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Libro de la biblia

* Cita biblica

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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

-

CUSTODIOS, GUARDIANES Y CUIDADORES

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Cuando era niña en mi colegio rezábamos en el mes de Marzo una oración que empezaba así: "Oh padre putativo del Verbo encarnado, glorioso San José..." A mí lo de putativo me sonaba por aquel entonces espantoso, aunque en clase de latín nos explicaban que era el participio pasivo del verbo puto, putas, putare, putavi, putatum (pensar) y que aplicado al santo quería decir que, aunque "se pensaba" que era padre de Jesús, en realidad no lo era.

Lo he recordado porque en una de sus primeras homilías el papa Francisco ha llamado "custodio" a san José, animándonos después a ser custodios de la creación y guardianes de los otros ejercitando el cuidado. Tres tareas tres de urgente práctica que podemos aprender contemplando al samaritano de la parábola que ejerció él solito de custodio, guardián y cuidador.

Vamos al texto: en el comienzo todo resulta tan sombrío que nos parece estar viendo un telediario de ahora: bandidos, mercados y otros depredadores con palos, políticas de austeridad, garrotes, desahucios, navajas o privatizaciones, van dejando a las víctimas de sus desastres tiradas en las cunetas. Y mientras, las instituciones a las que correspondería vigilar y defender los derechos de los débiles, entretenidas en sus asuntos propios y pasando de largo. "Cada palo que aguante su vela", declaran con chulería altas instancias gubernamentales.

Lo mismo entonces que ahora, la tentación es rendirse y poner a la realidad la etiqueta de "irremediablemente catastrófica": nos sentimos incapaces de descubrir en ella posibilidades viables de transformación o de imaginar "otro mundo posible". Nos paraliza saber que solo somos una minúscula piedrecita de tropiezo frente al avance implacable de los tanques de la lógica neoliberal.

Sin embargo, la narración no se detiene ahí e introduce inesperadamente un factor de disidencia: "pero un samaritano...". Como cuando en las películas del oeste están ganando "los malos" y aparece de pronto "el bueno" cabalgando en su caballo (mula en este caso). Nada lo hacía prever pero ahí está, con su silueta recortándose en el horizonte y a punto de toparse con el herido.

Acodados en la barra del saloon con un vaso de güisqui en la mano, mascullamos por lo bajo:

"Yo que tú no lo haría, forastero. No tienes pinta de ser competitivo, ni de contar con testaferros o contratos blindados; careces de apoyos para presentarte a primarias y encima eres portador de la "Marca Samaria" que está por los suelos.

¿Pero tú de qué vas, tío? ¿Quién te ha mandado meterte a guardián o a custodio de otros? ¿No te das cuenta de que, aparte de que eso de cuidar es cosa de mujeres, ese sujeto ni es de los tuyos ni tiene ya remedio y, si te detienes ante él, te expones a echar a perder tus planes, tu tranquilidad, tu tiempo, tu aceite, tu vino y tus denarios?"

Pero él, impertérrito. Indignado y conmovido por lo que ve, no se echa para atrás ante tantas señales de muerte: cambia su itinerario, se baja de su montura, se acerca al hombre medio muerto, le toca, le cura, lo levanta del suelo, carga con él, le busca alojamiento y protección y crea una red de cuidado asociando a otros a la tarea.

Quizá de noche, sentado junto al fuego, le confiesa al posadero que si hace lo que hace es por culpa de la obstinada lógica de un tal Jesús:

"No midas, no calcules, deja que el amor te desapropie. Recorre junto a mí los lugares donde la vida está más amenazada, confía en la fuerza secreta de la compasión y de la obstinada esperanza".

"Vete y haz tú lo mismo". Así de contundente es el final de la parábola, pero deja sin embargo abierta una cuestión de máximo interés: ¿se despidió el posadero del samaritano recomendándole: "¡Cuídate!"? ¿Decidió cuidarse el samaritano? Biblistas de todo el mundo lo debaten sin llegar a un acuerdo. Volveremos sobre ello en la próxima columna.


Dolores Aleixandre

ALANDAR

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