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CAMBIO DE PARADIGMA EN LA IGLESIA

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En estos tiempos de nueva evangelización -y por tanto de nuevo anuncio del Reino de Dios- una pregunta me acucia en ocasiones: ¿dónde puede hoy anclar la idea de Dios? ¿en qué interés, en qué preocupación, en qué anhelo humano puede echar sus redes y su oferta?

A lo largo de los siglos y hasta nuestros días, la Iglesia católica, vivida en régimen de cristiandad, encontró un punto de anclaje en el concepto del pecado. Desde Adán, por su desobediencia, y después de él por las obras de cada uno, el pecado nos sumergía en una historia de perdición de la que sólo Jesús nos podría salvar.

Una predicación y un orden basados en ese esquema dio lugar a la Iglesia que hemos vivido hasta hace poco. Los curas definían lo que era bueno y lo que era malo, administraban el perdón -o su negativa- a los fieles, establecían condiciones para la redención y luchaban por convertir sus propios preceptos en normas sociales. La Iglesia era la gran administradora de la lucha contra el pecado y la fiscal que amenazaba con el castigo.

Es fácil hacer un recordatorio de las diversas tácticas para gestionar este combate: era necesario bautizar a los niños cuanto antes para librarlos del pecado original. Bajo pena de pecado mortal cada semana había que ir a misa y a menudo pasar por el confesonario. La cuaresma era tiempo para arrepentirse, para confesar y comulgar en Pascua florida (un certificado atestiguaba ese cumplimiento). Las misiones populares llamaban al orden, bautizaban, confesaban y casaban a los descuidados o remisos. En los ejercicios espirituales, la meditación de la muerte -y del infierno- ocupaba el lugar central.

En definitiva, en la base había una concepción negativa de la persona humana y la certeza de que fuera de la Iglesia no había salvación.

Pretendiendo en otros terrenos encontrar una perspectiva nueva, a este respecto Lutero permaneció sin duda en la misma óptica:

"(El pecado original) no es meramente una insuficiencia de cualidad en la voluntad o una mera insuficiencia de iluminación en su intelecto o de fuerza en la memoria. Por el contrario, es una completa depravación de toda la rectitud y la habilidad de todo poder del cuerpo, al igual que del alma y del interior y exterior entero del hombre... Es una inclinación al mal, una repugnancia a lo bueno, una inclinación opuesta hacia la luz y la sabiduría; es el amor al error y las tinieblas, un escape de las buenas obras y un aborrecimiento de ellas, un correr hacia el mal..."

De ahí esa predicación protestante que hemos visto en tantas películas, en que el fiel era sobre todo un acusado, un pecador, un réprobo al que sólo la fe en Jesucristo podría librar de un pecado que dominaba su ser más profundo.

La Ilustración y los movimientos liberadores nacidos de ella acabaron con este esquema. Acordes con una visión positiva de lo humano y de sus posibilidades, sostenían que cada uno puede liberarse a sí mismo, y la sociedad puede hacerlo en su conjunto. De hecho está caminando hacia la liberación y la primera es liberarse de la religión, la gran opositora a la libertad. Una moral autónoma, una conciencia ciudadana, la lucha contra las opresiones llevarán a la única liberación que al ser humano le cabe esperar.

Hoy nos encontramos sin duda en una situación distinta: las grandes utopías liberadoras no han producido el resultado esperado, la humanidad es capaz de avances pero éstos se acompañan de retrocesos y fracasos, la técnica a la vez nos libera y nos amenaza. Pareciera que hay que volver a la vieja predicación del pecado y a la amenaza del castigo. De hecho muchas sectas protestantes retornan a ese camino y no pocas de las católicas – el opus, los "kikos"- lo hacen también. Hay que reconocerlo, con su pequeña cuota de éxito.

No es esta sin embargo la senda que hay que tomar porque ya no puede ignorarse que en la conciencia general el concepto de Dios ha cambiado. Ya no es el ojo insomne -"mira que te mira Dios, mira que te está mirando..."- y amenazador, no es el juez con el castigo dispuesto, no es el que ayuda a los suyos y abandona a los ajenos. Si Dios existe, ha de ser otro Dios y ¿cuál si no, sino el Dios para nosotros? Por eso ya Pannenberg ha sostenido que el género humano pertenece a la definición de Dios.

Pues bien, con un juicio muy somero podría decirse que el hombre se mueve hoy día en un mundo que es el del gozo y el del sufrimiento. Nunca han tenido los seres humanos tantas posibilidades de gozar, tantas ofertas de belleza, de conocimiento, de relación. Y a la vez nunca en la historia han tenido tanta experiencia del sufrimiento. A mi modo de ver, el Dios verdadero ha de hacer una invitación a vivir a fondo lo mejor del mundo y a la vez a no escaparse de la realidad del sufrimiento.

Afirmar lo que antecede asemeja una banalidad. Se dirá que cada domingo la Iglesia ha invitado a celebrar, en cada momento ha recordado a los que sufren, nada parece haber de nuevo en todo lo dicho. Pero claro está ¿no es el reino de Dios como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas? Celebración, acción de gracias, culpa, pecado, liberación son cosas antiguas pero tienen que verterse en odres nuevos. Me propongo hacerlo en futuros artículos.

 

Carlos Barberá

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