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Fecha de Creación (Inicio - Fin)

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SAMUEL 1, 20-28 / JUAN 3, 1-2 y 21-24

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SAMUEL 1, 20-28

En aquellos días, Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso por nombre Samuel, diciendo: "Al Señor se lo pedí". Pasado un año, su marido Elcaná subió con toda su familia para hacer el sacrificio anual al Señor y cumplir la promesa. Ana se excusó para no subir, diciendo a su marido: "Cuando destete al niño, entonces lo llevaré para presentárselo al Señor y que se quede allí para siempre.Cuando Ana hubo destetado a Samuel, subió con él al templo del Señor, a Siló, llevando un novillo de tres años, una fanega de harina y un odre de vino. Cuando mataron el novillo, Ana presentó el niño a Elí (el sumo sacerdote) diciendo: "Señor, por tu vida, yo soy la mujer que estuvo aquí junto a ti, orando al Señor. Este niño es lo que yo pedía; el Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida, para que sea suyo". Después se postraron ente el Señor.

Los dos libros de Samuel narran las peripecias del pueblo antes de la monarquía, cuando eran gobernados por los llamados "jueces", que gobernaban a las tribus a veces ocasionalmente, cuando era necesaria la intervención de una autoridad (entre otros, Débora, Gedeón, Sansón etc). El último y más famoso es Samuel, que será el que finalmente unja como Rey a David. Los dos libros se llaman "de Samuel" porque es el principal protagonista de los mismos.

Nuestro texto cuenta su nacimiento y su consagración a Dios, para servir en el Templo. Es muy famoso el himno de Ana, agradeciendo a Dios el nacimiento del niño, en el que se inspiró Lucas para escribir el canto de María que llamamos "El Magníficat". El texto se incluye en la fiesta de hoy por su lejana semejanza con la presencia de Jesús en el templo a los doce años, aunque son evidentes las profundas diferencias en la "consagración" a Dios de Samuel y la de Jesús.

 

JUAN 3, 1-2 y 21-24

Mirad qué muestra de amor nos ha dado el Padre, que nos llamemos hijos de Dios; porque lo somos. La razón de que el mundo no nos reconozca es que no lo ha conocido a él. Amigos míos, hijos de Dios lo somos ya, aunque todavía no se ha manifestado lo que vamos a ser; pero sabemos que cuando eso se manifieste seremos semejantes a él, puesto que lo veremos como es. Amigos míos, cuando la conciencia no nos condena, sentimos confianza para dirigirnos a Dios y obtenemos cualquier cosa que le pidamos, porque cumplimos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en la condición de su Hijo, Jesús Mesías, y nos amemos unos a otros como él nos dejó mandado. Quien cumple sus mandamientos habita en Dios y Dios en él; y ésta es la señal de que habita en nosotros, el Espíritu que nos ha dado.

El texto es una de las joyas de la 1ª carta de Juan. El centro del mensaje es que lo esencial es, en Dios y en la humanidad, el amor. La esencia de Dios no es la majestad, ni el poder. La esencia de Dios es el amor. Dios no es justo y misericordioso, Dios no es un juez blando. Porque no es juez, porque se parece mucho más a una madre. De ahí viene nuestra propia esencia: el amor, la con-pasión, el perdón, construyen la humanidad. El odio, la venganza, la opresión, la destruyen. Y hay en la cata un anuncio de futuro: "Amigos míos, hijos de Dios lo somos ya, aunque todavía no se ha manifestado lo que vamos a ser; pero sabemos que cuando eso se manifieste seremos semejantes a él, puesto que lo veremos como es". El destino de la humanidad, el de cada uno de nosotros y el de la humanidad entera es un sueño de Dios que ni siquiera podemos imaginar.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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