos sotos con presura
y yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó con su hermosura.

Con la intuición profunda de los místicos, el fraile carmelita acierta con su imagen.

¿Jesucristo nos redimió con su sangre? Con su vida y con su muerte humanas, Jesús se hace hermano de todos los humanos, comparte con ellos su Espíritu y este Espíritu "se ha derramado" (Act 2,33)

 

Carlos F. Barberá

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