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DONDE NOS JUGAMOS TODO

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Lc 9, 51-62

Lucas "construye" un largo viaje, desde Galilea hasta Jerusalén, que desarrollará a lo largo de diez extensos capítulos (desde 9,51 a 19,28), en el que Jesús se va a dedicar prioritariamente a enseñar a sus discípulos.

El autor presenta el viaje desde la certeza de que conduce, no solo a la capital de los judíos, Jerusalén –que el tercer evangelio sitúa como "centro" de la salvación; así aparecerá también en el otro libro de Lucas, Los Hechos de los Apóstoles-, sino al destino final de Jesús, al "cielo".

Y dentro de ese objetivo de "formar a los discípulos", en el inicio mismo del recorrido, se nos presentan cuatro breves "enseñanzas", en forma de aforismos que, de entrada, suenan al menos como desconcertantes, y que recuerdan, en cierto sentido, los dichos de Jesús en el Evangelio apócrifo de Tomás. Sin embargo, basta adoptar una perspectiva adecuada, para percibir toda su sabiduría, hondura y belleza.

• La primera es un alegato silencioso contra cualquier tipo de fanatismo, que no es sino expresión del miedo y de la arrogancia, características propias del ego. Un ego inseguro buscará eliminar la disidencia, porque la percibe como amenaza para sus (frágiles) ideas, y porque necesita sentirse "superior" o en posesión de la verdad (absoluta).

• La segunda revela la actitud de quien vive desapropiado del ego. El ego necesita "cosas" de las que apropiarse para sentirse existir: su sensación de identidad depende siempre de "algo", ya que él es pura ficción. Sin embargo, quien no se identifica con el yo, se percibe como Vacío, que es Plenitud. Vivenciar esa vacuidad integral significa no estar establecido en parte alguna, ni tener un lugar donde reclinar la cabeza. Es una simple lucidez –pura consciencia, atención desnuda- sin centro ni periferia, en la que todo sucede espontáneamente. Es una aceptación ilimitada de la circunstancia presente, una apertura total que permite que el sol salga sobre malos y buenos, y que la lluvia caiga sobre justos e injustos...

• La tercera y la cuarta son prácticamente idénticas; o mejor, dos modos de poner el acento en la misma realidad, por contraste con dos "obligaciones" fundamentales para un judío piadoso: enterrar a los muertos y atender a la familia.

¿Qué puede ser tan importante, que se anteponga a esos dos principios "sagrados" para un judío? Jesús le da un nombre: el Reino de Dios.

Dentro de los diversos significados encerrados en esa expresión –y que dependen también de la perspectiva que se adopte-, parece innegable que, con ella, se alude al Misterio último de lo Real, aquello único a lo que decididamente vale la pena subordinar todo lo demás.

¿Qué es eso único? Ciertamente, no es algo "separado" de quienes somos. Porque lo que constituye la mismidad de lo real nunca podría estar "alejado" de nada real. Es Aquello de lo que no podemos distanciarnos ni lo que se tarda en un suspiro.

En el lenguaje religioso, se le ha llamado "Dios". Pero un Dios del que alguien pudiera "alejarse" o "separarse", ya no sería Dios, sino una creación de la mente, que proyecta "fuera" todo lo que ella piensa.

En un lenguaje no religioso, más inclusivo, Eso inefable e innombrable, porque está más allá de los conceptos y de las palabras, es Lo que es, y que nosotros también somos. Lo que nos impide verlo no es otra cosa que el hecho de habernos reducido a nuestro ego.

La palabra de Jesús viene a decirnos: mientras no descubras quién eres, todo lo que hagas –aunque lo veas como un servicio a los muertos o a la familia- no hará sino entretenerte, distraerte o despistarte. Busca lo primero y... "todo lo demás se te dará por añadidura" (evangelio de Mateo 6,33).


Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

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