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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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UN DIOS EN RETIRADA

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20 de octubre, domingo 29

Lc 18, 1-8

"Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres".

La cosa pública debía ser una eterna Noche de Halloween en la ciudad de que habla Lucas. En ella vive El Caballero Inexistente de Italo Calvino. O mejor dicho, no vive; porque no existe, no es. Una toga judicial injusta le ha exiliado del censo. Como tampoco existe el Municipio en Tamara, una de sus Ciudades Invisibles: La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso". Un sepulcro de silencio de humanidad y de historia.

Lo más penoso de todo es que cuando el hombre no está, Dios se retira a sus cuarteles de invierno. En la Ciudad de Dios agustiniana, vertebrada en la esencia y la existencia, las cosas van de otro modo. Se le tiene en sus criaturas o no se le tiene de ninguna manera. El pastor protestante Klaas Hendrikse es tajante en su obra Creer en un Dios que no existe: "Los hombres han tenido que arreglárselas por sí mismos; para liberarse, el hombre no puede contar más que con sus propios medios, falto de los cuales, nada sucede".

Contar con los propios medios significa que el Ser Supremo instaló sus reales en los campos del hombre, otorgándole el poder necesario para actuar en nombre suyo: a él y a todas las demás criaturas, a cada una según su particular condición. Los signos de Dios no hay que escudriñarlos más allá de la historia, sino dentro de la historia. Sospechosa es la narración constante de la intervención divina en los acontecimientos del mundo. Dios obra sólo a través de la realidad existente.

El Libro del Éxodo nos cuenta que en la batalla de Rafidín los israelitas avanzaban mientras Moisés tenía los brazos en alto rogando a Dios, y retrocedían cuando cansados se le caían (Éx 17, 8-13). Lo que confirma el dicho popular de "A Dios rogando y con el mazo dando". Si no hay mazo, el ruego es sonido de campana que tañe en el vacío.

La oración que Jesús propone a sus discípulos en esta parábola, no puede ser la del pelmazo a quien acabamos dándole lo que sea con tal de quitárnosle de encima. Es la de quien descubre a Dios en su corazón y desde ese trono de poderío espiritual –que es el hombre mismo- acude solícitamente en ayuda desinteresada de cuantos la necesitan: "Con lo cual el hombre de Dios estará formado y capacitado para toda clase de obras buenas", nos recuerda san Pablo en 2 Tim 3, 17.


RECLAMANDO A DIOS

Era un día lluvioso y gris. De pronto, me encontré con una niña apenas cubierta con un vestido roto, tiritando de hambre y de frío.

Me encolericé y le reclamé a Dios:

"¿Cómo es posible, Señor, que habiendo tanta gente en la riqueza, permitas que esta niña sufra hambre y frío? ¿Cómo es posible que te quedes ahí tan tranquilo, indiferente ante tanta injusticia, sin hacer nada?"

Después de un largo silencio, sentí que la voz de Dios me contestaba:

"¡Claro que he hecho algo! ¡Te hice a ti!"


Tony de Mello


Vicente Martínez

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