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VIENE EL SEÑOR

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Lc 3, 10-18

El pasaje de Lucas, continuación del texto leído el domingo pasado, muestra la respuesta del pueblo a la predicación de Juan. Hay varios detalles muy significativos:

La predicación de Juan ha sido una tremenda amenaza:

"Dad fruto válido de arrepentimiento y no os pongáis a deciros: 'Nuestro padre es Abrahán', pues yo os digo que de esas piedras puede sacar Dios hijos para Abrahán. El hacha ya está aplicada a la cepa del árbol: el árbol que no produzca frutos será cortado y arrojado al fuego".

Y el auditorio reacciona impresionado pidiendo instrucciones sobre lo que hay que hacer. Es muy notable fijarse en quiénes son las personas que, según Lucas, responden bien al Bautista: "la gente", algunos publicanos, unos soldados. El término usado por Lucas es "la gente", que no se identifica con "el pueblo entero" sino con las gentes normales, en contraposición con los estratos superiores de la sociedad. Y con ellos, dos representantes de personas tenidas como "de mal vivir", publicanos y soldados, temidos como exactores y/o violentos y, ciertamente, personas nada religiosas en el sentido corriente de la palabra.

La respuesta del Bautista es moral, no convencional ni cultual: compartir los bienes con los necesitados, ser justos, no extorsionar...

Y finalmente, Juan anuncia que lo suyo sólo es preparación. Después de él viene algo superior, incomparablemente superior, que será "espíritu y fuego", con que se anuncia la Buena Noticia que está por llegar.

 

R E F L E X I Ó N

"Viene el Señor", mensaje-resumen del Adviento. Y dos reacciones ante esa "venida": La primera es la que proclama Juan Bautista, "el último profeta". El Bautista tiene una concepción justiciera del Mesías. Está anunciando "los últimos tiempos" con la imagen de la cosecha. Viene el juez definitivo, viene el día temible. Es un anuncio terrorífico. "Cambiad de conducta si no queréis que vuestra vida acabe en desastre".

 

Esta interpretación es válida, pero no es la Buena Noticia.

Es válida. En efecto, el ser humano puede echarse a perder. Y esto puede entenderse - y ya no es tan válido - como una amenaza divina. Además de las dificultades normales de la vida, hay un juicio sobre las acciones de los humanos.

Un ser humano no puede vivir satisfecho fijándose sólo en lo superficial. Todas las alegrías son pasajeras, todas las satisfacciones son mediocres. El corazón del ser humano solamente se siente feliz cuando no piensa en su caducidad. Y sobre todos pesa la presencia inevitable de lo desagradable, lo doloroso, la enfermedad y la muerte. Y esto, por hablar solamente de lo que sucede al ser simplemente humano, prescindiendo de lo que los humanos producimos a los otros humanos: la explotación, la miseria, el hambre generalizado, el genocidio... tan presentes en el mundo como los mismo males "naturales".

Sobre todo eso pesa además, la amenaza de lo religioso: para los males del mundo se da solamente el consuelo de que "en la vida eterna no habrá ya males", pero condicionado a un comportamiento moral correcto, que se presenta como difícil y - frecuentemente - reservado a unos pocos privilegiados muy bien informados que disfrutan de ayudas divinas excepcionales, la minoría selecta de los que se salvan, los "elegidos". Casi podríamos decir que, según una interpretación bastante habitual, además de todos los sufrimientos de la vida, te espera el sufrimiento eterno.

Pero no es ésta la Buena Noticia. La Buena Noticia no es que haya acciones correctas o incorrectas, eso es viejo. La Buena Noticia no son los Diez Mandamientos; eso también es viejo. La Buena Noticia no es que al final hay un juicio y que cada uno es responsable de sus obras. Eso pertenece al mundo de lo jurídico, aplicado a la religión, y es viejo, muy viejo.

La Buena Noticia del Reino es otra manera de entender al ser humano y a Dios, propia y exclusiva de Jesús. Ante ella, lo de Juan está a la altura de las correas de las sandalias, es agua comparada con el fuego del espíritu. La Buena Noticia es de qué parte está Dios, qué pinta Dios en todo eso.

El ser humano es un "Hijo en proyecto", un peregrino, a veces ciego y a menudo enfermo, que necesita ayuda para realizar su camino. Dios es esa ayuda. Dios lo lanzó al camino, lo engendró por el amor con que las madres engendran a sus hijos, y lo saca adelante, como los padres sacan adelante a sus hijos. Hay Palabra de Dios para curar la ceguera y hay Espíritu de Dios para empujar hacia adelante.

Esta Buena Noticia es Liberadora. Nos libera de varios intolerables pesos que abruman nuestra vida:

- Nos libera ante todo del temor a Dios. Dios no pesa como una amenaza: podemos contar con Él. Es el que saca de la esclavitud, el que hace pasar el mar, el agua y el pan del desierto, la lámpara que hace posible caminar, el padre del Hijo perdido, el pastor ...

- Nos libera del temor al pecado. Jesús hace un análisis profundo de la sicología del pecado y no se fija precisamente en la culpabilidad y la desobediencia, sino en la ceguera y la esclavitud. Dios no es "el que castiga al pecador" sino "el que quita el pecado". No es el juez, es el médico. Así, son mis pecados los que me amenazan, no Dios. Mis pecados me echan a perder; Dios me salva de eso.

- Nos libera de la trivialidad de la vida, de "tirar la vida", de dejarnos fascinar por las pequeñas satisfacciones, de que la vida no sirva para nada. Hay un destino, hay un sentido, hay una tarea que hacer, que no está en sufrir y resignarse mirando a la vida eterna, sino en trabajar para construir el Reino, la humanidad soñada por Dios, aquí y para siempre.

- Nos libera del "problema del mal". No somos capaces de entender por qué hay mal en el mundo y en nuestra propia vida, pero sabemos qué tenemos que hacer frente al mal del mundo y sabemos que todo ha de acabar en la victoria del amor de Dios. Respecto al mal, Dios no está "arriba y fuera", disponiendo o consintiendo, sino "abajo y dentro", luchando y animando nuestra lucha de liberación, contra los males radicales -el pecado-, y contra los males añadidos,- todos los dolores del mundo.

Esta Buena Noticia es la que resplandece en Jesús, en sus Parábolas, en sus curaciones y, sobre todo, en su manera de ser, de vivir, de comportarse con las personas, de relacionarse con "El Padre". La Buena Noticia es Jesús, el Primer Ciudadano del Reino: en Él vemos cómo es Dios y cómo es el ser humano lleno del Espíritu.

Es interesante comprobar quiénes reciben la predicación de Juan y la Buena Noticia de Jesús. Los mismos: "la gente", "los publicanos", "los soldados"... Es decir, los que se sienten necesitados de liberación, los que se sienten acorralados por los pecados... Y no los sabios, los sacerdotes, los teólogos, los ricos, los reyes, que no quieren ser liberados de nada; les basta lo que tienen...

"Viene el Señor", mensaje básico de Adviento, puede entenderse como una amenaza. Pero significa "VIENE JESÚS", y entonces es un alivio. Jesús lo cambia todo. Ahora, hasta podemos volver a tomar la imagen de Dios-Juez como una Buena Noticia, porque sabemos quién es el Juez. Podemos decir: ¡Qué alivio, mi juez es Dios, sólo Dios, el que me conoce y me quiere más que mi madre!

Por todo esto, podemos hacer nuestras las palabras de los primeros textos:

"Alégrate, lanza gritos de gozo, está en medio de ti tu Salvador"

"Estad siempre alegres en el Señor, el Señor está cerca".

 

José Enrique Galarreta


O R A C I Ó N

(De la carta a los Romanos, C.8)

 

Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.

No hemos recibido un Espíritu de esclavos para vivir en el temor

sino un Espíritu de Hijos, que nos hace clamar: "Abbá, Padre".

Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra?

El que no escatimó a su propio Hijo sino que lo entregó por nosotros,

¿cómo no nos dará con Él todo lo demás?

¿Quién será el acusador de los Hijos de Dios? Si Dios absuelve, ¿quién condenará?

¿Acaso Jesucristo, el que murió y resucitó

y está a la diestra de Dios intercediendo por nosotros?

¿Quién nos apartará del amor de Cristo? Ni la muerte ni la vida,

ni presente ni futuro, ningún poder, ninguna criatura

nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Jesucristo, nuestro Señor.

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