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LA NUEVA VIDA DE JESÚS

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Cualquier cristiano un poco alerta habrá percibido la importancia nueva de la figura de Jesús. Un libro del teólogo francés Christian Duquoc, uno de los pocos grandes teólogos vivos, me da pie para las reflexiones que siguen.

Las primeras comunidades cristianas profesaron su creencia en la frase que nos transmite Juan: "Quien me ha visto a mí ha visto al Padre". Una afirmación de graves consecuencias, que no dejó de provocar resistencias en el mundo judío y helenista. ¿Cómo el Dios único, el Dios sobre todas las cosas, podría hacerse presente en una historia humana individual? Jesús, un hombre de quien se conocía la historia y la vida, podía ser un maestro, un profeta pero no Dios. La Iglesia afirmó rotundamente lo contrario pero hubo de presentar sus argumentos echando mano de los conceptos de la filosofía griega: sustancia, naturaleza, persona... Jesús era consustancial al Padre.

Lo mismo ocurrió cuando se presentó la objeción contraria: Jesús no era un verdadero hombre; al habitar en El la plenitud de la divinidad, su humanidad había desaparecido. De nuevo la Iglesia, en el concilio de Constantinopla, afirmó las dos naturalezas, humana y divina de Jesús. Pero una vez más hubo de utilizar los conceptos griegos. Dios es uno pero en tres personas, en Jesús coexisten dos naturalezas, divina y humana pero es una sola persona.

Esta es la teología metafísica que ha llegado hasta nosotros, que se recita en el llamado credo niceno-constantinopolitano. Duquoc, con otros muchos teólogos, ha encarecido siempre el arrojo y la inteligencia de aquella Iglesia para formular su fe en términos que fueran aceptables en su mundo y permitieran un diálogo con él. Lo malo es que todos esos conceptos apenas tienen hoy nada que decirnos; ya no nos lo decían cuando los aprendimos en el catecismo. No solo eso: esa teología metafísica tenía muy poco interés en la vida histórica de Jesús, se movía en el terreno de las ideas.

Este desinterés por la vida del Nazareno se acrecentó con la cuestión de la redención. San Pablo nos dice que Jesús muriendo nos redimió. Gracias a esa muerte el género humano volvió a ser aceptado por Dios. Así pues, la muerte de Jesús era relevante para la teología. Su vida, sólo muy tangencialmente.

Grande en sus objetivos y valerosa en sus formulaciones, esa teología metafísica perdió definitivamente su validez con la llegada del tiempo moderno. Y sin embargo, siguió siendo la oficial de la Iglesia hasta el siglo XX. Tuvo que llegar este siglo para que las mentes más despiertas se dieran cuenta de que el ámbito en el que hablar de Dios no era ya un mundo teísta griego sino un mundo secularizado cuando no ateo.

¿Qué es lo que interesa en este mundo? No tanto Dios sino la persona humana, su destino, sus avatares. ¿Qué preocupa a las personas de este mundo? El sufrimiento, la opresión, la posibilidad de una esperanza. No se podía, pues, hacer teología mirando de entrada a Dios (teniendo en cuenta además que ese Dios había sido cómplice de muchas opresiones). La mirada de la teología se volvió a Jesús. ¿Qué puede decirnos Jesús de Nazaret sobre nuestra vida y también sobre Dios?

En un momento la figura de Jesús se contempló desde una perspectiva nueva. Su muerte sin duda seguía siendo determinante pero sobre todo la vida que le había llevado hasta ella. De repente hubo una invasión de estudios sobre la vida, el entorno, la cultura, las actitudes y los hechos de Jesús (esto explica, por ejemplo, el éxito del libro de Pagola) ¿Qué quien le ha visto ha visto al Padre? Pues vamos a verle, cómo fue, qué nos dice.

Así pues, la teología volvió sus ojos de un modo renovado al Nuevo Testamento y a la vez a los pobres, a las víctimas. Estos son ahora los dos polos de la nueva reflexión teológica. Claro está que este camino no está exento de peligros, que exceden sin duda el marco de este artículo. El primero -más casero- es proyectar en la lectura de la vida de Jesús nuestros propios prejuicios o ideas. Así en los años sesenta se presentó a Jesús como un marxista, como un revolucionario, como un hippy o simplemente como un maestro espiritual. Era un Jesús a la medida de las posturas del lector. El segundo peligro -más técnico- es desmenuzar esa vida reduciéndola a casi nada. La mayor parte de sus dichos y de sus hechos son obra de la comunidad después de la Pascua. Es casi imposible llegar al Jesús histórico.

En cualquier caso y para terminar: quienes no somos técnicos pero sí creyentes hemos de volver a los relatos de la vida de Jesús, que son a la vez punto de referencia y confesión de divinidad al terminar en la pascua. "El texto -dice Duquoc- es la rememoración de un recorrido a partir de su término. En el relato, Jesús es el fruto de esa rememoración cuyos beneficios experimentan ya los creyentes". Conservando y releyendo la Escritura, la Iglesia nos invita a que hagamos el mismo proceso. Leemos la vida de Jesús y encontramos en ella lo que ya confesamos: Quien le ve está viendo al Padre.

 

Carlos f. Barberá

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