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CON EL DALAI LAMA, MAESTRO DE PAZ Y TOLERANCIA

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Fue para mí una experiencia vital. Me acompañaban Carmen, mi esposa y nuestra hija María, residente en Suiza, que nos había invitado al Encuentro programado para los día 13 y 14 de abril del 2013 en Friburgo. El recorrido en coche desde Lausana era ya en sí la iniciación a dicha experiencia: amanecer alpino sobre la cadena del Montblanc con sus picos más elevados empujando la elevación de la mirada hacia el cielo. Blanco y azul fundidos en un profundo respirar del alma.

Yo sugerí detener la música y María recomendó el silencio de concentración meditativa en una inspirada plenitud de aquí y ahora. Practicarla permite reducir la fuerza de nuestros pensamientos perturbadores habituales y desarrolla nuevos hábitos del pensamiento, que son fuente de paz interior, de alegría y de satisfacción. El Dalai Lama lo dijo en una ocasión: "Puesto que tenemos que tratar con las emociones, el mejor método para ello es la Meditación. No para la próxima vida, ni para el paraíso, sino para nuestro cotidiano bienestar". Yo al menos lo necesitaba, y así me lo sugirió también el recuerdo del epitafio de Don Miguel de Unamuno en su tumba salmantina:

"Méteme, Padre Eterno, en tu pecho,
misterioso hogar.
Dormiré allí,
pues vengo deshecho
del duro bregar".

De todos modos era difícil atajar los repetidos lances del pensamiento. Por los campos de mi memoria cabalgaban atropelladamente palabras e imágenes del gran líder del budismo tibetano: "el objetivo de mi vida es ser feliz y útil para los demás". Que es consecuente con él, lo testimonian los dichos y los hechos de sus tres compromisos adquiridos con el mundo:

Promoción de los valores humanos, por su convencimiento de que la compasión, el amor a todos los seres y la no violencia activa son la verdadera fuente de la felicidad, que no proceden necesariamente de una fe o de una práctica religiosa.

Como monje budista, la Promoción de la armonía entre todas las tradiciones religiosas, pues todas han sido fundadas sobre valores éticos de compasión, de tolerancia, de benevolencia y de paz. Y puesto que los seres humanos tienen aspiraciones y disposiciones diversas, es importante y necesario que haya diferentes religiones en nuestro mundo.

En tanto que líder espiritual budista, el Bienestar del pueblo tibetano.

Overbooking en el aforo de las diez mil plazas del auditorio. Su aparición, convenientemente mediática, fue el detonante de las emociones del público. También de las mías a pesar del paliativo que en cápsula meditativa había ingerido durante el viaje. Un XIV Dalai –océano- Lama –maestro espiritual-, abismo de sabiduría y máximo representante del budismo tántrico desarrollado en los Himalayas, cuyo propósito es la reintegración del individuo en la pura conciencia primordial.

Me sentí próximo a él, estimulado por la sosegada y plena madurez que su noble figura irradiaba. Un aura que yo percibía respetuosa y nada invasiva, que ingenuamente invitaba a la reflexión y el cuestionamiento de los personales postulados de la vida. Sus constantes movimientos corporales barrían una y otra vez, como en caricia, el empañado cristal de mi mental parabrisas.

Todo su ritual de gestos y palabras me llegaban de él en términos de escaner personal durante los comentarios al texto de Atisha Dipankara (982-1054), "La lámpara para el camino del Despertar". El estilo de su magisterio había sido descrito hace mil años en la estrofa 23:

"Comprende que un maestro espiritual
es el que es diestro en la ceremonia del voto,
que vive de acuerdo con el voto
y tiene la seguridad y la compasión necesarias para otorgarlo".

En cuanto a vocación como docente, Daniel Goleman, le presenta como "un Maestro que ha dedicado toda su vida a enseñar a los otros lo verdaderamente útil para poner fin al sufrimiento, sin perderse en especulaciones banales y facilitando los conocimientos necesarios para que cada uno pueda encender su propia lámpara".

Quería aprender de él cómo prender la mía. Su capacidad de interacción con los demás vía comunicación existencial -es decir, desde cómo se vive aquello que se dice- era luminosa en todo el arco del espectro de su lenguaje. Una melodía de sonido y color sobre el pentagrama de música y palabra que fundamentalmente me creaba armonía de ideas en la cabeza y sentimiento de acción en el corazón. Lo hacía como el sabio niño travieso y creativo, siempre sorprendente y sorprendido en la mirada, con su gorra de golfista en la cabeza, con su vuelta a la recién amanecida ingenuidad de ese niño feliz que invita al enraizamiento del ser con la naturaleza primigenia.

El pacifista clamor de sus trompetas sonaban liberadoras sobre mis ya casi descalabradas murallas de Jericó, en un lenguaje a la vez claro y cálido, desprovisto de todo dogmatismo. El mundo necesita hoy -y yo creo que siempre- una religión no de Verdades sino de Valores. De conducta moral –mejor de ética laica- y de altruismo, esenciales para nuestro porvenir y el de futuras generaciones. Una ética natural que va siempre más allá de cualquier creencia religiosa y que, por consiguiente, afecta y compromete a todo ser humano por el hecho de serlo, al margen de creyente o no creyente.

A la pregunta que el teólogo católico Leonardo Boff le hizo en una mesa redonda sobre cuál es la mejor de todas religiones, éste Maestro de la sabiduría perenne hizo una pequeña pausa, sonrió, le miró fijamente a los ojos y le respondió: "la que te aproxima más a Dios, al Infinito. La que te hace mejor, más compasivo, más sensible, más humanitario, más responsable, más ético". De modo que la que mejor lo suele propiciar en cada uno, es la que ha recibido en sus creencias y cultura. Advirtió con cierta dureza sobre el irrespetuoso empeño de querer catequizar a los demás. Él prohíbe hacerlo a sus monjes.

Su referencia a Las Tres Joyas del budismo -Buda, Dharma y Sanhga- me hizo pensar en las mías: Jesús, Evangelio, Comunidad cristiana. Ambas vienen a manifestar lo mismo. Desde una perspectiva más universal y trascendente, todos los seres humanos son hijos de Dios y tienen la capacidad innata para volverse divinos ellos mismos. Al menos eso dicen todas las Sagradas Escrituras.

En la Conferencia sobre "La ética más allá de la religiones" me agradó escuchar su propuesta, hoy defendida de modo destacado por significados teólogos cristianos como el alemán Hans Küng, por ejemplo. Así de rotundo fue a este respecto:"Todas las principales religiones del mundo, con su énfasis en el amor, la compasión, la paciencia, la tolerancia y el perdón pueden y deben promover valores espirituales. Pero la realidad del mundo actual es que la fundamentación de la ética en la religión no es ya satisfactoria. Por eso estoy cada vez más convencido de que ha llegado el tiempo de buscar la espiritualidad y la ética más allá de la religión".

La línea de su pensamiento es vanguardista y adaptado al mundo moderno. Aborda temas cruciales como la resolución no violenta de los conflictos, la urgencia de una toma de conciencia ecológica a escala planetaria, la promoción de valores humanos en la sociedad y la importancia del diálogo interreligioso e intercultural. Todo ello enmarcado en el interés creciente que hoy manifiestan los investigadores en los dominios de la Medicina, las Neurociencias, la Psicología, la Física moderna (particularmente la física cuántica), la Educación y la Filosofía.

A mi regreso a casa los Alpes me parecieron más blancos y el cielo más azul. También más profundo aún el respirar del alma. Soñaba el confortador aroma de tan gratos recuerdos y el impacto personal que más allá del propio budismo, había dejado en mí la sinergia sentida en el encuentro de Friburgo. En mi mente golpeaba fuerte el recuerdo de los dos de Emaús: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»


Vicente Martínez

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