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EL PAPA QUE NO ESPERÁBAMOS, PERO NECESITAMOS

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Han transcurrido dos meses desde que el pasado 13 de marzo, Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y cardenal de la Iglesia, fuera elegido nuevo obispo de Roma y, como tal, papa y líder de una de las grandes confesiones religiosas de nuestros días. Dos meses es un tiempo todavía corto para valoraciones de calado, pero permiten compartir algunas impresiones y realizar ciertas reflexiones.

En primer lugar, compartimos el sentimiento de alegría que la elección del papa Francisco ha causado en la gran mayoría del pueblo cristiano desde que asomó al balcón de la basílica vaticana. Su aspecto bondadoso, su sencillez y espontaneidad, su humildad al pedir a los congregados que rezaran por él causaron en nosotros una sensación de alivio, alegría y esperanza desde este primer momento.

Estos últimos tres meses han sido oxigenantes para quienes se sitúan y tratan de vivir su fe y compromiso eclesial desde una sensibilidad conciliar abierta y dialogante con la cultura actual. Desde que Benedicto XVI anunciara sorpresivamente su renuncia, humanizando positivamente la figura y el quehacer del Papa, éramos muchos los que deseábamos, en medio de cierto escepticismo ante el poder de la maquinaria curial vaticana, que los cardenales se fijaran en alguien que diera un nuevo rumbo a la Iglesia. Así ha sido, gracias a Dios.

Resulta estimulante saber que las intervenciones de un número apreciable de cardenales en las Congregaciones previas al Conclave apuntaron en este mismo sentido y que durante el mismo, fuera ganando fuerza la posición de quienes apostaban por un modelo de Iglesia menos sectario y de mayor sintonía con los pobres, los excluidos y quienes malviven en las periferias del mundo y de nuestras sociedades de bienestar.

Nuestra gratitud al cardenal Hummes, el franciscano brasileño que por lo visto inspiró al nuevo papa el nombre de Francisco, tomando al "poverello" de Asís como santo y seña de su pontificado, y al resto de cardenales brasileños, estadounidenses y latinoamericanos, africanos y europeos, que votando por Bergoglio nos han ofrecido la oportunidad de seguir soñando y trabajando por la Iglesia de Jesús. Si, nos hemos sentido confortados y confirmados en nuestra fe y nuestra sensibilidad eclesial, y supone una gracia en nuestras vidas.

En segundo lugar, a lo largo de estos meses hemos recibido una segunda buena nueva, relacionada esta vez con José Antonio Pagola, sacerdote de nuestra diócesis, teólogo reconocido e investigador apasionado de la figura y persona de Jesús. Como bien sabemos, a lo largo de todos estos últimos años ha tenido que sufrir un verdadero calvario de graves sospechas, prohibiciones y descalificaciones, que él, sin embargo ha sabido sobrellevar con gran categoría humana, eclesial y evangélica. Era hora de que se le hiciera justicia y se levantara el "veto" sobre su excepcional aproximación histórica a Jesús.

No han podido encontrar en su obra afirmaciones que vayan en contra del sentido de fe eclesial y la figura de Jesús. A través de la nueva edición, sigue suscitando el interés de miles de lectores. Es sorprendente el eco que este libro ha adquirido en los creyentes y las comunidades cristianas de Latinoamérica, Europa y otras latitudes del mundo. Así como es impresionante el eco del bien que viene haciendo a tantas personas, más o menos creyentes, que han tenido la ocasión de leerlo, trabajarlo y compartirlo.

En tercer y último lugar, tenemos la impresión que la elección del nuevo papa Francisco ha suscitado una honda preocupación y no poco malestar en algunos miembros de la jerarquía y ciertos sectores y movimientos eclesiales. Seguramente ven en riesgo el poder hegemónico que han mantenido hasta ahora y se sienten incómodos ante la orientación y las decisiones que pueden impulsarse desde el centro romano.

¿Cómo habrán acogido, por ejemplo, estas palabras que Francisco dirigía a sus hermanos de la Conferencia Episcopal Argentina:

"Prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial: mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado".

No es de extrañar, pues, que se sientan incomodados y comiencen a decir, todavía en voz baja, que este papa no es, desde luego, un teólogo fino, que puede hacer afirmaciones arriesgadas, que va a devaluar el papel y la figura que el papa ha tenido como soberano pontífice en la Iglesia, que sus palabras y gestos tienen un cierto sabor populachero, que su sentido pastoral está bastante escorado, tendiendo demasiado hacia lo periférico y dando una relevancia desmedida a los pobres, que su sensibilidad es poco europea, que se fía poco de su curia...

Era de esperar. Proclaman una estima especial por el Papa, pero siempre que este muestre un aprecio y un apoyo hacia ellos. Entre los rasgos de esta sensibilidad eclesial, de corte conservador y preconciliar, están la búsqueda de poder y control a ultranza, y cuando no los tienen se vuelven "malos perdedores".

Esperemos que la sabiduría, la prudencia y la firmeza del papa Francisco sepa poner a cada uno en su sitio y acierte a guiar y acompañar a esta Iglesia de Jesucristo en los pasos que va dando en este comienzo del tercer milenio. Resulta esperanzador saber que pertenece a una de las órdenes religiosas más recias y espiritualmente más fecundas, y que podrá contar con el apoyo de la Compañía en todo momento. Nosotros le acompañaremos con nuestro afecto y oración.

 

Patxi Aizpitarte

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