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Libro de la biblia

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1 REYES 17, 17-24 / GÁLATAS 1, 11-19

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1 REYES 17, 17-24

En aquellos días cayó enfermo el hijo de la señora de la casa. La enfermedad era tan grave que se quedó sin respiración. Entonces la mujer dijo a Elías:

¿Qué tienes tú que ver conmigo? ¿Has venido a mi casa para avivar el recuerdo mis culpas y hacer morir a mi hijo?

Elías respondió:

Dame a tu hijo.

Y, tomándolo de su regazo, lo subió a la habitación donde él dormía y lo acostó en su cama. Luego invocó al Señor:

Señor, Dios mío. ¿también a esta viuda que me hospeda la vas a castigar haciendo morir a su hijo?

Después se echó tres veces sobre el niño, invocando al Señor:

Señor, Dios mío, que vuelva al niño la respiración.

El Señor escuchó la súplica de Elías; al niño le volvió la respiración y revivió. Elías tomó al niño, lo llevó al piso bajo y se lo entregó a su madre diciendo:

Mira, tu hijo está vivo.

Entonces la mujer dijo a Elías:

Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad.

Los dos libros de los reyes (como continuación de los libros de los jueces) suelen tenerse por los libros más históricos de la Biblia, pero hay que recordar algunas peculiaridades. Su fundamento es probablemente histórico, incluso algunos autores piensan que se escribieron tomando como materiales textos quizá escritos en tiempos de Salomón. Pero siempre con la mentalidad hebrea: la historia no sirve sólo para recordar sucesos sino sobre todo para mostrar la protección de Dios cuando el pueblo cumple la Ley.

Dentro de esos libros está el ciclo de Elías, quizá el mayor profeta de Israel, que es fiel a Yahvé mientras el pueblo entero adora a los ídolos, y es perseguido por ello. Elías se esconde en casas de mujeres pobres huyendo de las represalias de los reyes y no pocas veces recompensa a sus benefactoras con prodigios como el que hoy leemos. Es claro que mucho de estas narraciones pertenece más bien al género legendario.


GÁLATAS 1, 11-19

Hermanos: os notifico que el evangelio anunciado por mí no es de origen humano: yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Habréis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: con qué saña perseguía a la iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza, como partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados.

Pero cuando aquél que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó a su gracia se dignó revelar a su hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin consultar con los hombres, sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco.

Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro, y me quedé quince días con él. Pero no vi a ningún otro apóstol; vi solamente a Santiago, el hermano del Señor.

Interesante y misteriosa. Interesante porque nos informa de la vida de Pablo antes de conocer a Jesús: "partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados". Misteriosa porque pretende que él no ha tenido ningún maestro, sino que llega a la fe por revelación directa.

En realidad, la conversión de Pablo no supone intelectualmente más que un pequeño cambio. Pablo es un docto fariseo. Para creer en Jesús no le hace falta más que un paso: reconocer en él al Mesías prometido por las escrituras. Todo lo demás podrá aprenderlo en contacto con los otros testigos, como todos los que no conocieron directamente a Jesús.

Nos viene bien este texto para recordarnos que en nuestra propia conversión, en nuestro seguimiento de Jesús hay muchas causas: el convencimiento, el ejemplo de los otros... Pero no debemos olvidar que hay también, y sobre todo, una acción de Dios, del Viento de Dios, que nos transmite La Palabra.

 

José Enrique Galarreta

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