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¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE?

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Mc 1, 7-11

El relato del bautismo en el Jordán muestra ante todo que los evangelios son fiables. Poner a Jesús como discípulo del Bautista, en la fila de los pecadores que van a recibir un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, no era nada oportuno para presentar a Jesús; aparte de los aspectos puramente teológicos (¿Jesús pecador?), esta presentación parecía dar razón a los que pensaban que el Bautista era el Mesías, puesto que Jesús se sometía a su bautismo. Pero este es el acontecimiento del que parte el testimonio de los que, por eso mismo, se llamarán "los testigos", los que estuvieron con él desde el bautismo en el Jordán.

Y los evangelistas no escamotean la escena, aunque necesitan explicar en esa misma escena quién es ese Jesús que se bautiza.

En otro orden de ideas, es tendencia habitual en comentaristas actuales considerar el bautismo de Jesús como el momento en que toma conciencia de quién es y de su misión. Estas interpretaciones se oponen frontalmente a aquellas que consideran que Jesús es plenamente consciente ya en el seno de su madre, que muestran una muy dudosa fe en la humanidad de Jesús y se acercan peligrosamente a la mentalidad de los apócrifos de la infancia.

Entender que es en el Jordán cuando Jesús se siente llamado definitivamente a su misión, es algo que satisface a nuestra mentalidad actual. Sin embargo, no podemos hacer que los evangelios digan lo que no quisieron decir. No es este el mensaje.

El mensaje es, por otra parte, claro y fundamental: Jesús es el Hijo, el predilecto, el hombre lleno del Espíritu. Es el final del mensaje de estas fiestas de Navidad, el resumen de lo que hemos celebrado estos días. Jesús, obra del Espíritu. Esto significa la concepción virginal: que la aparición de Jesús no es solamente una anomalía biológica sino una acción especialísima de Dios.

Y este es la piedra angular de nuestra fe: creemos en ese hombre, creemos que en Él se muestra el Espíritu, que sus acciones y sus palabras son acciones y palabras del Espíritu.

Esto es motivo de fe, no de simple evidencia. Es bueno reflexionar sobre el itinerario de la fe de los testigos, de aquellas personas que, como se dice en los Hechos "anduvieron con nosotros desde el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado..." (Hechos 1,21).

Anduvieron con él, le admiraron, le siguieron incondicionalmente... pero fue a partir del Domingo de Resurrección cuando nació la fe, es decir, cuando saltaron de la admiración por un hombre fascinante, al reconocimiento de "el hombre lleno del Espíritu", el hombre en el que podían ver y palpar la presencia del Espíritu.

Significativamente, la fe de los testigos no tiene ninguna tentación de entender la humanidad de Jesús como puro disfraz o apariencia. Han convivido con él tiempo y situaciones más que suficientes para no sentir semejante tentación.

Su tentación es la contraria: especialmente después de verle morir en la cruz, aparentemente vencido por sus enemigos, tienden a pensar que era simplemente un hombre, admirable, pero nada más. La gracia de la Resurrección consiste en hacerles descubrir en ese hombre precisamente lo que el evangelio está proclamando ahora, en el principio de la vida pública: ese hombre es el hijo, el predilecto.

Esta es la invitación que se nos hace: reconocer en ese hombre al hijo, al predilecto. Y este reconocimiento se hará a través del conocimiento de su humanidad, e incluso a pesar de su evidente humanidad, como nos sucede al verle sentir terror en Getsemaní o morir en la cruz. Pero esa es nuestra fe: reconocerle como el hijo.

Pablo completará el mensaje llamándole "el primogénito", extendiendo a todos la condición de hijos y herederos, condición inaugurada por Jesús, el Primero de los que se atreven a llamar a Dios "Abbá". Los profetas tienen conciencia de enviados, Jesús tiene conciencia de Hijo. El antiguo Israel tenía conciencia de "pueblo elegido", nosotros, gracias a Jesús, tenemos conciencia de hijos.

El evangelio de hoy da respuesta a la gran pregunta: ¿quién es este hombre? Pero hay otra pregunta más importante: ¿Quién es Jesús para mí?

No puedo menos que hacer aquí una confesión personal. Si me preguntan ¿quién es Jesús para ti? no responderé con las fórmulas del credo de Nicea ni de Calcedonia, ni con las elevadas elucubraciones de nuestra teología tomista y tridentina, sino con la frase de Pedro en Cesarea: "Dios estaba con Él".


ORACIÓN

Te damos gracias, Padre santo

por Jesús, tu Hijo querido,

por quien te hemos conocido,

por quien sabemos vivir,

por quien mantenemos la esperanza,

por quien podemos vivir como hermanos.

Te damos gracias porque hace muchos años

que le conocemos, le queremos, le seguimos.

Te damos gracias porque sin Él

nuestra vida no sería lo que es.

Te damos gracias porque es para nosotros

luz para el camino,

alimento para el trabajo,

esperanza para el futuro.

Te damos gracias porque la fuerza de tu Espíritu

le hizo Pastor, Semilla, Agua, Fuego, Pan,

Te damos gracias porque la fuerza de tu Espíritu

le hizo pobre, humilde, valeroso, compasivo.

Te damos gracias porque gracias a Él

nuestra vida de tierra se transforma

y nos hacemos Hijos,

trabajamos en tu Reino,

y sabemos esperar y perdonar.

Te damos gracias, Padre,

por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Amén.

José Enrique Galarreta

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