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DEUTERONOMIO 18, 15-20 / CORINTIOS 7, 32-35

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Domingo 4º de Tiempo Ordinario


DEUTERONOMIO 18, 15-20

(Habla Moisés al pueblo de Israel)

Yahveh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis. Y Yahveh me dijo a mí:

"Bien está lo que han dicho. Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande.

Si alguno no escucha mis palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello.

Pero si un profeta tiene la presunción de decir en mi nombre una palabra que yo no he mandado decir, y habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá."

Este texto se toma de la parte central del Deuteronomio, capítulos 12 a 27, que es un conjunto de leyes, inspiradas en las más antiguas del pueblo de Israel.

El capítulo 18 legisla sobre los sacerdotes y los profetas. Se rechazan los hechiceros, los astrólogos, los adivinos, y se promete que habrá en Israel profetas, es decir, personas en cuya boca estén las palabras del Señor para su pueblo.

Estos personajes se presentan como intermediarios. Israel teme ver a Dios (se representa esto en el terror ante el fuego del Sinaí), y por eso hay personas intermediarias entre Dios y el pueblo.

Para robustecer su autoridad se pronuncia una maldición, muy en el tono terrible propio de estos antiguos escritos. Y lo mismo se hace acerca del falso profeta, el que se arroga la condición de profeta sin serlo.

La presencia de este texto en este Domingo se justifica por la intención de Marcos al presentar a Jesús: Jesús es un Profeta, un enviado de Dios, en sus labios está la palabra de Dios, en sus hechos se nota el poder de Dios.

Es una presentación dirigida a convencer al auditorio judaico de quién es Jesús: el Profeta que esperábamos. Pero ¡qué diferente! Han desaparecido las amenazas, sustituidas por la curación, la liberación de todo mal.

 

CORINTIOS 7, 32-35

Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido.

La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido.

Os digo esto para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división.

El texto de Pablo se incluye dentro de la idea, corriente en los primeros tiempos de la comunidad cristiana, de que la llegada del Señor estaba tan cerca que sucedería en vida de algunos de los presentes.

No se ha desarrollado aún la idea de que "los últimos tiempos" no son "el inminente final" sino "la etapa definitiva, la Nueva Alianza". En el contexto de esta mentalidad, no tiene sentido la vida cotidiana, sino la preparación para el final inminente.

Pero no es verdad, aunque aparezca en una carta de Pablo. Precisamente es la vida cotidiana, el matrimonio, el trabajo... lo que construye el Reino.

Incluso Pablo lo dice así en la cata a los Tesalonicenses (2 Tes 2:1-3 y 3; 11-12):

A propósito de la venida de nuestro Señor, Jesús Mesías, y de nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os excitéis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima. Que nadie en modo alguno os desoriente.

Es que nos hemos enterado de que algunos de vuestro grupo viven en la ociosidad, muy ocupados en no hacer nada; a éstos les mandamos y recomendamos en nombre del Señor, Jesús Mesías, que trabajen pacíficamente. Y el que no trabaje, que no coma.

En definitiva, me parece mal que se lean estos textos en la eucaristía; no hacen más que sembrar confusión y desautorizar a Pablo. Y esto nos da la oportunidad de caer en la cuenta de la ligereza con que se aplica la expresión "palabra de Dios" aplicándolo a cualquier fragmento de la Escritura. Sin duda que hay mucha palabra de Dios en la Escritura, pero hay que distinguir el trigo de la paja.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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