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ISAÍAS 42, 1-7 / HECHOS 10, 34-38

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ISAÍAS 42, 1-7

Esto dice el Señor:
Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero.
Sobre él he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones,
No gritará, no clamará, no voceará por las calles.
La caña cascada, no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.
Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará
hasta implantar el derecho en la tierra,
y sus leyes, que esperan las islas.
Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano,
te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones.
Para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la prisión,
y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas.

Estas lecturas pertenecen a los libros segundo y tercero de la profecía de Isaías, escritos probablemente por profetas anónimos que ejercieron su ministerio durante el destierro de Babilonia, entre los años 553 y 539 aC.

En su obra, magnífica por su teología y su valor poético, aparece la misteriosa figura de "El Siervo de Yahvé". Los especialistas se dividen en múltiples explicaciones de quién ese personaje. En la tradición de la Iglesia se ha visto siempre a esta figura como anuncio de Jesús, "sobre el cual está el espíritu", que "no quebrará la caña cascada", que será "luz de las naciones"...

Pero hay más, mucho más. Isaías está adivinando "cómo será el Mesías". Y está proclamando claramente que será un anti-mesías (un anticristo) en relación con lo que esperaba la creencia común de Israel: no un rey, no un poderoso, no para Israel, no un vocinglero espectacular, sino un sanador, un libertador de los pobres, preocupado por la justicia.

El texto es magnífico y debemos releerlo y degustarlo varias veces.


HECHOS 10, 34-38

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: - Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea: Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.

Pedro pronuncia estas palabras en Cesarea, en casa del centurión romano Cornelio. Pedro se ha dado cuenta de que Jesús no es para los judíos, sino para todo el mundo, y lo profesa así.

Inmediatamente, hace una breve síntesis, intensa y perfecta: presenta a Jesús como "el ungido de Dios con la fuerza del Espíritu Santo", "que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él". El texto termina así:

"Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Le dieron muerte colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese, no a todo el pueblo sino a nosotros, los testigos designados de antemano por Dios, a nosotros que comimos y bebimos con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo y atestiguar que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan este testimonio de él, que en su nombre reciben el perdón de los pecados todos los que creen en él."

Como vemos, es una síntesis magnífica de la fe de Pedro. Es una pena que los textos que leemos en la eucaristía estén tan mutilados, por querer hacerlos breves, que pierden buena parte de su sentido.


José Enrique Galarreta, S.J.

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