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CARTA DE LA SIROFENICIA AL PAPA

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Querido hermano Francisco:

Te escribo desde el entrañable cariño que Jesús, el maestro, nos enseñó a tenernos.

No puedes ni imaginar cómo el contacto con él cambió cada una de nuestras vidas y desde entonces el grupo que le acompañábamos íbamos respondiendo a otra manera de entender la vida, la forma de vernos, de relacionarnos entre nosotros, de dirigirnos a Dios y entenderle, la manera de orar y de vivir nuevas relaciones con los llamados impuros. Ya no cabía entre nosotros apartar a nadie por esa tontería: nadie era impuro, todos hijas e hijos queridos. ¡Qué liberación más grande de "lo impuro"!y ser tratados solo con cuidado, con cariño, ser tocados delicadamente por sus manos que nos transformaba en personas reconocidas, por fin por alguien.

El grupo que le seguíamos teníamos cada uno una experiencia personal; un día y una hora en la que giró del revés nuestra historia. Fuimos "recogidas y recogidos por él". Él nos hizo experimentar lo que era ser únicas y valiosas. Primero nos invadía la emoción. No podíamos creer que era cierto, que alguien amara nuestra pobre realidad. Pero él nos tomaba de la mano y nos levantaba. Nos ponía en pie y nos hacía sentir su propia dignidad, igual que la suya.

Al principio no nos atrevíamos, lo hacíamos con vergüenza; como quien ocupa un lugar prohibido. Pero nos enseñó con dulzura que ése era el lugar que teníamos ante Dios y por tanto, también entre nosotros: la comunidad donde Dios reinaba.

Pero si para ellos era increíble, para nosotras las mujeres, no puedes ni imaginarlo. Cuando lo recuerdo aún me emociono y vuelven las lágrimas de gratitud.

El día anterior a mi encuentro con él, había tenido una confrontación muy dura con los fariseos, por el tema de la impureza. Se enfadó como nunca, les llamó hipócritas y les recordó a Isaías: "Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que sólo son preceptos de hombres". Dejando el precepto de Dios os aferráis a la tradición de los hombres, dijo, y Marcos lo cuenta por el capítulo siete de su evangelio.

Supe que llegó a Tiro, precisamente para estar tranquilo con los suyos, ya sabes: Mª Magdalena, Pedro y su suegra, Juana, Felipe, Tomás, Maria la de Santiago, Mateo... Pero yo tenía que hacer todo lo posible para que curara a mi hija. Lo había intentado ya todo y ese mal no la dejaba. Todos me decían con desprecio que estaba endemoniada, pero mi corazón de madre sabía que ningún demonio la habitaba. Estaba malita, pero era buena y tierna, un ser indefenso si yo no la cuidaba.

Me dijeron dónde se alojaba y me presenté allí temblando. Él estaba apoyado en el quicio de la puerta descansando cuando me acerqué y le dije: Señor, me han dicho que eres un profeta del Dios de los hebreos, tengo a mi hija muy enferma. Me he gastado todos mis bienes probándolo todo para curarla, pero sigue igual. Te ruego señor, expulsa tú el mal de ella.

Su repuesta fue un cuchillo afilado que cortó en seco mi respiración y todas mis expectativas. Una puerta cerrada de golpe dejándome fuera. "Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselos a los perrillos"...

Estaba acostumbrada a ser despedida de malos modos para que dejara de importunar con mi tragedia. Sin embargo, el amor por mi hija era más fuerte que todas las vergüenzas, que todas las humillaciones que pudiera pasar. No perdí la calma y pensé sus palabras. Ese argumento no podía ser cierto en un profeta de Dios: dejar morir a los perrillos por no darles unas migajas que rebosaba la mesa. Ese Dios desconocido no podía querer el bien solo para los de Israel, tenía que conocer y ser sensible a las necesidades de los vecinos. Un Dios de verdad cuida igualmente a los hijos que a las hijas, a las de casa y a las de fuera de casa.

Se me escapó un hilo de esperanza y me atreví a contradecirle con humildad y firmeza: "Sí, Señor; que también los perrillos comen bajo la mesa la migajas de los niños".

Inmediatamente sus ojos se iluminaron de ternura y me miró fijamente. Nadie hasta entonces me había mirado así. Me cogió la mano agradecido por hacerle caer en la cuenta que en Dios no existen fronteras. Ama igualmente a los de dentro como a los de fuera. Para él no hay sexos ni razas, ni prácticas morales que nos cierren el paso a él. Y él lo supo: Dios no era solo para Israel; yo también era de los suyos. Dios curaría a mi hijita.

Mi hija sanó, pero yo también con ella. Desde entonces somos de los suyos. Me sigue llamando "la sirofenicia" con mucho cariño y los dos reímos recordando el encuentro. Me abraza agradecido por lo que vio en mis ojos y yo respondo agradecida por lo que encontré en los suyos.

Él nos llama "la comunidad del reino de Dios": enfermos, marginados, pescadores, servidores de Roma... y las mujeres. Nunca hasta entonces nos habían aceptado y tenido por iguales; todo lo contrario. No teníamos derecho y dignidad ni en nuestros propios hogares. A veces menos valoradas que los propios perrillos.

Aquí todo es diferente. Mujeres y hombres somos iguales, nuestra palabra vale lo mismo. Nuestras responsabilidades iguales. Nosotras, tan marginadas, somos respetadas por ellos; él les enseñó a hacerlo desde el principio. Nadie es más que el otro; ni él aceptaba ningún reconocimiento especial.

Siempre rezar al Padre: "Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros".

Si alguno pretendía tratos especiales, él se arrodillaba a lavarle los pies y decía: hacer como yo os he enseñado, estoy entre vosotros como el que sirve.

Hermano Francisco, te cuento todo esto, que tú ya sabes. Ya lo has leído en Marcos y en Juan. Se nota porque tus gestos son humildes, sin pompa pontificia. Sabes bien lo mucho que eso le molestaba en los dirigentes religiosos de Israel. Esa estructura de poder nunca la aceptó y para él era una tentación de Satán.

Jesús inauguró el reinado de Dios para que viéramos que todo podía ser diferente en la igualdad y el respeto mutuo. También las mujeres y los niños. Contaba con nosotras y sabía que entendíamos con más facilidad la ternura de su corazón. Por eso éramos tantas entre ellos sin importarle el escándalo social que eso provocó. Nunca hizo caso de las críticas mordaces que le hacían de vivir con prostitutas y pecadores. Siempre se reía de esas críticas. Les quitaba hierro y no le inmutaban.

Querido hermano Francisco, has de cambiar muchas cosas para ser lo que éramos, habrás de ser piedra, como Pedro (que no fue papa, era otro más entre nosotras, pero Jesús le enseñó de forma especial la firmeza que le faltaba). También tú tendrás que recuperar esa firmeza, para eliminar cargos y títulos de poder. Entre nosotros solo valía el consenso y el mutuo acuerdo, el servicio, la humildad, el cuidado de los últimos, la denuncia profética del mal y sus ejecutores. Si alguno discutía pedía perdón y empezábamos de nuevo.

Me llegaron noticia de tus declaraciones sobre las mujeres:

Como dije, sobre la participación de las mujeres en la Iglesia no nos podemos cerrar a que hagan las mujeres de monaguillo, a la presidenta de Cáritas, a la catequista, tiene que haber algo más, con lo que dije de la Teología de la Mujeres.

En cuanto a la ordenación de las mujeres la Iglesia ha hablado y dice no. Lo ha dicho Juan Pablo II, pero con una formulación definitiva. Esa puerta está cerrada. Pero sobre esto quiero decirles algo: la Virgen María era más importante que los apóstoles y que los obispos y que los diáconos y los sacerdotes. La mujer en la Iglesia es más importante que los obispos y que los curas. ¿Cómo? Esto es lo que debemos tratar de explicitar mejor. Creo que falta una explicación teológica sobre esto.

¡Cuánto dolor han creado tus palabras entre nosotras! No damos crédito a esas palabras, contrarias a tus gestos nuevos. No puedes romper con el deseo de Jesús y dejar fuera a las mujeres. No puedes decir que la Iglesia ya se ha pronunciado y la puerta está cerrada. Las mujeres somos la mitad de la humanidad en número. Mantenemos gran parte de la fe de la Iglesia. No entiendo eso del sacerdocio, entre los nuestros no había ese cargo, Jesús nunca lo aceptaría.

Nosotros, hombres y mujeres, creábamos comunidades que dirigíamos por igual. Hombres y mujeres presidíamos la cena del Señor y servíamos a los necesitados. Para Jesús fuimos las primeras para él en todo, y quienes entendimos que la muerte no había acabado con su vida. Su presencia viva nos mandó a convencer a los hombres de que nos encontraríamos con él en Galilea: en la vida, y ahí le reconoceríamos vivo. Ellos nos tacharon de locas y tardaron mucho en comprender, pero finalmente lo hicieron. Gracias a eso y a ellas siguió viva su memoria.

Fuimos muchas las que estábamos al frente, no solo María, la madre del Señor, que era otra entre nosotras, con algunos hijos más. Mª Magdalena fue muy especial, como también muchas que los evangelios mencionan, a veces sin nombre propio: la mujer de Jairo, la hemorroísa , la encorvada, la suegra de Pedro, la viuda que echó en el templo el único óbolo que tenía para vivir y se vino con nosotras. La que querían lapidar, Juana mujer de Cusa, Susana, las hermanas Marta y María, y después Febe, Prisca, Lida y tantas y tantas. Muchas trajeron a sus maridos. Mi hija y yo también hemos estado desde aquel día en Tiro.

Pronto empezaron los problemas y entre los más importantes el del poder, la importancia, la norma, (vosotros le llamáis, el dogma) y el templo. Él nos enseñó que lo único entre nosotros había de ser el amor mutuo, el perdón y la paz.

Hermano Francisco, no temas nada ni a nadie. Ésa es la única norma que recibimos de él: no temer al mundo, no temer al cambio, no temer más que al mal. Él todo esto lo llevó al extremo. Se enfrentó al poder y no se sometió; le costó la vida. La cruz es el icono que muestra cuál ha de ser nuestro camino si le seguíamos.

La letra dicha puede ser letra muerta si hiere, eso nos enseñó. No importa lo dicho hasta ahora por otro antecesor tuyo. "Se os dijo..., pero yo os digo" Así innovaba él. Así también tú.

Saluda a las hermanas y hermanos de Roma, que la gracia y la paz del Señor Jesús está con vosotras y vosotros.

 

La sirofenicia

Matilde Gastalver

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