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ECOLOGÍA PROFUNDA

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"Somos desiertos, pero
poblados de tribus, de faunas y de flores"

(Gilles Deleuze)


Hay una Ecología de estar-en-el-mundo, preocupada por el saqueo que los depredadores androides estamos haciendo hoy de nuestro inestable planeta. Importantísima visión ésta, que advierte del riesgo a que nuestra especie y todas las demás están expuestas. Ya Heidegger –"hombre de la tierra", anclado en el suelo, según a él le gustaba definirse- veía como amenaza criminal las lógicas del capitalismo salvaje, el dominio técnico de la tierra y la instrumentalización de la naturaleza.

Todos los grupos sociales, políticos y científicos llamados ecologistas militan prioritariamente bajo esta bandera. Sus mejores aliados, los medios de comunicación de masas teledirigidos por el poder económico.

Pero hay otra dimensión mucho más trascendental que podríamos denominar Ecología Profunda: la de estar-en-el-mundo-de-otra-manera y la de ser-en-el-mundo. Aspectos ambos que nos llevan a sentirnos elementos constituyentes de la salud de ese cuerpo superior, el mundo al que pertenecemos y de cuyo bienestar nos considerarnos co-responsables.

Una de las metas de esta Ecología –hacernos conscientes de esta conexión íntima con el universo- coincide con las tradiciones místicas de Oriente y Occidente: Hinduismo, Budismo, Tao, Zen, Sufismo, místicos cristianos, y hasta el más puro chamanismo. La doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, miopemente adjudicada a la Iglesia, habría que extenderla hoy al universo entero, único Cuerpo Místico de Dios. Visiones científicas como la Holografía, el Efecto Mariposa, los Campos Morfogenéticos, las Redes Neurales... etc. etc. confirman dichas tradiciones.

En algunas Religiones ha sucedido que las prisas y la velocidad impuesta por lograr la utopía de un hombre ideal, imaginariamente construido por un espiritualismo peligrosamente descarnado, han llevado a sus fieles a una pérdida sustanciosa de materia. Ahora es necesario, para aproximarnos al hombre verdadero, impulsar una profunda desaceleración acerca de su concepto y regresar -un "devenir retrospectivo"- hacia su naturaleza animal, vegetal y mineral.

Se impone entre tanto un progreso que nos lleve a perder masa: no la procedente de la naturaleza sino la derivada de ensoñaciones apátridas. Una espiritualidad desarraigada de la materia, ajena al espíritu que la creó –el amor- es contra natura. Hecho lamentable que condena al hombre a ser como metal que resuena o címbalo que tañe, con palabras de san Pablo.

Un sueño del que El Hombre de hojalata acaricia salir en El Mago de Oz. Y del que Dorothy aprende que los deseos del corazón sólo se pueden encontrar "en tu propio patio". Lo que, después de su viaje de fantasía, impulsa a la protagonista a abrazar a su perro Totó –otra imagen de vinculación con la naturaleza- mientras tiernamente le susurra: "Realmente no hay lugar como el hogar".

El hombre, es esencialmente un ser de encuentro. De encuentro consigo mismo, con los demás y lo demás –animales, plantas, materia inerte- y, por supuesto, con el Ser Trascendente, donde se verifica el encuentro natural de todos los restantes encuentros. Y es también, como las restantes creaturas, un ser en permanente evolución y desarrollo. En el tema que nos ocupa, alcanzará su plenitud humana cuando su inteligencia ecológica y existencial hayan logrado alcanzar la suya.

Muchas Iglesias -¿todas, quizás?- en un golpe de estado de lesa democracia, vago en cuanto al tiempo y al espacio, capturaron teológicamente al Espíritu para hacerse con el poder de la Verdad. Algarada insensata que les condujo al encarcelamiento –Verdad incluida- en la Bastilla del Judaísmo en Jerusalén, del Islamismo en La Meca y del Cristianismo en Roma.

Y hasta posiblemente consideraron que, de ese modo, daban divino cumplimiento a "la verdad os hará libres" de nuestro Evangelio, sin percatarse de que el precio de su libertad era la opresión de cuantos no eran ellos. Ni de que un Dios que no es de todos, no es de ninguno.

 

Vicente Martínez

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