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DE LA AMENAZA A LA BUENA NOTICIA DE QUIENES SOMOS

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Lc 12, 35-40

Recuerdo que, cuando era niño, el modo como me explicaban este tipo de textos me resultaba altamente amenazador. Algo similar a cuando, en casa, mi madre nos decía: "Si no te portas bien, se lo diré al padre cuando vuelva".

Mi imaginación infantil montó toda una escenografía en torno a un "final del mundo" que vendría por sorpresa y que no pintaba demasiado bien, ya que una indefinida y negra amenaza parecía sobrevolar todo el escenario.

Desconozco si esta imaginería era generalizada entre los niños de mi generación. Pero, en mi caso, y a pesar de la confianza que todo lo religioso despertaba en mi interior, coloreó de temor la imagen de Dios, y no favoreció precisamente que percibiera a Jesús como un amigo cercano.

De ese modo, lo que me llegaba, tanto de casa como de la escuela, parecía encontrar confirmación también en la religión, en el orden sagrado de lo divino: en todos esos ámbitos, el mensaje venía marcado por palabras como "cumplimiento", "obediencia", "mérito", "premio", "castigo", "temor"... Un mensaje, por tanto, generalizado y, en ese sentido, inapelable, que fortalecía al superego en su afán de exigencia y perfeccionismo..., con la amenazadora culpabilidad al fondo.

Ahora comprendo que, con todos los matices posibles, es lo que ocurre cuando la religión se hace autoritaria: la alegría es sustituida por el temor, la libertad por la sumisión, la espontaneidad por la amenaza, la "buena noticia" por la "espada de Damocles"...

Me costó mucho tiempo liberarme de toda aquella presentación infantil, que había hecho cuerpo en mi interior. Y hubo varios factores que me ayudaron en todo ese proceso: desde el estudio al encuentro con personas libres; desde el trabajo psicológico al diálogo y la amistad con personas no religiosas... Y, en todo ello, una sensación profunda y estable de confianza, que constituía –antes incluso de yo saberlo- la columna vertebral de la espiritualidad, tal como me era regalado vivirla.

Hoy, puedo ver el engaño de aquella lectura, y también comprender a las personas que la hacían. Ponían toda su buena voluntad, transmitían lo que consideraban más adecuado, utilizaban su propio "idioma" y eran hijos de un contexto sociocultural y religioso que les condicionaba profundamente.

Pero no dejo de ver que lo que recibí de ellos no era tanto "evangelio", la buena noticia de Jesús, como una religión domesticada, al servicio de aquellos mismos "valores" que entonces predominaban.

La realidad, sin embargo, es bien distinta de lo que se enseñaba. Las palabras de Jesús no contienen nada de amenaza ni de perfeccionismo; no alimentan el superego ni sostienen ninguna idea de mérito. Son palabras de sabiduría que invitan, al contrario, a despertar a la Realidad que somos.

Despertar es una de las palabras básicas de todas las tradiciones de sabiduría. Todas ellas nos alertan de que estamos sumidos en el sueño de la ignorancia, creyendo ser lo que no somos y desconectados de lo que realmente somos; y esta es –siguen diciendo- la fuente de todo sufrimiento.

En el evangelio, es también frecuente la llamada a despertar. Y ahora incluso podemos entender esas palabras con una profundidad mayor: "el Señor" que viene no es alguien separado que trae su contabilidad para "pagar a cada uno según sus obras". Se trata de nuestra identidad más profunda que late generalmente escondida, debido a nuestra ceguera.

En realidad, si se entiende bien, la "venida" no es algo que ocurra en un futuro más o menos lejano, sino que tiene lugar ya aquí y ahora..., en cuanto le abrimos la puerta. Nuestra verdadera identidad –"el Señor"- acecha la posibilidad de salir a la luz y de mostrarse en toda su belleza.

Soy consciente de que las primeras comunidades estaban imbuidas de una profunda esperanza apocalíptica y ansiaban la venida gloriosa del Señor Jesús resucitado, en una Parusía que creían absolutamente próxima.

Sin embargo, trascendido aquel nivel mítico y el modelo dualista, desde la perspectiva no-dual, "el Señor" es la misma Identidad que todos compartimos, y que brilló de un modo especial en el sabio de Nazaret.

Basta acallar la mente para poder experimentar esa identidad que "duerme" bajo el bullicio mental y emocional que, paradójicamente, también la expresan. Al saborearla, salimos del sueño. Al permanecer anclados en ella, nuestra percepción de la realidad se modifica. Estamos "atentos", en la atención plena de quien no desconecta de quien es, en la Presencia consciente y amorosa que nos constituye, como constituía a Jesús.

Eso es la liberación de todo miedo –los miedos nacen cuando nos identificamos con cualquier realidad impermanente porque, al desaparecer ella, tememos desaparecer también nosotros– y la fuente de todo Gozo: "Dichosos ellos".


Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

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