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Libro de la biblia

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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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LA LUZ QUE ENCENDIÓ JESÚS

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Las pasadas fiestas de Navidad me han traído a la memoria un antiguo texto de Garaudy que quizá bastantes lectores recuerden. Respondía a una pregunta formulada a diversas personas: "¿quién es Jesús para usted?"

"Hacia el reinado de Tiberio, un personaje abrió una brecha en el horizonte de los hombres. Debió vivir de tal manera que toda su vida tuvo este significado: cada uno de nosotros puede, en cada momento, comenzar un nuevo futuro.

Decenas, centenares quizá de narradores populares contaron esta buena nueva. Nosotros conocemos tres o cuatro. El choque que habían recibido lo expresaron con las imágenes de la gente sencilla, de los humildes, de los ofendidos, de los afligidos, cuando sueñan que todo es posible: el ciego que se dispone a ver, el paralítico a caminar, los hambrientos del desierto que reciben pan, la prostituta que se siente mujer, este niño muerto que comienza a vivir...

El amor de este hombre debió ser militante, subversivo: sin él no habría sido crucificado. Y para proclamar hasta el final la buena nueva, era necesario que él mismo, por su resurrección, anunciase que todos los límites, el límite supremo, la muerte misma, había sido vencida.

Tal o cual erudito puede contestar cada hecho de esta existencia pero ello no cambia nada a esta certeza que transforma la vida. Se ha encendido una hoguera. Demuestra la chispa o la llama primera que la originó.

Hasta entonces, todas las sabidurías meditaban sobre el destino. Él demostró la locura de las mismas. Él es lo contrario del destino: es la libertad, la creación, la vida, desfatalizó la historia.

El realizó las promesas de los héroes y de los mártires con el gran despertar de la libertad. No solamente las esperanzas de Isaías o las cóleras de Ezequiel. Prometeo estaba desencadenado, Antígona fuera de su encierro. Estas cadenas y estos muros, imágenes míticas del destino, caían ante él hechas polvo. Todos los dioses estaban muertos y el hombre comenzaba. Era como un nuevo nacimiento del hombre.

Yo miro esta cruz del que es símbolo y sueño con todos aquellos que ampliaron la brecha, con todos los que nos hicieron tomar conciencia de que el hombre es demasiado grande para encerrarse en sí mismo.

Vosotros, encubridores de la gran esperanza que nos robó Constantino, gentes de Iglesia, ¡devolvédnoslo! Su vida y su muerte también nos pertenecen, a todos aquellos para quienes tiene un sentido. A nosotros que hemos aprendido de él que el hombre ha sido creado creador".

Este texto poderoso me ha recordado a su vez que la llama que evoca el filósofo francés se encendió en un pequeño pueblo del confín del Imperio romano, que se propagó por otros pueblos pequeños, que fue recogida por personas pobres y sin instrucción, que se intentó apagarla recurriendo al poder del Imperio. Una noticia anunciada a campesinos, a jornaleros, a pequeños artesanos, a gentes sin cultura, sin medio de propagarla a no ser de boca en boca.

Quién sino alguien encendido de espíritu podría confiar en que aquellas palabras pronunciadas en medio del campo, en encrucijadas de caminos, en pequeñas aldeas, podrían llegar a resonar en todo el mundo.

Gentes de Iglesia, devolvédnoslas, esas palabras creadoras de vida.

 

Carlos F. Barberá

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