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MARTIN LUTERO

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(1483-1546)

Era la mañana del 31 de octubre de 1517, cuando un fraile se acercó a la iglesia de Wittemberg para clavar en sus puertas 95 tesis de reflexión teológica. Era la costumbre de la época anunciar de esta manera las propuestas a debatir o simplemente para anunciar algún acontecimiento.

El fraile agustino Martin Lutero solo pretendía provocar un debate entre eruditos. Nunca pensó que aquel pequeño fuego iba a incendiar toda la cristiandad, hasta conmover los poderes religiosos y políticos de su siglo. Porque en esas sencillas tesis, Lutero había desafiado todo un sistema de opresión sobre las conciencias tal y como venía practicando la omnipotente Iglesia Católica medieval. Ese día, empezó lo que se ha llamado La Reforma.

Pero ¿quién fue Lutero? Ha sido amado y odiado por igual. Para unos era el profeta de Dios quien liberó al cristianismo. Para otros era un demonio que acabó destrozando la unidad del pueblo de Dios. Se le ha visto como aquel que devolvió a los cristianos las fuentes de su fe. Otros piensan de él que es el gran artífice de todos los males que han surgido en la sociedad occidental.

En realidad, Lutero no fue ni ángel, ni demonio. Era simplemente un hombre de su tiempo. Cuando leemos sus escritos, nos damos cuenta que era apasionado, sincero, atrevido, grosero, testarudo, valiente...

Pero lo que ocurrió aquel 31 de octubre de hace 495 años fue algo más profundo que una lucha teológica. A partir de entonces surgió la idea de la libertad de conciencia. El hombre es responsable ante él mismo y de Dios, de lo que cree.

En la famosa Dieta de Worms, frente al Emperador y los representantes de Roma, el fraile Martín Lutero proclamó unas palabras, que se han convertido en el manifiesto de la libertad cristiana:

"A menos que se me convenza por testimonio de la Escritura o por razones evidentes -puesto que no creo en el papa ni en concilios solo, ya que está claro que se han equivocado con frecuencia y se han contradicho entre ellos mismos-, estoy encadenado por los textos de la Escritura que he citado y mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme en nada, porque no es seguro ni honesto actuar contra la propia conciencia. Que Dios me ayude. Amén."

Apelar a la Escritura, a la razón y a la propia conciencia por encima de la autoridad religiosa establecida era en aquella época una temeridad, una herejía y poner en riesgo la propia vida. Nunca Lutero fue más grande que en ese momento. Pero no siempre vivió a la altura de ese ideal. Sabemos que cometió graves errores a lo largo de su vida. Los protestantes no debemos ignorar esa parte oscura.

Se establecía el principio de libre examen, aunque Lutero no siempre lo reconoció para sus adversarios teológicos. En el fondo permaneció siendo un hombre medieval.

Lo que inició le superó. Nunca pretendió romper con la Iglesia Católica. Solo pretendía aportar un debate para ayudar a reformarla. Pero frente a él se encontraban otros hombres de talante inflexible, incapaces de dialogar. La jerarquía sólo aceptaba la sumisión, no la discusión.

Como doctor en teología que era, Lutero tuvo acceso a las Escrituras en sus lenguas originales. Tradujo la Biblia al alemán para que el pueblo pudiera leerla, lo que llevó a la alfabetización de las clases populares. El campesino, la ama de casa, los niños, los artesanos, todos debían aprender a leer para poder fundamentar su fe en la palabra de Dios.

El estudio de las Escrituras le llevó a vivir una experiencia de 'conversión' que le liberó de los temores que arrastraba desde su infancia. Encontró al Dios de toda Gracia. Había vivido en el terror, por las amenazas constantes de la condenación. Ahora comprendía que Dios es amor, y que el camino de la relación con Él era la simple confianza de ser aceptado sin merecimiento alguno. Eso no quita que se enredara en especulaciones heredadas de las grandes controversias.

Su desafío iba de más en más en una escalada que no siempre estuvo bajo su control. Pero la suerte estaba echada. La cristiandad europea ya nunca sería la misma. Y hubo ruptura. Dolorosa, violenta y sin sentido entre los partidarios de ambos bandos.

Casi cinco siglos después católicos y protestantes andamos juntos, sin anatemas, ni odios. Hemos comprendido que los cristianos no hemos estado siempre a la altura de Cristo. Hemos aprendido con el tiempo a respetarnos, a comprendernos, a amarnos y a buscar en el Evangelio lo que nos une. En Jesús cabemos todos.

Hoy quisiera resaltar la figura de Lutero, pero no por sus ideas (que no todos los protestantes compartimos), sino como emancipador de la conciencia. Porque sigue teniendo razón el reformador cuando dijo: "No es seguro ni honesto actuar contra la propia conciencia".


Julián Mellado

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