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Libro de la biblia

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IGLESIA...

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¡Una sola palabra que puede significar tantas cosas!

Una palabra que puede ser parte, lo mismo de frases crispadas que de aprendizajes significativos; lo mismo de acusaciones enardecidas que de sabios aforismos. Una palabra que en algunas personas provoca sentimientos: de fastidio o hastío, de alegría o gratitud, de nostalgia o de entusiasmo, de paz y de violencia... Ante ella, algunas personas se conectan con experiencias dolorosas o gozosas, con afirmaciones categóricas, con encuentros significativos, con generalizaciones o con imaginarios colectivos muy complejos.

Acerca de la Iglesia; he leído, escuchado y visto muchas opiniones, reacciones, testimonios, anti-testimonios, críticas, aportaciones, reflexiones, oraciones... Desde luego, siendo (feliz, gratuita y agradecidamente) parte de ella, soy parte de cuanto la Iglesia es, hace y vive...

Estoy convencido de que, mientras sigamos hablando de la Iglesia siempre en tercera persona y no en primera persona del plural; poco creceremos en madurez como pueblo sacerdotal.

Mi experiencia de ser Iglesia ha sido vivida estos años desde la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe en Madrid. Aquí he podido encontrarme con diferentes rostros, he captado diferentes versiones y he sido parte de diferentes momentos tan plurales como eclesiales.

Ante algunas ideas, opiniones, críticas y experiencias; me he sentido a veces muy indignado y dolido; otras veces me he sentido confrontado, impotente, arrepentido, motivado, alentado, frustrado o compadecido. Intento mantener una convicción: Podrán ser afirmaciones o críticas o propuestas con las que no me siento afín; pero es importante escuchar y comprender.

Estoy convencido de que fomentar comunión es una habilidad urgente en quienes somos Iglesia y una habilidad crucial para el encuentro y la relación, como Iglesia, con otros ámbitos, instancias y sujetos. Pero necesitamos aprender y ejercitar la comunión (la parte que nos toque, como tarea; porque otra parte de ella es don, es gracia de Dios y se vale pedirla y agradecerla).

Desde mi punto de vista (subjetivo, limitado y parcial), somos torpes para fomentar espíritu de comunión (que no es lo mismo que sólo unión, ni mucho menos fusión) porque no solemos escuchar con atención, no percibimos con realismo que cuando alguien difiere, ese "alguien" no es un enemigo, como si fuera ajena a mí. Constato que nos han formado y formamos muy poco y pobremente para el disenso constructivo. A veces, ante tantos pseudo-profetas he pensado que no sabemos diferir sin violencia... ¡Y cuánta falta nos hacen el discernimiento y, claro, la colegialidad!

Pienso que padecemos como Iglesia un déficit en la capacidad de escuchar. Tenemos, o estamos convencidos de tener demasiado que decir...

Personalmente, no me parece que lo que necesitemos como Iglesia sea más democracia, si por ella nos imaginamos mecanismos para que todos opinen y medios para que prevalezcan las mayorías (No olvidemos que entre los seres humanos suele pasar que el que tiene más saliva traga más pinole y no se trata de eso sino de seguir las invitaciones del Espíritu de Dios, que puede hablar por medio de una persona que parezca poca cosa o de un grupo minoritario pero profético).

Para fomentar la comunión, creo que nos hace falta ejercitar: escucha activa, empatía, vida en comunidad, fomentar la fraternidad, educar y practicar más el discernimiento y la colegialidad. También nos falta conocer y comprender la historia (o mejor aún, las historias) de la Iglesia. Aprender del pasado e interesarnos realmente por el presente, conociendo cómo se percibe desde diferentes perspectivas, pero reconociendo que una perspectiva no es la única ni absoluta.

Sé que la Iglesia somos personas muy diferentes en muchos sentidos. En ella, hay muchas personas que han necesitado y necesitan sentirse más cuidadas, más consoladas e incluidas, más respetadas y valoradas. Personas que han padecido el divorcio y que luego se arriesgan a volver a intentar vivir el amor de pareja. Muchas personas cuya afectividad y sexualidad parece ser más una carga que una expresión de su vocación, porque se sienten temerosas o rechazadas ante postulados de moral sexual. Hay muchas personas, hombre y mujeres, que necesitan sentirse más reconocidas por sus reflexiones y críticas. Personas que se han sentido excluidas de las instancias de gobierno eclesial y necesitan sentirse parte de lo que perciben que es el poder, quizá por edad, quizá por necesidad de realización personal. También hay muchas personas que necesitan que en la Iglesia las cosas se queden como están. En un mundo que parece tan cambiante y que puede vivirse con mucha incertidumbre, saber que en la Iglesia las cosas permanecen puede hacer sentir más seguridad. Yo me siento parte también de quienes necesitamos emprender y soñar, renovar, sí pero también innovar y recuperar; de manera que la creatividad no sea enemiga de la fidelidad, que nuevos modos no se enfrenten con tradición. Muchas personas necesitamos vivir de manera más clara la dimensión mística eclesial y no solamente en el ámbito individual.

Muchas necesidades en la Iglesia, algunas aparentemente satisfechas y otras no; que generan muchos sentimientos encontrados y enfrentados. Y que nos llevan a situaciones desgastantes, a conflictos muy mal manejados o a círculos viciosos que parecen entorpecer la vida plena, más que alentarla.

Todo esto me da esperanza, porque pienso que es un buen momento para el discernimiento y la comunión: Callar, reconocer, aceptar, escuchar, empatizar (no sé si este verbo existe pero me gusta mucho) y, sobre todo, amar. Aprender a amar tal y como nos lo propone Jesús de Nazaret, verdadero hombre y verdadero Dios.

En estos tiempos interesantes, me siento Iglesia, reconozco con paz su complejidad pero también con esperanza su profunda y hermosa espiritualidad. Me alegra mucho cada encuentro que tengo con hombres y mujeres de varias edades, con quienes me siento muy afín en la crítica constructiva desde la caridad, en la intención de proponer más que de atacar, en el deseo de soñar y emprender en vez de conformarse, resignarse, quejarse o sólo defenderse. Esos encuentros me hacen creer que llega el tiempo de la Iglesia, pueblo sacerdotal.

 

Rogelio Cárdenas

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