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¿QUIÉN ES MI PRÓJIMO?

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14 de julio, domingo 15 del TO.

Lc 10, 25-37: Parábola del Buen Samaritano

"Quién de los tres te parece que se portó como el prójimo del que cayó en manos de los asaltantes?
Contestó: El que le trató con misericordia.
Y Jesús le dijo: Ve y haz tu lo mismo"

Jesús está más allá de los meandros de la Historia trazados por la versatilidad de todas las religiones, de toda la política, de todas las culturas. Aunque la suya le limitara en ocasiones el pensamiento. Su mensaje de solidaridad cruza todos los mares, quiebra todas las olas, navega todos los puntos cardinales, fondea todos los puertos, brilla en el fulgente lucero de la mañana y en la balsámica luciérnaga de la noche.

Único destino de su doctrina –en pie de igualdad-, todas las criaturas. Con particular subrayado el hombre, sin endogamia tribal de raza, condición o sexo. Prójimo no es solo el próximo del Levítico 19:18, al que "debes amar como a ti mismo", sino toda criatura –viva (personas, animales, plantas, etc) o inerte (el agua, la luz, los minerales)- llamada a la existencia. Cualquier amor ajeno a esta realidad es imposible.

Y no es éste un mandamiento exclusivamente cristiano, aunque sí profundamente cristiano. Lo reivindica ancestralmente la Espiritualidad de todos los tiempos desde la leyenda del sumerio Gilgamesh hasta nuestros días. Para los Guaranís del Paraguay fue una divinidad quien, en virtud de su sabiduría creadora, concibió el fundamento del amor al prójimo.

El sacerdote y el levita -los de la letra de la Ley-, que sin duda conocían bien el versículo del Levítico, "le vieron, dieron un rodeo y pasaron de largo" (Lc 10, 32-33). Poniendo en evidencia que no es la cabeza sino el corazón, quien lleva a practicar la misericordia con los apaleados. En cambio el infiel, el hereje, el extranjero –el del espíritu de la Ley- se muestra solidario, se compadece y vuelca en el necesitado toda su humanidad.

Como en la novela de Nikos Kazantzakis, Cristo sigue diariamente crucificado en los niños a quienes se priva del derecho a nacer o mueren de hambre, en los que sufren opresión y pobreza, en los saqueos de mares y bosques, en cuantos tienen sobre sus cabezas la espada de Damocles si tienen la osadía de expresar sus opiniones fuera de lo política y religiosamente correcto.

En el Monte Sarakina, en cambio, se hace una correcta interpretación de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia. Allí están con los apestados, Jesús, Pedro, Santiago, Magdalena, jugándose la excomunión y la vida por socorrerles. Hasta el barbero de Lycovrissi se ofrece a subir una vez a la semana para prestarles gratis sus servicios.

Al Buen Samaritano, como a ellos, le mueve la solidaridad y el amor desinteresado: se implica en el problema, hace cuanto está en su mano por resolverlo y se preocupa para que la solución del mismo quede garantizada. Como lo pintó Van Gogh, en réplica a Delacroix, donde se manifiesta perfectamente identificado con el hombre herido y abandonado de la parábola. También se suman a este acto de humana compasión, ¿cómo no? la caballería y el paisaje.

La palabra de Jesús dirigida al fariseo, suena hoy viva en nuestros oídos y se torna apremiante mandamiento para la fe de todos sus parroquianos: "Ve y haz tu lo mismo".

 

SOLIDARIDAD


Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.


Se le acercaron dos y repitiéronle:

«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.


Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,

clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.


Le rodearon millones de individuos,

con un ruego común: «¡Quédate hermano!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.


Entonces todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar...

 

César Vallejo

 

Vicente Martínez

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