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CENA FRATERNAL O SACRIFICIO

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La fiesta del Corpus se ha ido centrando, a lo largo del tiempo, en la adoración del Santísimo Sacramento, es decir, el reconocimiento y veneración del pan consagrado que ya no es pan sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Quizá sea oportuno hacer hoy algunas consideraciones sobre este tema. En él subyace una manera de entender y explicar la Eucaristía y el sacrificio de la Misa.

Es frecuente, en terminología clásica, hablar de "el santo sacrificio de la Misa". Más aún, la última instrucción vaticana ("Redemptionis Sacramentum") sobre los abusos en la celebración eucarística insiste preferentemente sobre este aspecto. Hay en la iglesia de hoy dos tendencias en la interpretación de la eucaristía:

· La que la considera ante todo 'banquete', la cena del señor que sus discípulos siguen celebrando.
· La que la considera ante todo como 'sacrificio', renovación sacramental del sacrificio de Cristo.

La primera es ante todo una reunión fraternal, en la que la comunidad que sigue a Jesús se alimenta de la Palabra, de la Oración, del Perdón, y renueva su entrega al Reino comulgando con Jesús con los mismos signos que Él eligió.

La segunda ante todo es un rito celebrado por representantes de Cristo, que ofrecen de nuevo a Dios la víctima inmolada por los pecados.

La primera es la continuación histórica de "la fracción del pan", llamada también "la cena del Señor" celebrada por las casas en las primeras comunidades, de la que tenemos constancia por los Hechos de Apóstoles y las Cartas de Pablo.

La segunda es una interpretación teológica, que hace de la celebración una renovación sacramental del sacrificio de Cristo en la cruz.

Este segundo modelo es el que tiene preferencia en la teología tradicional-tridentina, el que se detalla en el ritual, y el que se prefiere en la instrucción vaticana.

Sin embargo, no es más que una interpretación teológica, de la que se puede prescindir porque es elaboración humana.

La interpretación de la muerte en cruz como Sacrificio es una manera judaica de interpretar y explicar la muerte de Cristo. Se toma como referente los sacrificios del Templo de Jerusalén, especialmente los sacrificios expiatorios, en que un animal es sacrificado en el altar por los pecados del pueblo. Se entiende así a Jesús como la Víctima por cuya muerte nuestros pecados son perdonados. Esta interpretación ha sido común en la Iglesia, y está constantemente presente en las expresiones del Misal Romano.

Sin embargo, para muchos creyentes, es bastante insatisfactoria, por varias razones:

1. Porque parece que Dios exige cobrar para perdonar, y porque el precio que cobra – la muerte en cruz de su Hijo – es atroz. Parece que el salvador es el Hijo, mientras que el Padre es sólo el justo Juez, que exige que se paguen penas por los pecados cometidos. Todo esto exigiría una revisión teológica a fondo del concepto de "Redención".

2. Porque parece que es la muerte de Jesús lo que salva, y no su vida entera.

3. Porque parece que sustituye el antiguo templo y los antiguos ritos por un nuevo templo y unos nuevos ritos, cuando en los Evangelios y en los Hechos hay muy poco pie para esta interpretación.

4. Porque esta interpretación ha llevado de hecho a una celebración en la que los fieles apenas hacen otra cosa que asistir a un rito celebrado por los sacerdotes, y aunque siempre se habla de participar, esto son casi sólo palabras, de manera que se llega a admitir que el sacerdote celebre a solas. (De paso, hay que recordar que en los Hechos no aparece la figura del sacerdote como "celebrador" de la eucaristía)

La interpretación de la muerte de Jesús como sacrificio es una imagen tomada de los sacrificios del Antiguo Testamento. Y es una imagen, sólo una imagen. Pero ha sido transformada: la imagen sustituye a la realidad y se convierte ella misma en realidad.

Con ello, la esencia de la muerte en cruz no está en la entrega de Jesús a su misión, su consecuencia y su valor que le hacen llegar hasta el final, sino la eterna disposición de Dios que lo elige como víctima y se vale de la maldad de unas personas para que se consuma un misterioso sacrificio.

La salvación se convierte en algo jurídico, un decreto de perdón emitido por el Juez declarando pagadas las culpas.

Buena parte de la teología tradicional escolástica y postridentina interpreta los símbolos como conceptos, habla del perdón en términos jurídicos, aplica nociones del Antiguo Testamento para entender a Jesús... Y a muchas personas no nos gusta.

La muerte de Cristo como sacrificio de una víctima para conseguir el perdón de Dios nos parece una imagen desafortunada. Y en consecuencia, la interpretación de la Eucaristía como renovación de ese sacrificio no nos parece la manera más adecuada de entenderla.

Semejantes consideraciones son aplicables a la presencia "real" de Cristo en el pan eucarístico. Nunca se ha sabido precisar qué significa "real". La devoción popular lo ha entendido de una manera casi física. La teología metafísica lo ha explicado diciendo que permanecen los accidentes (forma, color, peso...) y cambia la substancia (ya no es pan sino el cuerpo y la sangre de Cristo) y el término "real" viene a significar "verdadero", aunque no se puede explicar mejor.

Esta presencia "real", apoyada en la metafísica de Aristóteles ha llevado a la adoración del pan reservado en el Sagrario y a una concepción de la comunión más bien física. El pan comido por los fieles produce sus efectos "espirituales" una vez tragado y la presencia de Cristo en ellos dura lo que duran las especies sacramentales.

Deberíamos tener en cuenta que tomar prestados de Aristóteles los conceptos "substancia" y "accidente" tiene menos valor aún que tomar prestada del Antiguo Testamento la noción de sacrificio expiatorio.

Pero en lo que se refiere a la "substancia" hay algo peor. La sustancia no existe, es solamente un concepto del que se vale Aristóteles en su explicación del ser, porque no sabe ni física ni química. Nadie usa hoy ese concepto, ni sirve para nada. Por tanto, es igualmente inútil para la "explicación" de la presencia de Jesús en el pan y el vino.

Además, aunque un concepto tomado de la filosofía (pagana) pueda ayudar, pueda agradar a algunos, nunca puede ser normativo, porque Aristóteles, ni ninguna filosofía, nunca puede ser dogma de fe y porque nadie está obligado a ser aristotélico.

La fe puede expresarse con instrumentos intelectuales varios, que nunca son la esencia de la fe sino su ropaje, y pueden cambiar. Hace ya años que el Catecismo Holandés propuso el término "transignificación" en vez de "transubstanciación". A Roma le pareció insuficiente, pero a muchos les pareció más expresivo y lo siguen manteniendo. Y tampoco es más que una forma de explicar, que a muchos les parece más adecuada. Ninguno de los dos términos son dogma de fe, sino explicaciones de lo que creemos.

Hay que recordar que ni Pedro ni Juan ni Pablo sabían nada de transubstanciación, ni de otros términos usados después por la teología. Hay que recordar igualmente que Tomás de Aquino, de quien proceden muchos de los términos de que ahora hablamos, fue considerado una intolerable novedad, y sufrió persecución por sus doctrinas. Más tarde, la Iglesia los aceptó y ahora son la manera oficial de explicar la fe. Pero no son la fe misma, sino un sistema de explicación.

Volviendo a la eucaristía: la iglesia romana ha preferido la imagen de Sacrificio a la de comida fraternal. Pero aquí hay más que formas distintas de explicar.

La cena fraternal es heredera directa de las celebraciones de los seguidores de Jesús. No un símbolo para explicar algo, sino algo real, continuación de las cenas de Jesús. En ella, el pan y el vino son para comer y beber y no transmiten la presencia de Cristo por una especie de poder mágico encerrado en ellos y liberado al ser comidos o bebidos, sino que significan y por eso producen la identificación con Jesús y la comunión con los hermanos.

La imagen de sacrificio, al contrario, no es continuación de nada que celebraran las primeras comunidades sino una interpretación teológica de la muerte de Cristo tomada de ritos del Templo de Jerusalén. Y es perfectamente admisible que a muchos cristianos no les guste nada.

Nos damos cuenta de que hemos entrado en el terreno de las mediaciones. Entre Dios y nosotros hay un mediador, Jesús de Nazaret. En él se expresa, se deja ver, habla, Dios mismo. Éste es un pilar fundamental de la fe cristiana.

Mediador significa alguien que pone en comunicación, que acerca, que pone en contacto. Pero buena parte de la teología se ha convertido en mediadora entre nosotros y Jesús. Entre Dios y nosotros, Jesús. Entre nosotros y Jesús, la teología metafísica. Creo que esta mediación no es correcta. No es mediación para acercar sino para alejar, para poner en medio un obstáculo.

Entre Jesús y nosotros no hay más mediación que sus hechos y sus dichos, que son fáciles de explicar y de entender. Pero la Teología metafísica es una mediación que no nos acerca a Jesús, sino que lo aleja irremisiblemente, de manera que solamente los iniciados en metafísica pueden entender. Esto no es de Jesús.

Este alejamiento producido por las mediaciones se refleja bien en la celebración del Santo Sacrificio. También aquí, el sacerdote es mediador, intermedio entre los fieles y lo que se celebra. Es un intermedio alejador.

En la cena fraterna no hacen falta mediadores porque la comunidad se reúne en el recuerdo del Señor, presente en la Palabra, sentido en la Oración, presente en el Signo.

En el Santo Sacrificio de la Misa son necesarios los mediadores, los sacerdotes, los pontífices, es decir, los que se declaran puentes entre la comunidad y Cristo. Es una falsa mediación: no es mediación para acercar, sino para alejar. Primero se crea el barranco y luego los mismos que lo crean se declaran puentes.

Pero la comunidad cristiana se ha dado cuenta de que los que se dicen puentes no lo son; son más bien el barranco mismo. Ni la teología metafísica, ni el sacrificio redentor ni los sacerdotes que lo ofician son puentes que unen a Jesús, sino barrancos que nos apartan de él. La comunidad cristiana se ha dado cuenta de que Jesús no está al otro lado, sino a este lado del barranco.

Me parece altamente significativo el hecho de que las normas de la Iglesia exigían de los fieles la asistencia a Misa todos los domingos, bajo pena de pecado mortal (y se expresaba diciendo "oír misa entera...") y comulgar solamente una vez al año.

Más aún, según las normas actualmente vigentes, una persona que asiste a misa el domingo, emplea el tiempo de las lecturas, oraciones y homilía en confesarse, y no comulga, ha cumplido correctamente el precepto dominical. Así se desprende de la "Redemptionis Sacramentum".

Pues bien, muchos hoy en la Iglesia estamos convencidos de que la Teología Metafísica tuvo su época, que ya ha pasado, y que hay que volver a la teología parabólica, prescindiendo de las mediaciones filosóficas.

Estamos convencidos de que El Santo Sacrificio de la Misa es una noción más bien Vetero-Testamentaria. Que los sacrificios del Templo no son buenos modelos para la celebración de la eucaristía, que el sacerdote-pontífice no acerca sino que aleja de Jesús, que los ritos del misal romano no nos ayudan sino que nos estorban para celebrar La Cena del Señor.

Estamos convencidos de que la imagen de un Dios vestido de apariencias de pan tiene mucho de mágico, de físico, y de que la filosofía de Aristóteles no nos ayuda nada. Preferimos entender a Jesús diciendo que es grano de trigo enterrado y muerto, granos molidos para ser pan para todos. Preferimos decir que nos alimentamos de Jesús y sentirlo presente en la comunidad que celebra su cena como Jesús mismo la celebró.

La "Redemptionis Sacramentum" habla mucho de abusos en la celebración. Me parece que muchas formas y prácticas que se consideran abusos no lo son, sino más bien "correcciones de abusos".  Los abusos que se deben corregir son, por ejemplo:

· el protagonismo casi exclusivo del sacerdote en la celebración.
· el espectacular despliegue de riqueza en ornamentos, vasos sagrados, locales de culto.
· la utilización de la eucaristía como acto multitudinario y triunfalista, con asistencia pública de reconocidos no-creyentes y personas de comportamientos éticos ajenos al evangelio.
· la utilización de textos del Antiguo Testamento fuertemente contradictorios con las palabras y los hechos de Jesús, que se califican sin embargo como "Palabra de Dios" .
· la represión de toda espontaneidad, de toda participación real, de toda expresión de fe o de fraternidad que no esté prevista en el ritual.
· la imposición de formas rituales idénticas para todas las culturas y todas las situaciones.
· la concepción general de la eucaristía como misterio manejado por intermediarios autorizados, es decir, como alejamiento y sometimiento de los fieles a presuntos poderes sagrados.
· Los denodados esfuerzos de algunos sectores de la Iglesia (jerarcas incluidos) para "volver atrás" en la celebración de la Cena del Señor, pero entendiendo por "atrás" a las tradiciones corruptas y concepciones obsoletas, no a Jesús, que es el "atrás" fundante, la raíz de la Tradición.

Pienso que la costumbre de las primeras comunidades que celebraban la fracción del pan en las casas, aquellas comunidades que "se reúnen en casa de...." y que tanto preocupan hoy a la jerarquía, pueden ser un camino excelente para recuperar la celebración de la eucaristía.

Un camino para que toda la iglesia recupere su mayoría de edad, sienta el espíritu y lo comunique, y se comprometa más personalmente.  Y no creo que haya oposición alguna entre estas celebraciones íntimas y la gran asamblea parroquial. Más bien pienso que ésta debe alimentarse de aquéllas.

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Existen toda una serie de expresiones tenidas por dogmáticas, pero que sólo son modos más bien filosóficos o religiosos de explicar la fe. Son términos que hemos tomado de sistemas filosóficos varios, que no son el mensaje sino su ropaje, no son la fe sino su expresión filosófica.

A esta serie pertenecen:

· la explicación de la Encarnación y la Divinidad de Cristo por medio de los conceptos de Naturaleza, Persona, Hipóstasis;
· la explicación de la Santísima Trinidad por medio de Substancia única y pluralidad de Personas;
· la explicación de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía por medio de los conceptos de Substancia y Accidentes.

Conviene recordar que todas estas explicaciones son intentos de explicar lo que creemos, tomados por la Iglesia a lo largo de los tiempos de muchas fuentes, especialmente de sistemas filosóficos griegos. Pueden ser útiles y son venerables porque han servido a la Iglesia durante mucho tiempo; pero no son más que eso.

En el fondo de estas cuestiones subyace otra, más importante. Que la Teología cristiana ha pasado del mundo vital/simbólico al mundo jurídico/conceptual.

Lo indicamos con algunos ejemplos.

· "Abbá" es una expresión de Jesús que manifiesta su actitud y sus sentimientos ante Dios. Se siente como un hijo ante sus estupendos padres, como se sentía ante José y María. Pero el Dios Padre de nuestro Credo y nuestra teología no es Abbá, cariñoso y cercano, sino el Creador Todopoderoso, lejano, trascendente y temible.
Jesús no estaba definiendo teológicamente a Dios, sino expresando su relación con Él por medio de una comparación, un símbolo.

· De la misma manera, Jesús se siente hijo ante Abbá, pero la Teología ha convertido la filiación en una definición de la segunda persona de la trinidad.
· La misma transformación ha sufrido el Espíritu Santo. El espíritu es el viento, el aliento vital. El espíritu, el viento, el aliento vital de Dios es la presencia activa de Dios en el mundo, en las personas, el que llama a la misión, el que inspira, el que da fortaleza. Es Dios alentando, suscitando, inspirando. Pero se ha convertido en la tercera persona de la Trinidad. Ha dejado de ser un símbolo de la presencia activa de Dios para convertirse en un concepto, una realidad distinta del Padre.

Y así "Creo en Dios Padre" significa "creo en la primera persona de la Santísima Trinidad, el Creador Todopoderoso, Legislador y Juez..." Mientras que debería significar: "Creo que el Creador Todopoderoso... es Abbá, mi mamá".

Y así decimos que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria", pero no decimos: "creo que mi vida, y la vida de Jesús, está llena del aliento de Dios, que inspira, alienta y fortalece".

Hemos transformado los símbolos en conceptos, y así hemos logrado que sean misterios sólo asequibles para los eminentes teólogos... y que resulten poco menos que estériles para la espiritualidad de la gente normal.

 

José Enrique Galarreta

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