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NO TIENEN NECESIDAD DE MÉDICO LOS SANOS

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Hay un dicho del Maestro sobradamente conocido: "No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos". A primera vista es una afirmación de sentido común, no hacen falta muchas luces para entenderla. Para decir eso no hacía falta que Dios bajase a la tierra. Y sin embargo la lógica del mundo -y también en gran parte de la Iglesia- es la contraria: a quienes se ayuda es primero a los sanos. Luego, con suerte, a los enfermos. Lo explicaré con algunos ejemplos que tendrán sin duda un valor relativo.

Se ha repetido hasta la saciedad que no hay que dar un pez sino enseñar a pescar. Sin duda. Pero el que está en disposición de aprender a pescar está ya en el camino de la salud. Pero ¿y quien es tan tonto, tan inútil, tan desmañado que no puede aprender? ¿No será éste precisamente el enfermo al que se refiere Jesús, necesitado de un médico acompañante y no de un maestro adoctrinador?

Alguien acude a un despacho de Cáritas en busca de ayuda: se le hace una ficha, se le exige cumplir ciertos requisitos, llegar puntual a las citas que se le fijan... Si alguien no está a esa altura se hace honor al nombre del lugar en que se recibe -el despacho- y se le acaba despachando. Nadie tiene ganas ni paciencia ni recursos para atender a quien una y otra vez desatiende las normas y hasta parece desinteresarse de ellas. En definitiva, el sano es mejor recibido que el enfermo pero es éste el que tiene necesidad de médico.

¿Qué es lo que ha despertado en mí esta comprensión de la frase del Señor? Llevo tiempo tutelando a una persona cuya historia en los últimos años es una sucesión de problemas. Es casi una herencia de un cura madrileño que le siguió en un tiempo y al que finalmente recurrí en busca de recursos de los que dispone. Su respuesta fue que cambiase mi número de móvil y me desentendiera. Y su argumentación: es una persona que se va siempre metiendo en líos. Aunque se trata de un diagnóstico acertado, mi experiencia última es que esos líos son fruto a partes iguales de ignorancia, de candidez y de mala suerte.

Pero ciertamente no me atrevo a contar a nadie la historia. Según mi experiencia, los interlocutores se dividirán entre los que dicen que es un timo, los que sostienen que quien se mete en líos debe responsabilizarse él mismo y quienes argumentan que los recursos hay que emplearlos en fines más rentables. Un tercio de incrédulos, un tercio de personas razonables y un tercio de buenos inversores.

No sé si es abusar de la figura de Jesús sostener que era una persona crédula (se fio de lo que le decía el centurión), que se responsabilizaba de los errores de otros (la adúltera, por ejemplo) y que se le reprochó que malgastase inútilmente bienes útiles para otros fines. Cuando aconsejó que se prestara a quien no iba a devolver no pareció temer la picaresca. Y menos aún cuando dijo -así, sin más- "da al que te pida".

¿Qué más puedo decir? Sin duda los bienes son escasos y hay que distribuirlos sensatamente; sin duda hay que enseñar a vivir, a trabajar, a relacionarse -lo de pescar es menos útil-; sin duda hay que rendir cuentas sensatas de lo que se administra. Sólo quiero insistir en la frase de Jesús: "No tienen necesidad de médicos los sanos sino los enfermos". ¿Es sólo una verdad de Pero Grullo o tiene quizás un sentido más profundo?

 

Carlos F. Barberá

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