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Libro de la biblia

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ME LO PERDÍ...

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No me atreví.

La descubrí sentada, semiescondida entre los repartidores de propaganda política en esta convulsionada Buenos Aires a tres semanas de las elecciones primarias.

Gorro de lana tapando la frente y la vergüenza: indudablemente la venta no es lo suyo, no le resulta cómodo estar allí ofreciendo la revista que puede garantizarle una sopa caliente. Bufanda en matices de rosado que recuerdan su condición oculta de mujer que podría inaugurarse como abuela.

Pasé, despegándome volanteros parlanchines que me hablaban por todos los flancos, para comprar la "Hecho en Buenos Aires" e inmediatamente se iluminó. Conversamos un rato. Me dejé salpicar por el agua que comenzaba a llenar el glaucoma del ojo derecho. Que la venta está floja, el frío no ayuda, la gente no camina demasiado por la calle.

Cuando asomó el océano en sus ojos claros, cuando intuí su invitación, no pude zambullirme.

Sé que le dejé mi mejor sonrisa. Sé que ese mínimo encuentro habrá llenado la soledad de su tarde; su mirada húmeda lo documenta con creces.

Siento que entregué una porción de humanidad, para alguien tan despojado.

Apenas puse unas migas. Ya sé que "los cachorros se sacian", en especial si están en situación de calle...

Me fui caminando, con la sensación de que huía de una controvertida fiesta de encuentro profundo. Sentía la provocación del brindis, con el vino de sus venas y las mías... Puse excusas para no volver; mi propia vergüenza entre ellas. Toda la tarde seguí imaginando cómo hubiera sido, soñé con el mate compartido, con saber de su vida y contarle de la mía. También yo, me lo perdí. (Celebro la espontaneidad con que mi hija encara esas situaciones, y no se las priva)

Descubrí claramente la diferencia entre un acto "de buena gente", y tu desafío al gesto transformador que subvierte el orden de lo que espera el sistema. Pude hacerme cercana, ponerme de igual a igual, mirarla a lo hondo de los ojos. No pude responder a su abisal necesidad de un vínculo; temí quedar atrapada tal vez en ese pozo celeste lleno de lágrimas viejas y nuevas. No pude soltar mis barreras, sentarme con ella y olvidarme del viento helado al atravesarlo juntas por algunos minutos más...

No pude dar el salto, breve y gigantesco, entre los pequeños detalles de 'projimidad', y tu invitación a hacernos una, que brillaba en la conmoción de ella, y en la aceleración de mi pecho. No pude tolerar la sintonía de los corazones que pedían por más. Me ganó la costumbre, o vaya a saber qué estupidez. No pude hacerme pan... sólo unas migas...

La Comunión nos espera, en el rincón inesperado; sale a nuestro paso, nos confronta, nos incita. Y si la acogemos, puede hacerse Acción de Gracias.

Me la perdí. Nos la perdimos.

Te pido, Jesús, maestro de fraternidad, que me enseñes la potencia subversiva del encuentro, ésa que rompe con los parámetros de "lo correcto" para lanzarnos al amor.

Para la próxima.

 

Sandra Hojman

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