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Libro de la biblia

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LUCHAR CON LA MUERTE

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La muerte nos va envolviendo lentamente...

El primer indicador es la modorra. Ese sopor dulzón que nos invita a quedarnos quietos, a no mirar alrededor, a no preguntarnos nada. Que nos va llevando por la vida, como la corriente de un río demasiado calmo, que no ofrece riesgo, ni nos desafía, ni nos arroja sobre la costa, simplemente nos lleva, se mueve por nosotros.

Y en ese ritmo de la abulia van adormeciéndose nuestras facultades, acunadas por la repetición, hasta que dejamos de pensar, cerramos los ojos, los oídos solo reciben el monótono ronroneo del agua que pasa. Y se instala una suerte de placidez, que quiere mantenerse, que rechaza cualquier cuestionamiento.

En ese clima, las preguntas resultan peligrosas. Suelen rebatirse rápidamente con un decidido "Así son las cosas". Y si las cosas son así, no hay nada que se pueda hacer. (Como nos decía Paulo Freire, solo con la conciencia de que las cosas "están así" descubrimos que pueden y deben cambiar).

A cierta edad, nos invade un realismo descreído, el heroísmo pasó, y para qué cuestionar lo que no tiene solución... Habrá que "adaptarse" a la realidad, y seguir navegando para donde la corriente nos lleva... Acostumbrarse a la tristeza, al agobio, al ruido, a la injusticia, a la explotación, naturalizar la exclusión social... "si total, yo, desde mi lugar, no puedo cambiar nada..."

Entonces, tantas veces optamos por "distraernos", por mantenernos fuera del foco de las preguntas. "Me preguntaron cómo vivía, me preguntaron... Sobreviviendo dije, sobreviviendo...", cantaba Víctor Heredia.

La muerte nos silencia, nos aquieta. Rigidiza. Paraliza. Tal vez ese sea su mayor poder. Solo lo muerto permanece siempre igual...

Nuestras voces muchas veces se rebelan, siguen gritando desde adentro que "siempre hay algo más". Que no alcanza. Que no puedo conformarme con "lo que hay", ni creer que esta angustia casi amigable es lo único posible. La levadura que llevamos dentro empuja a seguir creciendo, a no dejarnos morir...

El paso siguiente suele ser el miedo. Confrontar con mis propias preguntas, lo sé, me va a exigir cambios. Sé también, que puedo seguir andando en círculos, escapando de mí misma, gastándome y desgastándome para consumirme inútilmente, como las brasas de un fuego apagado, que siguen encendidas sin dar calor a nadie, solo malgastando sus últimos fulgores hasta acabarse. Sé que si soplo en esos tizones, el poder del viento, del Espíritu, los despierta, y quién sabe hasta dónde puede llegar el fuego, qué puede destruir si se despliega... Es el tiempo de la opción: tengo por delante la elección, entre la muerte y la vida en abundancia.

Según el mito griego, en las puertas del reino de los muertos, custodiaba un perro de múltiples cabezas, que impedía la entrada. Perro feroz, que amilanaba a la mayoría. Podemos caer en las redes dulces del conformismo, o del miedo a luchar cuerpo a cuerpo con el can. Dejarlo vencer sin luchar. Pactar con él, aceptando que "las cosas son así", que "ya hice mi vida", que "para qué tanto lío".

Darle el poder de que mi vida termine ahí. Quedarme en la entrada, consintiendo que Cerbero no me permita seguir adelante. ¡Eso es morir!

O podemos entrar en duelo.

El duelo con la muerte implica antes que nada reconocerla. Mirarla con toda la crudeza de la realidad. Con los ojos abiertos, los oídos atentos, descubrir los cadáveres a nuestro alrededor; todo aquello que veníamos disfrazando, maquillando para que pareciera vital, y que al contemplarlo con mirada profunda, descubrimos rígido, enquistado, sin vida... Como dice Serrat, "nunca es triste la verdad. Lo que no tiene, es remedio".

Seguramente la versión Disney del mito de Hércules no es la más fidedigna, pero la imagen del héroe atravesando el río de los muertos, rodeado de cuerpos que van perdiendo rápidamente todo rastro vital, me resulta clara para ilustrar lo que digo.

Ir viendo, con los ojos de la verdad, cuán muerta está mi vida, me permite seguir adelante, en medio del dolor y del miedo, atravesando la desolación.

Lo que sigue, es la poda. Descartar lo muerto. Terminar con ello. Cortar lo que ya no late, que comienza a generar mal olor, podredumbre, infección contagiosa. Soplar en las brasas, para que todo lo que tenga que sucumbir, sea expuesto al fuego sagrado. Y que lo seco se consuma, y que los metales se templen. Incendio que limpie, que deje en pie lo perdurable, lo verdaderamente vivo.

Al pasar del otro lado del río, en el momento cumbre donde parece que la muerte triunfó definitivamente, donde "todo se ha cumplido", Hércules descubre que el hilo de su vida no puede ser cortado, que la vida divina late en él.

Al atravesar la muerte, con toda la potencia de la lucha por la verdad, nos descubrimos resucitados. Creo que es allí, donde finalmente podemos decir que "la muerte ha sido vencida"...

 

Sandra Hojman

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