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JESÚS, OBRA DEL ESPÍRITU / NOCHEBUENA / NAVIDAD

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Lc 1, 39-45 / Jn 1, 1-18

 

JESÚS, OBRA DEL ESPÍRITU


Lucas ha construido el principio de su evangelio como un anuncio del Mesías, haciendo un paralelismo sistemático entre Juan y Jesús: el capítulo 1º se dedica a la concepción y nacimiento del Precursor; el capítulo 2º a la concepción y nacimiento de Jesús. El capítulo 3º, en su primera parte, a la predicación del precursor; en su segunda parte, presenta a Jesús, señalado por el Bautista como "el que ha de venir". Así, Juan, desde el seno de su madre y en su predicación, es el Profeta enviado por Dios para "preparar el camino".

La clave de interpretación de estos textos nos la da la mención expresa y repetida de "El Espíritu Santo". Aquí es Isabel la que, llena del Espíritu, reconoce quién es la que le visita y quién es el que está ya en el seno de María.

Es la intención común de Lucas y Mateo con sus evangelios de la infancia: Jesús es "fruto del Espíritu". Primero en Juan Bautista como Precursor y luego en Jesús como Mesías, se está realizando la Obra de Salvación de Dios. Los ojos de carne no ven más que dos mujeres embarazadas, como más tarde en Belén sólo verán un niño pobre recién nacido; los ojos de la fe, por la fuerza del Espíritu, reconocen ahí la presencia de Dios Salvador.

 

R E F L E X I Ó N

En el último Domingo de Adviento, la Iglesia centra su atención, más que en las ideas de "la venida del Señor", en "El que viene". El que viene es Jesús, y el anuncio más inmediato de la venida se hace en el Evangelio de Lucas que leemos hoy: María está embarazada y su pariente Isabel es la primera "mensajera" humana del que va a nacer. Isabel proclama ya quién es el niño que aún está en el vientre de María, y para reconocerlo apela a la fe: hay que saber quién es este niño, que para los ojos normales será un niño normal y para los ojos de la fe será "El Señor". Todo esto se introduce con el bello texto de Miqueas y se interpreta en el texto de la carta a los Hebreos.

Las palabras que pone Lucas en boca de Isabel forman parte, junto con las palabras del ángel en la Anunciación, de nuestra más bella oración a María: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre". Y las últimas palabras de la escena resumen extraordinariamente bien un eje esencial de nuestra fe:

"Dichosa tú que has creído
porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá"

Estas palabras nos centran en lo esencial de nuestra preparación de la Navidad: tiempo de creer, de intensificar nuestra fe en Jesús, en Dios Salvador.

Nuestra formación cristiana está tan insertada en nuestra cultura y educación, que no pocas veces conocemos mucho a Jesús, pero quizá no creemos tanto en Él. Y nuestra celebración de la Navidad tiene más de fiesta de cumpleaños que de misterio de fe. Pero lo que tenemos que celebrar es extraordinariamente profundo, extraordinariamente revolucionario: creemos que en ese que ahora nace conocemos a Dios, y que ese Dios conocido en Jesús es completamente distinto, y muchísimo mejor de lo que creíamos antes de conocer a Jesús. El nacimiento de Jesús es una gran noticia porque Jesús es una gran Noticia, porque el Dios que hemos conocido viendo a Jesús es una estupenda noticia.

Navidad es celebrar que creemos en Jesús. No es nada fácil creer en un hombre. Y ése es el desafío que se nos ofrece, creer en ese hombre, tan hombre que vemos cómo su madre lo da a luz, cómo depende tan radicalmente de "sus padres", como les llamará Lucas (2,41), cómo crece y aprende. Será aún más difícil cuando lo veamos aterrado ante la inminencia de la Pasión y orando a Dios desde el más profundo sentimiento de abandono, justo antes de morir.

Fue el desafío de sus contemporáneos, el dilema que presenta el cuarto evangelio en el capítulo 6, cuando Jesús invita a que le reconozcan como "el Pan bajado del cielo", y todos murmuran "¿Quién se cree éste que es?, ¿es que no conocemos a su madre, a sus hermanos? ¿Cómo dice que "ha bajado del cielo"?. Y desde entonces muchos, incluso de sus discípulos, ya no andaban con Él. Jesús mismo, en la misma ocasión, se encarga de agudizar el dilema: "Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron. No es Moisés el que os dio pan del cielo, es mi Padre el que os da ahora el Pan del Cielo".

Creer en Jesús. Reconocer a Dios en Jesús. Un acto supremo de confianza: todo lo que necesitamos "ver" de Dios, en Jesús lo vemos. "El que me ve a mí, ya ha visto a mi Padre". Ver, ver con los ojos del cuerpo, los que no ven más que cuerpos. A Dios nadie le ha visto jamás (Juan 1, 18). Lo vemos, lo vemos con los ojos, en Jesús.

Así, cuando decimos que Dios es "médico", lo decimos porque Jesús se dedica a curar. Cuando decimos que Dios es "compasivo", lo decimos porque vemos a Jesús emocionarse ante las desgracias de cualquiera. Y cuando queremos saber qué clase de "juez" es Dios, nos vamos a Juan 8, el episodio de la mujer adúltera, y vemos la clase de juez que es Jesús, que se juega la vida por poder perdonar a un@ culpable.

Navidad celebra por tanto esa maravilla: en un ser de carne y hueso como nosotros, al que "vemos" nacer, conocemos cómo es Dios: y el Dios que conocemos es maravilloso. Esto sí que es una buena noticia: las dos cosas, que podemos "ver" cómo es Dios, y que el Dios que vemos es maravilloso.

 

NOCHEBUENA


Lucas nos muestra aquí un ejemplo perfecto del género literario "Evangelio". Esto consiste en "contar lo que sucedió, aunque los ojos no lo vieron". Lo que vieron los ojos fue un nacimiento en condiciones materiales penosas. Lucas sabe más, y sabe que sucedió más: la gran alegría para todo el pueblo; ha nacido el salvador. La presencia de Dios suscita en los pastores temor: es característico de todo el Antiguo Testamento. El ángel muestra ya el cambio de situación: no temáis: Dios es el Salvador.

No podemos leer estos textos como si fueran simplemente relatos de lo que sucedió. En todos estos textos de la infancia de Jesús, la historia tiene menos importancia que el significado de lo que está sucediendo.

 

R E F L E X I Ó N

Estamos en el centro mismo de la Navidad. La Nochebuena y la eucaristía del día de Navidad son una de las dos cumbres del año litúrgico. (La otra es la Vigilia y la Misa del Domingo de Resurrección). Estamos celebrando lo más íntimo de nuestra fe.

Nuestra fe es una radical negación de la apariencia del mundo. La apariencia del mundo, la que captan los ojos, es materia que cambia y pasa, vida que llega a morir, y es ausencia de Dios, que no aparece por ninguna parte, que no parece arreglar nuestros problemas. Eso es lo que llama Pablo una vida sin religión... pero es lo evidente, incluso lo razonable. Nuestra fe es no conformarse con esto. Y no nos conformamos porque nos fiamos de ese niño que vemos hoy nacer. Somos más, hay más destino, hay otro modo de vivir, Dios está ahí presente y habla y trabaja... La Noche de Nochebuena se convirtió en día para los pastores porque apareció La Gloria del Señor. Es todo un símbolo: la oscuridad de la vida humana se convierte en día por la presencia de Jesús.

Hemos convertido la Navidad en una fiesta de ternura infantil y familias. Con eso hemos trivializado la Palabra. Es la fiesta del compromiso de Dios con nosotros contra nuestras tinieblas. No debemos ceder a la simple ternura. Debemos subir a la contemplación, al género "evangelio", ver lo que sucede de verdad, aunque los ojos no se enteren de casi nada. Dios está aquí, aunque los ojos no se enteran. Dios está con nosotros, aunque nos parece que estamos tirados. Los ojos no ven a Emmanuel ni a Dios Libertador. Navidad es para ver con los otros ojos, los del Espíritu, abiertos por Jesús.

Ha aparecido la gracia de Dios, para que la vida sea diferente, porque la vida es diferente. Los evangelios empiezan verdaderamente cuando Jesús empieza a proclamar: "Convertíos, que ya está aquí el Reino de Dios". A la luz de esas palabras tenemos que mirar al Niño. "Convertíos", tenéis que daros la vuelta, cambiar de rumbo, ir a otro sitio, volver la cara a Dios. Y oír, escuchar, atender LA NOTICIA: "El reino de Dios está aquí". Este mundo no es la noche de la injusticia, de la desgracia, de la muerte, de la ausencia de Dios. El Niño revela que este mundo puede ser "EL REINO".

La nochebuena está llena de símbolos, y debemos vivirla así. Es de noche, sólo unos pastores vigilan los rebaños. Belén está llena de algazara de posadas a rebosar. En una cuadra aparte una pareja pobre está en apuros. Pero la noche se ilumina con la Gloria y la palabra del Señor. La recibe la gente sencilla y son capaces de interpretar bien una señal que no es señal de nada: un niño como todos envuelto, como todos, en pañales, y colocado, peor que todos, en un pesebre.

No en el templo, no en el culto, no en el sacerdocio, no en el palacio, no en su casa, no en el día. La Nochebuena es una gran negación, un desafío. Esto va a ser para nosotros Jesús. Creer a Dios sin ver nada del otro mundo. ¡Qué señal, un niño pobre en una cuadra! ¡La gloria de Dios que sólo es visible para cuatro pastores miserables!

Va siendo cada vez más difícil celebrar una navidad religiosa. El mundo se ha apoderado de la fiesta y se nos va todo en gastar dinero, estar con la familia y, como mucho, enternecernos con escenas piadosas sensibleras. Es necesario ir más lejos. Es tiempo de conversión y de contemplación.

Los evangelios de la infancia sólo tienen sentido después de creer en Jesús, están escritos por personas que ya tienen fe en Jesús. Es eso lo que nos pasa con la vida. No es fácil, quizá sea imposible, creer en Dios despegando hacia Él desde lo que ven los ojos en este mundo. Vemos tanta injusticia, tanto dolor de inocentes, tanto sin-sentido, que nos resulta áspero ver ahí la mano de Dios. Y es que tiene que ser al revés. Creemos en Dios y después intentamos iluminar la noche de la vida con esa fe.

Decimos con Jesús: "Ya está aquí el Reino de Dios". Seamos serios: ¿dónde está, dónde se ve el Reino? Se nos está pidiendo un acto de fe en los hombres, capaces de ser hijos de Dios, aunque los ojos ven de todo menos eso. Nuestros ojos ven una humanidad regida aparentemente sólo por pasiones destructivas, por economías que sólo buscan la ganancia, por jefes que sólo buscan el poder, por personas que sólo buscan disfrutar. El Reino de Dios es un acto de fe en que todo eso es el pecado, que no consiste en las cosas malas que hacemos, sino en oscuridad, en que creemos que todo eso es bueno y nos conviene.

Por eso, el signo de la Navidad es la luz en la noche, contemplada por los más sencillos. Esta noche no se van a enterar de nada los sabios y teólogos de Israel. Para ellos no ha pasado nada. Esta noche no se va a enterar de nada el Rey Herodes, y cuando se entere se dará cuenta inmediatamente de que ha nacido un peligro mortal para él y procurará destruirlo. Esta es la noche de creer en los valores enterrados en el corazón de toda la gente, que es donde descubrimos, con sorpresa y con gozo, que verdaderamente el Reino de Dios sí que está en el corazón de todos los hombres.

En el corazón de todos los hombres está el deseo de decir la verdad, de querer y ser queridos, de ser perdonados y perdonar, de ayudar y ser ayudados, de prescindir de lo superfluo, de poner en común lo que tenemos, de construir un mundo sereno y solidario... Está en el fondo de todos, y todos creemos en eso, aunque andemos perdidos en otras ambiciones, aunque aparentemente ni nos demos cuenta, tan grande es la oscuridad.

Jesús viene a despertar lo más profundo del corazón de todo ser humano. Jesús puede unificar la humanidad entera, de cualquier condición y religión, porque su Palabra llega más allá que las costumbres o los ritos o las creencias: se dirige a lo esencial del ser humano, desde donde alienta el anhelo por El Reino. Esto significa que Él nos libra de los pecados o, mejor aún, de "El Pecado", esa noche oscura en que nos movemos, por la que deseamos lo que no nos conviene y hacemos lo que sabemos que nos perjudica, porque nos atrae. Jesús empieza por decir muy claro que sabe mejor que nadie quiénes somos: nos han dicho que somos libres y podemos obedecer a Dios, ser justos y recibir premios por ello. Jesús sabe que somos pecadores, es decir, que no somos libres sino esclavos, y viene a traernos luz para que caminemos mejor y aspiremos a más y construyamos el Reino. Con Jesús todo es distinto; la noche se vuelve día: la noche del pecado se disuelve al conocer a Dios; la noche de desear mal se disuelve al proponernos fines más ambiciosos, la noche de la justicia se disuelve en la comprensión de quiénes somos y quién es Dios. El Reino no consiste en que todo nos salga bien, haya abundancia de bienes materiales para todos, nos curemos las enfermedades, nos toque la Lotería... El Reino consiste en que sabemos quiénes somos y quién es Dios, tenemos motivos para creer en nosotros mismos y para vivir trabajando por un Plan formidable que merece la pena.

La noche sigue siendo noche, sigue habiendo dolor y vejez y desgracia, nos siguen apeteciendo mil cosas que nos degradan; vivimos en la noche. Pero en la noche hay luz para ver las cosas verdaderas. Esa luz es Jesús.

 

NAVIDAD


El evangelio de Juan se escribe muy tarde, al final del siglo primero. La redacción de este evangelio es obra de sus discípulos, no del mismo Juan, pero la Iglesia ha visto siempre en él el mensaje del discípulo preferido de Jesús, sea quien fuere. El autor coloca al principio este formidable prólogo: es un himno de enorme contenido, toda una síntesis de la fe.

Se hace un paralelo entre la aparición de Jesús y la Creación. El Espíritu de Dios que planeaba sobre el Caos es el principio del Libro del Libro del Génesis. Ahora, el Espíritu de Dios es La Palabra, el Logos, Aquel Espíritu puso orden en el Caos sacando la luz de las tinieblas; la palabra viene a manifestar la luz, a sacar de la oscuridad a los hombres. En el principio, la palabra de Dios hizo la vida; ahora, La Palabra volverá a ser vida de los hombres.

Pero los hombres se cierran a la luz: es el drama fundamental que sirve de argumento al evangelio de Juan: La luz, por naturaleza, brilla en las tinieblas, pero - misteriosamente -las tinieblas son capaces de rechazar la luz. Éste será el argumento de la vida de Jesús rechazado por su pueblo, y el argumento tremendo de la vida humana, capaz de preferir el pecado a Dios.

Juan toma después sus imágenes del Libro del Éxodo. Como El Señor puso su Tienda en medio del campamento de Israel y se hacía visible en la Nube, así Jesús es la presencia de Dios que vuelve a poner su tienda, que acampa entre nosotros y es un peregrino más que avanza con su Pueblo.

Y termina con una frase tremenda: A Dios nadie le ha visto jamás. Ni Abraham ni Moisés ni los Profetas... nadie lo ha visto jamás. Pero en Jesús nuestros ojos pueden verlo y tocarlo, tan claramente se manifiesta en ese Hombre la plenitud del Espíritu de Dios. Estas palabras se iluminan mucho con el principio de la primera carta del mismo Juan.

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos es nuestro tema: La Palabra de Vida. La vida se manifestó: la vimos, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que vimos y oímos os lo anunciamos también a vosotros, para que compartáis nuestra vida, como nosotros la compartimos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que se colme vuestra alegría.

 

R E F L E X I Ó N

El día de Navidad merece algo especial, y los textos de nuestra Eucaristía son especialmente brillantes, y especialmente peligrosos. El tema de fondo es el más profundo y trascendente de toda nuestra fe: Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Y nuestra mente puede tener la ilusión de comprender, dominar, captar enteramente. Jesús, "hombre por parte de madre y Dios por parte de Padre". Dos naturalezas, divina y humana, en una sola persona. Dios se ha hecho hombre.... Pero estamos hablando de Dios, de una Realidad completamente superior a todo lo que nuestra mente puede concebir, imaginar o conocer. Cuando establecemos la afirmación: "Jesús es hombre" entendemos lo que decimos, porque sabemos lo que significan sus dos términos: Jesús - hombre. Cuando decimos "Jesús es Dios", el segundo término nos falla, porque Dios no es captable por nuestra mente, demasiado pequeña para una realidad tan grande.

Así que debemos ser muy humildes y muy cuidadosos en nuestras afirmaciones y ser conscientes de que siempre que hablamos de Dios lo hacemos con nuestros conceptos de tierra, con nuestras capacidades humanas, que solamente adivinan, se aproximan, intuyen por dónde va esa Realidad... sin entender.

Por esta razón, para hablar de Jesús hemos acuñado una serie de términos que son siempre metáforas. Hijo de Dios, resplandor de la gloria del Padre, impronta de su ser, sentado a la derecha de Su Majestad... preciosas metáforas, en las que expresamos nuestra intuición y nuestro desconocimiento.

Juan es aún mejor: Jesús es "La Palabra", La Luz, La Tienda de Dios, el Hijo Único... y siguen siendo metáforas. Las metáforas son mucho mejores que los conceptos. Cuando hablamos de Jesús, o de la Santísima Trinidad, y utilizamos los conceptos de "naturaleza", "persona"... usamos conceptos que funcionan bastante bien para designar lo que nuestra razón elabora a partir de lo que vemos.... Pero que se aplican a Dios con muchas dificultades. Es lo mismo decir "Jesús verdadero Dios y verdadero hombre" que decir "Jesús, el hombre lleno del Espíritu, en quien resplandece la divinidad". Es lo mismo. Nos estamos asomando al misterio de la presencia de Dios en el hombre, que es mucho más de lo que nuestra mente puede explicar y nuestras palabras nombrar. Esto expresaba el Libro del Éxodo, tan gráficamente, cuando prohibía hacer imágenes de Dios, cuando prohibía usar el nombre de Dios, cuando Yahvé decía a Moisés que no podía ver su rostro sin morir.

Los evangelistas reflejan esto cuando narran el descubrimiento de Jesús que hicieron los discípulos. Conocieron a un hombre apasionante, les convenció enteramente y les arrastró, creyeron en él... y se fueron preguntando: "¿quién es este...?" Y después de la resurrección descubrieron que allí había mucho más que un hombre normal. Le llamaron "el Hijo Único", "el Señor", "el hombre lleno del Espíritu". Para nosotros, en la eucaristía de hoy celebramos la llegada de Jesús, "Dios con nosotros Libertador". Y sin entenderlo bien, sabiendo que supera nuestra capacidad de comprensión, creemos en Él, creemos, con Juan, que es La Palabra hecha carne, y que aunque nadie ha visto jamás a Dios, en Él lo podemos conocer.

Pero esto no empaña nada nuestra alegría. Nuestra curiosidad es explicarlo todo, saber cómo es por dentro el mismo Dios, explicar cómo una criatura humana puede ser Dios, entender cómo Dios puede no saber, crecer, sufrir, orar, tener angustia... Así es nuestra mente, llena de curiosidad. La Palabra no satisface esas curiosidades. Algún día veremos cara a cara y entenderemos. Ahora sabemos algo que nos basta: Dios está con nosotros, tenemos La Palabra, hay luz para vivir, podemos aspirar a ser hijos, somos hijos... y estamos en tinieblas y somos capaces - aunque inexplicablemente - de rechazar la luz y hacernos sordos a la Palabra.

Este es el mensaje que celebramos hoy con radiante alegría: que podemos vivir, que esto tiene sentido, que está pensado por un Padre, que tenemos la fuerza y la luz que necesitamos, que nos podemos fiar de Dios... Todo eso lo vemos en Jesús, en ese hombre nacido de María, natural de Nazaret, al que vemos comer y cansarse, orar, sufrir y morir. En Él conocemos a Dios.

Es magnífico que las lecturas de hoy no nos limiten a la ternura del niñito recién nacido, sino que nos lleven hasta el fondo del mensaje: ¿quién ha nacido?. Ha nacido nuestra fe en Dios Libertador. Nos hemos librado del temor a la muerte, del temor al pecado, del temor a que la vida no tenga sentido, del temor a tirar nuestra vida y que no sirva para nada, del miedo a Dios. Ha nacido el que nos ha enseñado todo eso. Mirando a Jesús hemos conocido mucho mejor a Dios y nos hemos conocido mucho mejor, es como si en la oscuridad hubiesen encendido una luz y ahora ya podemos caminar.

 

José Enrique Galarreta

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