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UNA MAÑANA DE SÁBADO EN LA SINAGOGA

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"El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha ungido

para que dé la buena noticia a los pobres..."

(Lc 4,18-19)

 

Reconocí de inmediato las palabras de Isaías, pronunciadas con un inconfundible acento galileo por aquel rabbí para mí desconocido, pero cuya presencia había despertado enorme expectación en el pueblo.

Yo estaba también de paso en Nazaret, adonde no había vuelto desde que, años atrás, había marchado a Jerusalén. Fui allí enviado por mi padre, fervoroso fariseo, para que estudiara en una escuela rabínica y llegara a ser lo mismo que él: un especialista en la Ley. Su sueño era verme convertido en un maestro del saber, lo cual me daría según él una influencia y un prestigio que nunca alcanzaría por otros caminos.

Estaba pasando los mejores años de mi juventud dedicado a escudriñar las Escrituras y sometido a una disciplina que se me había ido volviendo cada vez más insoportable. No me pesaban tanto las horas de estudio como la sensación creciente de que las enseñanzas que recibía y trataba de asimilar, caían sobre mí como una carga agobiante que me asfixiaba.

Las discusiones entre nuestros maestros y sus interpretaciones de la Torah (613 preceptos, de ellos 248 mandamientos positivos y 365 prohibiciones...) eran tan enrevesadas, que yo tenía cada vez más la sensación de vivir oprimido bajo un yugo parecido a la esclavitud que vivieron nuestros padres en Egipto, y me sentía atrapado dentro de una red tejida con los hilos sutilísimos de disquisiciones y prescripciones.

Tanta angustia acumulada degeneró en una enfermedad y tuve que regresar a Séforis, mi pueblo natal; cuando estuve un poco mejor, mis padres me sugirieron que fuera a pasar unos días a Nazaret para que me distrajera en casa de unos parientes.

La situación en que me encontraba hizo que las palabras de Isaías que estaba leyendo aquel forastero llegaran hasta mí como una ráfaga de luz: si la tarea del Mesías esperado, pensé, iba a ser la de sanar, liberar y dar buenas noticias a los pobres ¿por qué vivíamos abrumados y ciegos, encerrados en los calabozos y prisiones que nosotros mismos nos construíamos?

Traté de imaginar lo que para mí sería una buena noticia: que alguien me hablara de un Dios que no exige sometimiento de siervos ni se complace en acumular sobre nosotros leyes, normas y obligaciones, un Dios que viene a nuestro encuentro a aligerarnos de cargas y a liberarnos de yugos; un Dios sanador de heridas y reparador de brechas; un Dios cuyos rasgos fueran aquellos con los que se reveló a nuestros Padres: el amor compasivo y fiel, el perdón y la gratuidad.

Cuando concluyó la lectura del fragmento que había elegido, el rabbí enrolló de nuevo el libro, se lo entregó al jefe de la sinagoga y se sentó.

Me di cuenta con sobresalto de que había omitido (¿voluntariamente?) las palabras sobre "la venganza de nuestro Dios". Los demás debían haberlo notado también y esperaban expectantes, con los ojos fijos en él, la explicación que debía seguir. Y entonces él dijo lo que nadie entre los presentes hubiéramos esperado escuchar:

–Hoy, en presencia vuestra, se ha cumplido toda esta Escritura.

Lo miré con asombro. ¿Qué significaba aquel hoy? ¿Se estaba atreviendo a proclamar que habían llegado los tiempos mesiánicos? ¿Se estaba presentando como portador de alegría y liberación ante aquellos de nosotros que nos reconociéramos pobres, ciegos y prisioneros?

Si era así ¿de dónde le venía aquella autoridad, aquella firmeza serena que daba a sus palabras la consistencia de la roca? Pero sobre todo ¿no estaba anunciándome en aquel preciso momento que el Dios que deseaba encontrar se estaba aproximando a mí, que estaba descendiendo con su luz hasta el abismo de tinieblas en que me encontraba?

Me sentía sobresaltado y confuso pero no tuve ocasión de seguir pensando: había murmullos entre los asistentes y una mujer comentó a mi lado a media voz:

–¡Pero si es Jesús, el hijo de José y de María, mis vecinos!

Ante mi expresión de ignorancia, me explicó:

–Hace un tiempo se marchó fuera y anda por ahí, sin domicilio fijo, rodeado de un grupo de desarrapados y anunciando la venida de no sé qué reino que está a punto de llegar...

Y finalmente murmuró con sorna:

– También dicen que cura enfermos y echa demonios, veremos si consigue hacerlo aquí también...

El tal Jesús había seguido hablando, pero apenas pude escuchar sus palabras finales porque se perdieron a causa del griterío: unos se habían puesto de pie vociferando y haciendo gestos de amenaza y los más furiosos se acercaron a él y, agarrándolo por los brazos, lo empujaron fuera de la sinagoga.

Bajé la escalera conteniendo el aliento, porque conocía la violencia del carácter galileo y me temía lo peor. Vi que lo tenían rodeado y sujeto y que, entre insultos, pretendían arrastrarle monte arriba, posiblemente para despeñarle desde lo alto. Pero, de pronto él sacudió los hombros con decisión e, inexplicablemente, los que le tenían agarrado lo soltaron y se fueron retirando mientras él, tranquilamente, caminaba entre ellos y se dirigía hacia una casa de la parte baja de la ladera que debía ser la suya.

No volví a verlo, pero en los días siguientes y mientras duró el revuelo, me enteré de muchos rumores que circulaban acerca de él. Las noticias de lo que hacía se divulgaban de boca en boca y mucha gente, sobrecogida, decía: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros, Dios ha visitado a su pueblo" (Lc 7,16), y hablaban con admiración de los signos que realizaba, semejantes o mayores a los de algunos antiguos profetas.

Ahora ha pasado mucho tiempo y pertenezco al grupo de los que, después de su resurrección, seguimos empeñados en continuar haciendo, en memoria suya, lo mismo que él hizo: anunciar libertad a los cautivos y luz a los que viven en sombras y aprendiendo a ser como él portadores de la buena noticia. De aquella noticia que llegó hasta mí, inundándome de júbilo, una mañana de sábado en la sinagoga de un pueblo perdido llamado Nazaret.

 

Dolores Aleixandre

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