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EL ESPÍRITU DE DIOS ESTÁ EN JESÚS Y ÉL LO VIVE

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Mc 1, 7-11


CONTEXTO

Estamos en el primer domingo del "tiempo "ordinario", pero no se trata de un cambio radical en la liturgia. Celebramos hoy una de las tres manifestaciones de Jesús que estuvieron durante los primeros siglos integradas en la fiesta de la Epifanía.

Las dos primeras lecturas nos preparan de manera directa para entender el verdadero significado del evangelio.

Para Marcos, este es el comienzo. El relato no es uno de tantos, sino una de las claves para comprender todos los evangelios. No podemos dudar de la historicidad de hecho. Lo narran los tres sinópticos, y Juan más contundente todavía, lo da por supuesto y hace clara referencia a él cuando hace decir al Bautista: "Yo he visto que el Espíritu bajaba desde el cielo como una paloma y permanecía sobre él".


EXPLICACIÓN

El bautismo de Jesús es el primer dato que se puede constatar históricamente por fuentes extra bíblicas. Es un relato que ningún cristiano se hubiera atrevido a inventar, porque compromete el altísimo concepto que tuvieron de su maestro. Si no hubieran creído en su importancia, seguramente se les hubiera olvidado. De ahí también la necesidad de dejar claras, en todos los relatos, las diferencias entre Jesús y Juan.

El mensaje teológico que se nos quiere enviar con el relato del bautismo de Jesús es el más importante de todo el NT. No fue un acto de humildad ni una comedia ante los demás, sino una actitud de total sinceridad en busca de su identidad. Resume la búsqueda que le ocupó toda su vida.

Para aceptar este punto de vista, tenemos que admitir sin paliativos, que fue "verdadero hombre". Esto no es tan fácil, a pesar de que un concilio lo definió como dogma de fe. Un hombre al que le hicieron tantas "judiadas" y murió como murió, tiene que obligarnos, por decreto, a aceptar que fue un ser humano.

Los humanos no podemos aceptar racionalmente que una realidad sea a la vez, dos cosas contradictorias entre sí, según nuestra racionalidad. No podemos pensar en un ser que es a al vez hombre y Dios, porque tenemos una idea equivocada de los que es Dios.

Como no podemos pensar en una bola de billar que sea a la vez, blanca y negra. El listo de turno nos puede decir que podemos poner la mitad de pigmento blanco y la mitad negro; pero entonces resultaría una bola gris... Esto es lo que hemos hecho con Jesús.

A través de la historia del cristianismo, nos hemos visto "obligados" a pensar a Jesús como hombre, olvidándonos de lo divino o pensarlo como Dios, olvidándonos de lo humano. En una palabra, no podíamos hacer cristología sin caer en la herejía. Lo mismo que no podemos hacer teología sin hacernos un ídolo.

Tenemos dos salidas:

a) repetir las formulaciones, aceptando las cosas porque así nos lo han dicho, pero sin entender ni palabra.

b) aparcar la razón y buscar la vivencia para superar la contradicción: lo divino y lo humano ni se mezclan ni se excluyen. En Jesús está la plenitud de la humanidad y la plenitud de la divinidad.

Si aceptamos que Jesús es un ser completamente humano, tendremos que admitir una trayectoria humana como la de cualquier hombre. No fue un extraterrestre, sino que tuvo que desarrollarse hasta alcanzar su plenitud. Desde esta perspectiva de búsqueda, podemos entender lo que sería para Jesús descubrir a Juan Bautista. Hacia cientos de años que no aparecían profetas en Israel; es natural que se sintiera atraído por esta figura y que intentara aprender de él.

El hecho de que se bautizara, nos lleva mucho más allá de un encuentro fortuito. Nos habla de que Jesús aceptó la predicación de Juan y se comprome­tió con ella. El contacto con él, le tuvo que ayudar a descubrir el sentido de su propia existencia. En la experiencia del bautismo, vio claro lo que Dios esperaba de él, y que la fuerza de Dios (el Espíritu) lo acompañaba para llevar a cabo esa misión.

Una vez más tenemos que advertir el doble nivel del relato. El narrativo y el teológico. Lo importante no es que narren lo que pasó, sino el cómo nos lo dicen para que descubramos el sentido espiritual del relato. Para nosotros hoy lo que verdaderamente importa es descubrir el mensaje que se oculta detrás de esa narración.

La liturgia de hoy lo pone bien de manifiesto. Las tres lecturas nos hablan del Espíritu como principal protagonista. El evangelio, para hablar del Espíritu, tiene que emplear una imagen sensible, "como una paloma".

Naturalmente que no significa que vio una paloma que bajaba sobre él como normalmente se entiende y reflejan todas las pinturas que representan la escena. Quiere decir que el Espíritu cayó sobre Jesús como un ave se lanza "en picado" desde lo alto.

Otro simbolismo puede ser que el Espíritu encuentra su refugio en Jesús, como la paloma lo busca en su nido. Por último, en el principio de la Biblia se dice que el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas.

Lo que quieren decirnos los evangelios es que Dios se manifiesta siempre como Espíritu. Ese Espíritu transforma interiormente a Jesús, y le capacita para llevar a cabo la difícil tarea que le esperaba.

En el AT se ungía al rey para que el Espíritu de Dios lo capacitara para su misión. Por eso se habla aquí de que fue ungido por el Espíritu Santo.

Nos están hablando del verdadero nacimiento; del nuevo nacimiento "del agua y del Espíritu". Lo que Jesús pide más tarde a Nicodemo lo vivió primero él mismo. "Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu". No se puede concebir a Jesús sin el Espíritu... Porque nacer de la carne es menos importante que nacer del Espíritu, lo que estamos celebrando hoy es más importante que lo que acabamos de celebrar en Navidad.

No debemos caer en la tentación de pensar en fenómenos aparatosos. La manera de narrar el hecho puede ser una trampa. Cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo. Ni Espíritu visible, ni voz audible, ni cielo rasgado. Todos estos fenómenos no son más que imágenes para comunicarnos verdades teológicas que nos lleven a la comprensión de Jesús.

El Espíritu actúa siempre de la misma manera, silenciosamente, desde dentro, sin ruidos, sin aspavientos, sin violentar la naturaleza porque actúa siempre de acuerdo con ella. ¡Qué bien lo entendió Isaías! "No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha que aún humea no la apagará".

Aunque no tenemos datos suficientes para poder adentrarnos en la psicología de Jesús, los evangelios no dejan ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios. Fue una relación que desbordó lo personal. Se atreve a llamarle "Abba", papá, cosa inusitada en su época y aún en la nuestra. Hace su voluntad: Le escucha siempre, etc.

Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experien­cia de Dios que es Espíritu. El único objetivo de su misión fue que también nosotros llegáramos a esa misma experiencia. Aquí podemos encontrar el mejor camino para hablar del Espíritu. Toda esa relación de Jesús con Dios era con un Dios que es Espíritu. En el diálogo con la Samaritana lo deja bien claro. Dios es Espíritu y el que quiera adorarlo debe hacerlo en espíritu y en verdad.

Tú eres mi Hijo amado. La experiencia de ser amado, es la base del verdadero amor. La comunicación de Jesús con su "Abba", no fue a través de los sentidos ni a través de un órgano especial y portentoso. Se comunicaba con Dios como nos podemos comunicar cualquiera de nosotros, solo a través de su propio ser. Ningún hilo telefónico especial que pudiera él utilizar cuando le apeteciera.

Tenemos, pues, que descartar cualquier privilegio en este sentido. Sólo a través de la contemplación, el Hombre Jesús descubrió quién era Dios para él. Lucas dice expresamente: "y mientras oraba..."

El descubrimiento de esa presencia nace sencillamente de su concien­cia de hombre. Dios como creador está en la base de todo ser, constituyéndolo en ser. Yo soy yo, porque soy de Dios. Todo lo que tengo de positivo me lo está comunicando Él. Mi verdadero ser, es el mismo ser de Dios. Sólo una cosa me diferencia de Dios; mis limitaciones. Esas sí son mías y hacen que yo no sea Dios.

El cielo rasgado, recuerda unas palabras de Isaías: "¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!". El cielo se había cerrado. Hacía siglos que no había aparecido un profeta; ahora se abre. La comunicación entre el cielo y la tierra queda abierta para siempre por medio de este ser humano que se siente identificado con Dios. En Pentecostés sucede lo mismo. Marcos nos está trasmitiendo el descubrimiento de la vocación de Jesús y su conciencia de enviado del Padre.


APLICACIÓN

Hoy lo tienes muy fácil. Pedro nos ofrece el modelo: "Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él".

Dios también está contigo, solo falta que tú respondas como respondió él. La más importante tarea de tu vida es desplegar tus posibilidades de ser. Si despliegas solamente tus posibilidades biológicas y sicológicas, habrás desarrollado solo una parte de ti. Eres también Espíritu y si quieres alcanzar tu plenitud, tienes que desplegar en ti el Espíritu.


Meditación-contemplación

Vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.

Nos está hablando de una experiencia interior,

que se resume en un momento determinado de la vida de Jesús.

En ese instante Jesús toma conciencia de lo que es.

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El Espíritu (Dios) no tiene que venir de ninguna parte.

Ya estaba en él desde siempre,

como está en cada uno de nosotros.

Descubrir esa presencia es nacer del Espíritu.

..................

 

Ya sabemos el camino.

Ese mismo descubrimiento marcará un antes y un después en mi vida.

Lo que nació de la carne, seguirá siendo carne,

Pero una vez nacido del Espíritu, la carne no significará nada.

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Fray Marcos

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